Santoral
San Lorenzo de Brindisi, Confesor y Doctor de la Iglesia
Religioso capuchino italiano, predicó durante 20 años en Italia y Alemania, siendo uno de los más terribles adversarios del protestantismo en su tiempo. Hábil diplomático, fue encargado por el Papa de delicadas misiones, falleciendo en Portugal, en ese ejercicio. Dejó varias obras de controversia y exégesis.
Fecha Santoral Julio 21 Nombre Lorenzo
Lugar Lisboa - Portugal
Vidas de Santos San Lorenzo de Brindisi

Hombre providencial para su época


Eximio cruzado, predicador, apologista, diplomático, taumaturgo y sabio, amigo de Papas, del Emperador y de príncipes. El pueblo lo veneraba en vida como santo y la Santa Iglesia lo proclamó, cuatro siglos después de su muerte: Doctor Apostólico. Su bendición favorita era: «Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria» — Con su descendencia pía, nos bendiga la Virgen María.


Alfonso de Souza


Julio César —su nombre de bautismo— nació en Brindisi el 22 de julio de 1559, hijo de Guillermo Russo e Isabel Masella, matrimonio ejemplarmente religioso, que desde la cuna le infundió el temor y el amor de Dios.

A los ocho años de edad perdió a su padre; poco después fue admitido en la escuela de los niños oblatos, una especie de pequeño seminario de los franciscanos conventuales, donde su inteligencia superior, memoria fidelísima y aplicación al estudio lo hicieron destacar ante maestros y condiscípulos.

Adolescente, fue a vivir con un tío sacerdote en Venecia. Éste dirigía una academia privada para alumnos que estudiaban en la Universidad de San Marcos y enseguida descubrió en el sobrino el tesoro que le fuera confiado. No dudó en incentivarlo en la vía de la santificación y en el deseo de abrazar la vida religiosa.

Así, Julio César ingresó en la Orden de los Capuchinos, en Venecia, tomando en religión el nombre Lorenzo, con el cual se haría célebre.

Se entregó al estudio de las lenguas latina, hebrea y griega, además de perfeccionarse en historia, filosofía y teología. Su retención era tan prodigiosa, que aprendió la Biblia de memoria, confidenciándole a un condiscípulo que si por alguna desgracia esa obra sagrada llegara a desaparecer él sería capaz de reconstituirla.

Fray Lorenzo fue incumbido de predicar incluso antes de su ordenación, obteniendo muchas conversiones, tanto en ese período cuanto después de hacerse sacerdote.

Habiendo llegado el eco de la fama de Fray Lorenzo a los oídos del Papa Clemente VIII, éste lo incumbió de predicar a los judíos de Roma. Además de ser un gran teólogo, familiarizado con las Sagradas Escrituras, Fray Lorenzo tenía la ventaja de hablar corrientemente el hebreo. Cumplió su misión con éxito extraordinario, lo cual llevó a algunos judíos influyentes, con considerable número de sus correligionarios, a solicitar ser instruidos en la verdadera Religión.

A los 30 años, Fray Lorenzo fue elegido guardián (superior del convento) de Bassano del Grappa. Tres años después, vicario provincial de la Toscana, y posteriormente de Venecia. En 1596 lo eligieron definidor general de la Orden, uno de los más elevados cargos. Más tarde, fue guardián de Venecia y provincial de Suiza.

Bastión de la Cristiandad perseguida

Del Tirol y del Imperio apelaron a los capuchinos para socorrer la fe amenazada. Fray Lorenzo  fue escogido para dirigir a un grupo de once frailes y fundar monasterios en Praga y Viena.

El problema era delicado, debido a la pusilanimidad y superstición del emperador Rodolfo II y de la influencia que ejercían varios de sus auxiliares protestantes —incluso el famoso astrónomo Tycho Brahe—, quienes envenenaban las relaciones del monarca con los misioneros. Fue necesario el apoyo de influyentes nobles católicos para que fuera revocada una sentencia de expulsión de los religiosos.

El intrépido misionero se puso entonces a predicar, “refutando con valentía e impetuosidad implacable” * a los herejes. Comenzó a participar de reuniones, promovidas por damas de la aristocracia, entre católicos y protestantes, para debatir problemas religiosos; sus conocimientos de Teología y de la Sagrada Escritura le propiciaban siempre superioridad en las discusiones.

Así le fue posible fundar tres conventos en el Imperio: en Praga, Viena y Gratz, ciudad entonces gobernada por el archiduque Fernando, futuro Emperador, que en la época tenía veintiún años.

Eximio cruzado, diplomático y mediador

Cuando los turcos invadieron Hungría y enrumbaron hacia Viena, fueron solicitados dos capuchinos para servir como capellanes de las tropas imperiales. Fray Lorenzo decidió ser uno de ellos.

En el campo de combate de Alba Real (actual Székesheférvár, Hungría), el santo era visto en todas partes confesando y animando a los soldados. En el ardor de la batalla, provisto de un Crucifijo, iba al frente de las tropas gritando: “¡Avancemos, avancemos!” Por más que los enemigos se empeñaban en derribarlo, les era imposible. Una especie de mano invisible desviaba de tal manera todos los golpes asestados contra el capuchino, que los soldados se refugiaban detrás de él como de la más protectora muralla... A pesar de la inferioridad de armas, los hijos de la Cruz desbarataron las tropas de Mahoma, infligiéndoles una pesada derrota.

Escena semejante se repitió cuando Fray Lorenzo ejerció una misión diplomática en España, proponiendo a Felipe III, de parte del Papa Paulo V, una nueva embestida contra los moros de aquel país. Éstos, habiéndose reorganizado, constituían una fuerza amenazadora. Bajo el comando de Don Pedro de Toledo, un reducido número de cristianos, inflamados por el celo del santo capuchino, expulsó entonces a los moros de sus mejores posiciones, apoderándose de sus bastiones.

San Lorenzo en la batalla de Alba Real contra los turcos

San Lorenzo de Brindisi ejerció también un papel clave en la formación de una Liga Católica, ideada por el duque Maximiliano de Baviera, a fin de oponerse a la Liga Protestante.

Visitando a los príncipes católicos y obteniendo su adhesión —particularmente la del rey de España, entonces la más poderosa nación católica de Europa— hizo realidad aquel plan.

Con su habilidad diplomática, apoyada sobre todo en su fama de santidad, Fray Lorenzo, a pedido del Papa, consiguió varias veces evitar guerras fratricidas entre los príncipes católicos, habiendo reconciliado también al archiduque Matías con su hermano, el Emperador Rodolfo, pues el primero amenazaba con abrir una escisión en el Imperio e iniciar un conflicto. Del mismo modo, consiguió hacer cesar una guerra entre el Rey Felipe III de España y el duque de Saboya, así como otra entre el duque de Parma y el de Mantua.

Colocando la fe católica por encima de todo, San Lorenzo de Brindisi siempre fue un paladín contra los enemigos de la Iglesia y un heraldo de la paz entre los príncipes católicos.

Polemista extraordinario y taumaturgo

Fray Lorenzo polemizó con el pastor luterano Policarpo Leiser, que había escrito contra él y los jesuitas un panfleto lleno de injurias, en el cual los desafiaba a refutarlo por escrito.

En esa polémica, juzgó mejor atacar directamente a Lutero, cabeza de la herejía, que a aquel pastor, uno de sus inexpresivos miembros. Con su profundo conocimiento de la Escritura en sus originales griego y hebreo redactó una refutación “de las más originales y de las más geniales jamás concebidas”. Esto es, un manual de “consulta rápida y de líneas maestras claras y precisas”, en el cual se ve la “habilidad y competencia impresionantes del autor en el empleo de los textos originales de la Sagrada Escritura sobre los cuales los protestantes pretendían apoyarse”, partiendo así “para un ataque formidable contra Lutero”. Para la redacción de ese manual, el santo “cotejó personal y escrupulosamente las propias obras del heresiarca”.

Sus actividades eran casi siempre apoyadas por estupendos milagros, narrados por su primer biógrafo y contemporáneo, Fray Lorenzo d’Aosta: ciegos veían, paralíticos andaban, mudos agradecían en alta voz. En cada caserío al que entraba, era recibido con una verdadera apoteosis. ¡Feliz época aquella, en que la virtud era popular!

Fray Lorenzo se relacionó de santa amistad con el duque de Baviera, Maximiliano, en quien veía un gran celo por la Religión. A pedido de éste, obtuvo la curación de la duquesa, que sufría de histeria y esterilidad.

Vicario General de su Orden

En 1602, los padres capitulares eligieron a Fray Lorenzo como Vicario General de la Orden. Al mismo tiempo, le confiaron el cuidado de visitar las provincias transalpinas de la misma.

Viajando a pie, recorriendo hasta 40 millas por día, tanto durante el tórrido verano cuanto el frígido invierno, o enfrentando lluvias torrenciales, en un año visitó las provincias de Francia, los Países Bajos y España.

En esas visitas, algunas veces Fray Lorenzo iba a la cocina a lavar la vajilla utilizada por sus cofrades. Pero ese acto de humildad no le impedía utilizar la energía, cuando era necesario. Así, en un convento que disponía de muchas comodidades, al lado de una iglesia mal cuidada, llamó la atención del Guardián: “Dios antes, vos después”, le dijo. “¿No tenéis vergüenza de estar todos en un convento confortable y de mesa bien guarnecida al lado de una capilla amenazada de ruina, con la lluvia inundando el santuario?”

Su celo por el cumplimiento de las reglas puede ser avaluado por las ordenanzas que dejó en diferentes lugares y los llamados continuos, insistentes y enérgicos en pro de la austeridad tradicional de la Orden, especialmente de la más estricta pobreza.

Los dos grandes amores de San Lorenzo:
la Virgen María y la Sagrada Eucaristía

La devoción que Fray Lorenzo prodigaba a la Virgen María representa algo de inexpresable. Era una devoción “impregnada de reconocimiento. Nadie más que él fue tan convencido de haber recibido todo de María y por intermedio de María”. Entre otras gracias insignes que el santo le atribuye está la de nunca haber sido sujeto a las tentaciones de sensualidad.

Desde el púlpito decía: “Todo don, toda gracia, todo beneficio que tenemos y que recibimos continuamente, nosotros los recibimos por María. Si María no existiese, nosotros no existiríamos y no habría mundo”. “Dios quiera —insistía él— que todos, todos, todos, y desde la infancia, aprendiesen bien deprisa esta verdad: aquel que se confía a María, que se entrega a María, no será jamás abandonado, ni en este mundo ni en el otro”.

Él transcribió, en una obra titulada Mariale, los sentimientos de su corazón: “Es una movilización de toda la Escritura para defensa y exaltación de la Madre de Dios”. “Es lo que de mejor y de más completo se ha escrito sobre la Virgen Madre de Dios”.

La otra gran devoción de San Lorenzo de Brindisi fue la Sagrada Eucaristía. Ella se expresaba más propiamente durante el Santo Sacrificio de la Misa, que era “el centro no solamente de su vida espiritual, sino de toda su existencia”. Para poder expandir su corazón en ese sublime misterio, obtuvo del Papa las dispensas y los indultos necesarios, de modo que —cosa inusitada en aquella época— podía celebrar a cualquier hora del día o de la noche. El santo “prolongaba la celebración [de la Misa] durante seis, ocho, diez horas o más”. Eso se explica por los frecuentes éxtasis que lo arrebataban en las diversas partes del Santo Sacrificio.

Última misión y predicción de su muerte

La última misión que ejerció fue junto a Felipe III, contra el duque de Osuna —hombre valiente, pero disoluto y corrompido, que oprimía a sus vasallos— cobijado en la Corte por su pariente, el duque de Uceda, favorito del Rey.

Aunque el soberano estimaba mucho a Fray Lorenzo , no quería contrariar al duque de Uceda. En vista de ello, las cosas no iban adelante. La Santa Sede también, temiendo la cólera del duque de Osuna, virrey de Nápoles, no osaba decir una palabra para hacerlo caer.

Fray Lorenzo, inflamado de celo, para probar la santidad de la causa que defendía, reveló que en breve moriría y que en el plazo de dos años el soberano español y el Papa lo seguirían ante el tribunal de Dios.

Pocos días después, tras un ataque agudo de gota seguido de fiebre, Fray Lorenzo entregaba su alma a Dios, el día en que cumplía 60 años. El Papa Paulo V lo siguió en enero de 1621, y dos meses después Felipe III. Tres años más tarde, le tocó el turno al duque de Osuna, a quien Felipe IV había mandado procesar y prender en el castillo de Almeida...     



* Fray Arthur de Carmignano  O.F.M. cap., Saint Laurent de Brindes, traducción francesa de Fray Flavien de Québec  O.F.M. cap., Roma, Postulation Générale des Frères Mineurs Capucins, 1959, pp. 22-23. Los trechos entre comillas fueron extraídos de esta obra.

De la Devoción a la Virgen María (II) ¿Las buenas obras deben ser vistas por los hombres?
¿Las buenas obras deben ser vistas por los hombres?
De la Devoción a la Virgen María (II)



Tesoros de la Fe N°67 julio 2007


Dulce Corazón de María, ¡sed la salvación del alma mía!
La admirable conversión de una princesa La devoción al Corazón de María salvará al mundo De la Devoción a la Virgen María (II) San Lorenzo de Brindisi ¿Las buenas obras deben ser vistas por los hombres?



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