La Palabra del Sacerdote Marido y mujer: ¿tienen una idéntica autoridad en la familia?

PREGUNTA

Conversando recientemente con un canonista, me dijo que en el matrimonio, el marido y la mujer mandan en igualdad de condiciones. Que en las últimas décadas hubo una evolución en la forma en que la Iglesia considera la autoridad en la familia, por lo que la versión más tradicional, según la cual prevalece la autoridad del marido, dio lugar a un concepto más igualitario.

Creo que la encíclica del Papa Francisco “Amoris Laetitia” algo trata sobre esto. Será que usted me podría aclarar y, si es el caso, inclusive indicarme si ¿existe alguna enseñanza infalible de la Iglesia sobre esta materia?

RESPUESTA

Monseñor José Luis Villac

Para responder con profundidad a esta “polémica” pregunta de nuestro estimado lector — que se sitúa a contracorriente de la escalada feminista en la sociedad—, es necesario recordar, aunque de modo sucinto, la teología del matrimonio cristiano y de la familia.

El matrimonio fue divinamente instituido para tres finalidades elevadas: propagación del género humano, educación de los hijos, auxilio mutuo de los esposos. Para asegurar esas altísimas finalidades, el matrimonio posee dos características esenciales: la indisolubilidad y la unicidad o monogamia.

Así, a través del pacto matrimonial por el cual los esposos se dan por entero el uno al otro para formar “una sola carne” (Gn 2, 24), ellos se constituyen en un estado que puede ser definido como una unión perpetua y exclusiva entre un hombre y una mujer con la finalidad principal de engendrar hijos y educarlos, y, secundariamente, para prestarse apoyo mutuo.

Esa fue la primitiva institución del matrimonio. Desvirtuada por el pecado de los hombres, Nuestro Señor Jesucristo vino a restaurarla a su plenitud, por lo demás, elevándola a la condición de sacramento, que transmite la gracia y simboliza la unión entre Cristo y la Iglesia.

En la pequeña comunidad que es la sociedad doméstica, Dios estableció, en el IV Mandamiento de su Ley, las reglas que deben gobernar las relaciones entre los padres y los hijos y que León XIII así describe: “Por lo que toca a los hijos, deben estos someterse y obedecer a sus padres y honrarlos por motivos de conciencia; y los padres, a su vez, es necesario que consagren todos sus cuidados y pensamientos a la protección de sus hijos, y principalísimamente a educarlos en la virtud: ‘Padres…, educad (a vuestros hijos) en la disciplina y en el respeto del Señor’ (Ef 6, 4)” (encíclica Arcanum divinae sapientiae, nº 8).

Matrimonio de la Virgen, Goswin van der Weyden, s. XV – Detalle de tríptico, iglesia de San Gumaro, en Lier (Bélgica)

Dos existencias en una sola

Pero Dios también estableció las reglas que deben gobernar las relaciones de los esposos entre sí. En cuanto a la finalidad principal de procrear y educar a los hijos, los esposos están obligados por el pacto matrimonial al débito conyugal, conforme lo enseña San Pablo: “Que el marido dé a la mujer lo que es debido y de igual modo la mujer al marido. La mujer no dispone de su cuerpo, sino el marido; de igual modo, tampoco el marido dispone de su propio cuerpo, sino la mujer” (1 Cor 7, 3-4).

Las obligaciones que resultan de la finalidad secundaria, o sea, el fundirse de dos existencias en una sola y el apoyo mutuo que marido y mujer deben prestarse, las formuló el mismo San Pablo en su Epístola a los Efesios.

A los maridos, el Apóstol les dice que deben sacrificarse por sus respectivas esposas: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella […] Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (5, 25-31).

Y a las esposas, San Pablo enseña que deben obedecer a sus maridos: “Las mujeres sean sumisas a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo” (5, 22-24).

“Toda la familia es una sociedad”

San Pablo en su Epístola a los Efesios: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella […] Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son”.
Caricia materna, Mary Casatt, 1896 – The Philadelphia Museum of Art, EE. UU.

En este santo consorcio, al marido le cabe la autoridad, porque la fuerza física y de carácter con que Dios dotó al sexo masculino sirve de apoyo a la delicadeza de su mujer y a la flaqueza de sus hijos. A la mujer le cabe principalmente educar a los hijos e influenciar a toda la familia por su delicada sensibilidad de corazón, su dedicación, su benignidad, su cariño.

En una de sus alocuciones a los recién casados, del 10 de setiembre de 1941, afirma el Papa Pío XII: “Toda la familia es una sociedad, y toda la sociedad bien ordenada reclama un jefe, todo el poder de jefe viene de Dios. Por tanto, la familia que vosotros fundasteis tiene también su jefe, un jefe que Dios invistió de autoridad sobre aquella que se dio a él para ser su compañera, y sobre los hijos que vendrán, por la bendición de Dios, a acrecentar y alegrar la familia, tales como los retoños verdes en torno del tronco de olivo. Sí, la autoridad del jefe de familia viene de Dios, así como es de Dios que Adán recibió la dignidad y la autoridad de primer jefe del género humano y todos los dones que él transmitió a su posteridad”.

Nuestro Señor Jesucristo vino a restaurar el matrimonio a su plenitud, elevándolo a la condición de sacramento, que transmite la gracia y simboliza a unión entre Cristo y la Iglesia.

El Santo Padre no hacía sino repetir la saludable doctrina reiterada por el Papa Pío XI en su famosa encíclica Casti connubii: “Robustecida la sociedad doméstica con el vínculo de la caridad, es necesario que en ella florezca lo que San Agustín llamaba jerarquía del amor, la cual abraza tanto la primacía del varón sobre la mujer y los hijos como la diligente sumisión de la mujer y su rendida obediencia, recomendada por el Apóstol […] Tal sumisión no niega ni quita la libertad que en pleno derecho compete a la mujer, así por su dignidad de persona humana como por sus nobilísimas funciones de esposa, madre y compañera, ni la obliga a dar satisfacción a cualesquiera gustos del marido, no muy conformes quizá con la razón o la dignidad de esposa […] Si el varón es la cabeza, la mujer es el corazón, y como aquel tiene el principado del gobierno, esta puede y debe reclamar para sí, como cosa que le pertenece, el principado del amor. El grado y modo de tal sumisión de la mujer al marido puede variar según las varias condiciones de las personas, de los lugares y de los tiempos; más aún, si el marido faltase a sus deberes, debe la mujer hacer sus veces en la dirección de la familia. Pero tocar o destruir la misma estructura familiar y su ley fundamental, establecida y confirmada por Dios” (nº 10).

La familia no es una sociedad igualitaria

La exhortación postsinodal Amoris laetitia, por el contrario, saluda “que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad”, viendo en esa superación “una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y de sus derechos”, aunque en esa evolución hayan aparecido “formas de feminismo que no podemos considerar adecuadas” (nº 54). Y añade: “En el hogar las decisiones no se toman unilateralmente, y los dos [marido y mujer] comparten la responsabilidad por la familia”. Así, “en cada nueva etapa de la vida matrimonial hay que sentarse a volver a negociar los acuerdos, de manera que no haya ganadores y perdedores sino que los dos ganen” (nº 220).

La exhortación apostólica no duda en “reinterpretar” la epístola del Apóstol de los Gentiles a los Efesios, arriba citada. El precepto paulino de que “las mujeres sean sumisas a sus maridos” no significa “sumisión sexual”, dice el Papa Francisco. “San Pablo se expresa aquí en categorías culturales propias de aquella época”; se trata, según él, apenas de un “ropaje cultural” que “nosotros no debemos asumir” (nº 156).

Y para intentar justificar teológicamente este nuevo modelo de matrimonio igualitario, el Papa Francisco se apoya en una enseñanza de S.S. Juan Pablo II, en la audiencia general del 11 de agosto de 1982, en el cual él afirma que la comunidad constituida por los cónyuges “se realiza a través de una recíproca donación, que es también una mutua sumisión”, por cuanto el Apóstol aconseja: “Sed sumisos unos a otros” (Ef 5, 21). Seis años más tarde, en la carta apostólica Mulieris dignitatem, el mismo Papa afirmó que “mientras que en la relación Cristo-Iglesia la sumisión es solo de la Iglesia, en la relación marido-mujer la ‘sumisión’ no es unilateral, sino recíproca” (nº 24).

El gran problema de esta interpretación es que ella no se basa en ningún texto escriturario, patrístico o magisterial, por lo tanto, se trata de una interpretación puramente personal y gratuita, que contradice lo que la Iglesia Católica siempre enseñó durante casi dos mil años.

El modelo ideal es la familia patriarcal

Familia alemana del siglo XIX, Ludwig Knaus, 1870 – Märkisches Museum, Berlín

En segundo lugar, la expresión “mutua sumisión” es un contrasentido, una contradicción en los términos, porque es imposible que alguien mande sobre otro y al mismo tiempo le esté sometido a respecto de una misma esfera de asuntos. Imaginando a un marido que fuese empleado de su mujer en la vida profesional, no se podría hablar de “mutua sumisión”, porque mientras él mandaría en la casa, la mujer mandaría en el trabajo, y uno sería súbdito del otro, pero en momentos y áreas diferentes.

Además de que el versículo 21 (“sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo”) constituya una advertencia a toda la comunidad, en él la expresión “unos a otros” no puede ser entendida como una reciprocidad de relaciones por la cual todos se someten a todos (algo imposible, como hemos visto), antes bien, en el sentido de que algunos de la comunidad deben someterse a otros de la misma comunidad (los jóvenes a los mayores, los discípulos a los maestros, las mujeres a sus maridos, los hijos a los padres, etc., todos ellos miembros de la misma comunidad).

Algo semejante ocurre en la Epístola a los Colosenses, en la cual San Pablo exhorta: “La palabra de Cristo habite en vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente” (3, 16). Ahora bien, es sabido que en el Nuevo Testamento la enseñanza y la exhortación son actividades claramente restringidas a los que ejercen esa misión eclesial.

Si estas consideraciones no fuesen suficientes, bastaría recordar la analogía que San Pablo establece entre marido y mujer, y Cristo y la Iglesia: ¡es inimaginable suponer que Nuestro Señor y su Esposa mística estén “sometidos uno al otro”! Al contrario, él dice que la mujer debe someterse al marido “en todo”, como la Iglesia está sometida a Cristo. Además, ¿si la mujer debe someterse al marido en todo, en qué podría él estar sometido a ella?

Al ejercer su autoridad el marido imita a Nuestro Señor, el cual, como los Papas Juan Pablo II y Francisco resaltaron, “no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en redención por muchos”, y que, haciéndolo así, introdujo un modelo cristiano de ejercicio del poder, radicalmente diferente del pagano.

Solamente retornando al modelo austero y jerárquico de la familia patriarcal, fundada en el matrimonio indisoluble y en la prole numerosa, es que la familia podrá recuperar su vigor de otrora.

¡Que San José, modelo del ejercicio virtuoso de la autoridad paterna en la Sagrada Familia donde era tan menor a otros títulos nos ayude en esta obra fundamental de restauración!

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Tesoros de la Fe N°201 setiembre 2018


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