Estimados amigos: Con razón decía Plinio Corrêa de Oliveira que la gratitud es la más frágil de las virtudes. Cuántas veces nos olvidamos de agradecer favores recibidos, tanto del prójimo como especialmente de Dios, a quien ni siquiera le atribuimos un bien sin el cual no seríamos nada: nuestra existencia. Para conservarla, preservándola de los peligros a los que constantemente está expuesta por el enemigo de nuestra salvación, Dios designó a un ángel de la guarda para cada una de sus criaturas humanas, con características espirituales semejantes a las de su protegido, pero naturalmente más elevadas. Aunque no lo veamos —hubo santos y almas privilegiadas que lo veían— su existencia es tan real como la nuestra. La diferencia está en el hecho de que el ángel de la guarda es puro espíritu, privado de materia, mientras que nosotros somos dotados de cuerpo y alma. Si nos fuese dado escoger al mejor de nuestros amigos, jamás seríamos capaces de encontrar a alguien con los atributos de nuestro ángel de la guarda: su belleza moral, su poder y su desvelo. Capaz de acompañarnos incluso en situaciones en las cuales ningún ser humano podría. Con una dedicación ejemplar y completa. Por eso mismo, el angélico protector que Dios nos ha confiado es, por excelencia, el “amicus certus in re incerta” (el amigo cierto en la hora incierta). La única retribución que el ángel de la guarda nos pide es que vivamos en estado de gracia y así nada temeremos. Cuando alguien pierde la gracia de Dios y cae en poder del maligno, no por ello el ángel de la guarda desiste de su cometido. Ciertamente se entristece, reza e intercede ante la Reina de los Ángeles para que aquella alma regrese cuanto antes al estado de amistad de Dios. Sirvan estas breves reflexiones de introducción al Tema del Mes que viene a continuación. Deseándoles una buena lectura, me despido. En Jesús y María, El Director
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El Ángel de la Guarda El amigo cierto en la hora incierta |
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