La Palabra del Sacerdote ¿En qué consiste la indefectibilidad de la Iglesia?

PREGUNTA

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Recientemente leí un artículo en un blog argentino que —al comentar las secuelas del pontificado del Papa Francisco— decía que la confusión había llegado a tal punto que llevaba los límites de la “indefectibilidad” de la Iglesia a extremos que ningún teólogo del pasado había imaginado.

Jamás había oído esa palabra y quisiera tener una explicación de lo que significa para la Iglesia y también para nuestra fe en la asistencia divina que Ella goza.

RESPUESTA

Padre David Francisquini

Agradezco la pregunta, porque resulta muy oportuna para fortalecer la fe de aquellos que se escandalizan con ciertas actitudes y declaraciones de altas autoridades de la Iglesia y se sienten tentados a abandonarla abiertamente o a seguir algunos grupúsculos que se juzgan los únicos fieles y niegan que los Papas posconciliares sean verdaderos pontífices, afirmando, por el contrario, que la Sede de Pedro está vacante. El problema de esa solución simplista es que la Iglesia habría dejado de ser visible para el común de la gente, lo cual contradice la promesa de Nuestro Señor de que Él estaría con sus discípulos hasta el fin de los tiempos.

Por ello, entre todas las verdades que estructuran la eclesiología católica, pocas son hoy tan decisivas como la doctrina de la “indefectibilidad” de la Iglesia. Ella responde, en última instancia, a una inquietud que atraviesa los siglos y retorna con fuerza particular en tiempos de crisis: ¿puede la Iglesia fallar en su misión?

La respuesta católica es clara, firme y teológicamente necesaria: ¡no puede! Pero esta respuesta exige precisión. La Iglesia no falla; aunque sus miembros sí fallen. La Iglesia permanece; aunque en ciertos momentos parezca oscurecida. La Iglesia es inmutable en su esencia; aunque atraviese cambios históricos accidentales, como veremos más adelante.

La indefectibilidad no es un consuelo psicológico ni un eslogan apologético. Es una verdad que procede directamente de la Revelación divina y de la propia naturaleza de la Iglesia en cuanto obra de Dios. Negarla implicaría, en última instancia, negar la fidelidad de Cristo a sus promesas y la eficacia misma de su misión redentora.

Dado que el tema es muy importante y delicado, lo desarrollaré de modo más sistemático de lo habitual en esta columna, abordando el concepto de indefectibilidad, sus fundamentos en la Revelación y en la Teología, sus elementos esenciales, sus límites y su confirmación histórica.

Concepto de indefectibilidad

La indefectibilidad puede definirse como la propiedad sobrenatural por la cual la Iglesia, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, permanecerá hasta el fin de los tiempos, conservando sustancialmente todo aquello que constituye su esencia.

Esta definición implica tres dimensiones fundamentales:

Perpetuidad: es decir, que la Iglesia nunca dejará de existir. No habrá un momento en la historia en que desaparezca completamente de la faz de la tierra. Su continuidad no depende de la fidelidad de los hombres, sino de la promesa de Dios.

Identidad esencial: es decir, que la Iglesia no solo continúa existiendo, sino que sigue siendo la misma Iglesia. No sufre transformaciones sustanciales que la conviertan en otra realidad. Su doctrina, su constitución y sus medios de santificación permanecen, en su esencia, idénticos a los que recibió de Cristo.

Visibilidad histórica: es decir, que la Iglesia no es una realidad puramente invisible o espiritual. Es una sociedad concreta, perceptible en la historia, dotada de estructura, autoridad y signos externos. Su indefectibilidad incluye, por tanto, su permanencia como realidad visible.

Estos tres elementos —perpetuidad, identidad y visibilidad— forman un todo inseparable. Por eso, una Iglesia que continuara existiendo pero perdiera su doctrina, ya no sería la misma; o una Iglesia que preservara la verdad pero se tornara invisible, dejaría de cumplir su misión.

Fundamentos de la indefectibilidad

La doctrina de la indefectibilidad descansa sobre tres pilares: la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia y la reflexión teológica.

El pilar principal son las Escrituras, que no solo sugieren, sino que afirman con claridad la perpetuidad y la estabilidad de la Iglesia. Nuestro Señor declaró explícitamente que las “puertas del infierno no prevalecerán” contra su Iglesia (Mt 16, 18-20). Esta promesa no puede reducirse a una mera resistencia física o institucional. Ella implica que el poder del error, del pecado y de la muerte no destruirá a la Iglesia ni la desviará de su misión esencial. Cuando Jesucristo afirma que estará con sus discípulos “todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19-20), promete una asistencia continua. Esa presencia no es meramente moral, sino eficaz: garantiza que la Iglesia no se apartará de su función de enseñar, santificar y gobernar. Además, la promesa del Espíritu Santo como “Espíritu de la verdad” que permanecerá “siempre” (Jn 14, 16-17) indica que la Iglesia no podrá caer en el error en cuanto tal. Si el Espíritu Santo habita en ella permanentemente, ella no puede, en cuanto Iglesia, convertirse en instrumento de falsedad.

Sesión solemne del Concilio Vaticano I en la Basílica de San Pedro

Las profecías de Daniel refuerzan esta enseñanza al describir el Reino del Mesías como eterno, indestructible y universal (Dn 2, 44 y 7, 14), lo cual fue confirmado por san Lucas en su Evangelio al proclamar que el Reino de Cristo “no tendrá fin” (Lc 1, 32-33). La Iglesia, como realización histórica de ese Reino, participa de esas características.

Por su parte, el Magisterio de la Iglesia enseñó explícitamente su indefectibilidad. El Concilio Vaticano I, en la constitución Pastor Aeternus, afirma que la Iglesia posee una estabilidad inquebrantable y que permanecerá hasta el fin de los tiempos. Esta afirmación no es meramente histórica, sino dogmática: expresa una verdad revelada. León XIII, en su encíclica Satis Cognitum, enseña que la Iglesia “debe permanecer sin ninguna interrupción hasta el fin de los siglos, pues de no ser así no habría sido fundada para siempre” (esa identidad, obviamente, no excluye desarrollos accidentales, pero sí excluye cualquier alteración sustancial). Finalmente, los catecismos tradicionales incluyen la indefectibilidad entre los atributos esenciales de la Iglesia, junto con su visibilidad y su infalibilidad.

Lo que afirman la Sagrada Escritura y el Magisterio se ve confirmado por la razón teológica, que explica racionalmente la necesidad de la indefectibilidad. Si Cristo fundó la Iglesia para ser el instrumento universal de salvación, Ella debe permanecer apta para cumplir esa misión en todos los tiempos. De lo contrario, la salvación de muchos quedaría comprometida. Para ello, debe preservar íntegro el depósito de la fe, porque si la Iglesia pudiera enseñar error como verdad obligatoria, Dios estaría induciendo a los hombres al error bajo pena de condenación, lo cual es imposible. Por otra parte, si la Iglesia pudiera perder su constitución esencial, entonces la obra de Cristo sería falible, lo que contradice directamente su divinidad. Así, la indefectibilidad no es solo un dato revelado, sino también una exigencia lógica de la propia economía de la salvación.

Elementos esenciales que no pueden cambiar

Descendiendo al terreno más concreto, para comprender plenamente la indefectibilidad es necesario identificar los elementos que constituyen la esencia de la Iglesia y que, por tanto, no pueden sufrir alteración sustancial. Ellos son cinco:

El depósito de la fe: la Iglesia no puede contradecir las verdades reveladas por Dios. El desarrollo doctrinal es posible, pero debe ser homogéneo. La verdad puede ser explicitada, profundizada, defendida, pero no transformada en su contrario;

El Concilio Vaticano I (1869-70), en la constitución Pastor Aeternus, afirma que la Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiempos

La constitución jerárquica: la Iglesia es una sociedad estructurada, fundada sobre los Apóstoles, con sucesión apostólica y primado de Pedro. Esta estructura no es accidental, sino esencial. La pérdida de la sucesión apostólica o del principio de unidad representado por el primado petrino de los Papas implicaría una ruptura de identidad;

Los sacramentos: son medios instituidos por Cristo para comunicar la gracia. Su sustancia no puede ser alterada. La Iglesia puede regular aspectos disciplinarios, pero no puede transformar la naturaleza de los sacramentos;

Las cuatro notas: la Iglesia debe permanecer siempre una, santa, católica y apostólica. Estas notas no son ideales abstractos, sino propiedades reales y permanentes; y, por último,

La visibilidad: la Iglesia debe permanecer una realidad histórica concreta. No puede convertirse en una entidad invisible compuesta únicamente por creyentes dispersos.

Límites de la indefectibilidad

Una comprensión correcta de la indefectibilidad exige reconocer también aquello que ella no garantiza, porque no es raro encontrar fieles que, movidos por una piedad no razonada, sino sentimental, creen que en la Iglesia todo tiene que ser perfecto; pero luego se chocan con la realidad y su fe vacila. Hay varias cosas que la indefectibilidad no asegura.

La primera es la santidad de todos sus miembros, ni siquiera de sus miembros más eminentes, que son los obispos y el Papa. Por eso, en la liturgia del Viernes Santo, rezamos por ellos, para que su fe no decaiga y cumplan con su misión. La Iglesia es santa en su origen, en sus medios y en su finalidad. Pero sus miembros son concebidos en pecado original, sujetos a sus pasiones y a la tentación de seguir al mundo. Incluso san Pedro negó tres veces al Señor por miedo a la burla de una criada… Escándalos, corrupciones y caídas morales no contradicen la indefectibilidad.

En el siglo IV, el arrianismo —herejía que niega la divinidad del Verbo de Dios— se difundió tan ampliamente que san Jerónimo lamentó: “El mundo entero gimió y se sorprendió al verse arriano”.

La indefectibilidad tampoco impide las crisis doctrinales. El carisma de infalibilidad con que la Iglesia está dotada garantiza la inerrancia de las definiciones dogmáticas de su Magisterio extraordinario y de las enseñanzas tradicionales de su Magisterio ordinario y universal (aquello que fue enseñado “siempre, en todos los lugares y por todos”). Pero no cubre las enseñanzas ordinarias de los obispos y del Papa, los cuales pueden contener errores, sobre todo cuando se trata de novedades. Por tanto, puede haber confusión, ambigüedades e incluso difusión de errores en determinados períodos, como sucedió bajo el Papa Francisco. No todos los pastores hablan con claridad en todos los tiempos.

Tampoco garantiza la prudencia perfecta de las autoridades de la Iglesia en la disciplina pastoral. Las decisiones disciplinarias o pastorales pueden ser falibles. La indefectibilidad no convierte a la Jerarquía católica en gobernantes impecables e infalibles en todo lo que hacen o dicen.

Un aspecto muy doloroso de la indefectibilidad es que no excluye las herejías locales. Como ya ocurrió muchas veces, regiones enteras pueden caer en el error o en la apostasía, como se corre el riesgo de que suceda nuevamente en Alemania si la Conferencia Sinodal sigue los pasos del “camino sinodal” que la precedió. La promesa de Nuestro Señor se aplica a la Iglesia universal, no a cada parte aislada.

En situaciones en que el mundo decae religiosa y moralmente, la promesa de Jesucristo puede incluso no eliminar la apariencia temporal de derrota. La Iglesia puede atravesar períodos en que parece oscurecida, reducida o incluso vencida. Esa apariencia forma parte de su participación en la cruz de Cristo.

Prueba histórica de la indefectibilidad

La historia de la Iglesia es, por sí misma, una demostración concreta de este aspecto doloroso de la doctrina sobre su indefectibilidad.

En el siglo IV, el arrianismo —herejía que niega la divinidad del Verbo de Dios— se difundió tan ampliamente que san Jerónimo lamentó: “El mundo entero gimió y se sorprendió al verse arriano”. La presión política pesaba mucho sobre la Iglesia. La ortodoxia parecía estar al borde del colapso, porque la gran mayoría de los obispos vaciló. De todos los obispos orientales, solo san Atanasio y los fieles que lo acompañaban rechazaron todas las formas de arrianismo y semiarrianismo. Llegó incluso a ser excomulgado y depuesto por el Papa Liberio; sin embargo, la Iglesia no falló. La verdadera fe fue preservada y acabó triunfando más de medio siglo después.

De modo semejante, durante el Gran Cisma de Occidente (1378-1417), la confusión sobre la existencia de dos Papas —uno en Roma y otro en Aviñón— dividió a la Cristiandad. En cierto momento, hubo hasta tres pretendientes al papado. No obstante, la Iglesia no dejó de ser visible ni perdió su estructura apostólica.

Otros períodos de decadencia moral en el clero y en los ocupantes de la Sede de Pedro, como en el siglo X hasta mediados del XI, y en el siglo XVI con los escandalosos Papas del Renacimiento, no destruyeron la Iglesia. Por el contrario, dieron origen a movimientos de reforma y a nuevos santos. Con la Pseudo-Reforma protestante, la Iglesia perdió la mitad de Europa, introduciendo una herida profunda en el corazón de la Cristiandad. Sin embargo, la Iglesia Católica conservó su doctrina, sus sacramentos y su estructura, y recuperó en las Américas más de lo que había perdido en el Viejo Continente.

Nuestra Señora de Fátima

La indefectibilidad también protegió a la Iglesia de las persecuciones externas. Desde el Imperio Romano, pasando por las invasiones de los bárbaros y de los musulmanes, las persecuciones masónicas del siglo XIX, hasta el comunismo y el nazismo, la Iglesia fue perseguida continuamente y aún lo es, principalmente en los países islámicos. Pero ninguna de esas persecuciones logró destruirla, porque siempre fue protegida por su Fundador y por la Santísima Virgen, que bien mereció el título de Auxilio de los Cristianos.

Dimensión mística: la Pasión de la Iglesia

La historia de la Iglesia no transcurre únicamente en el plano institucional, sino también en el plano místico. Ella participa de la propia vida de Jesucristo. Y así como nuestro divino Redentor vivió treinta años en la paz y felicidad de la Sagrada Familia, pero después pasó por la Pasión hasta el triunfo glorioso de la Resurrección, así también la Iglesia atraviesa momentos de expansión y de paz, pero también otros en que su rostro visible parece desfigurado. Hay períodos en que predominan la debilidad, la confusión y el escándalo. En esos momentos, la Iglesia se asemeja a Cristo crucificado: aparentemente vencida, pero victoriosa por su fidelidad a la misión y con la esperanza de renacer. La indefectibilidad no elimina la cruz. Al contrario, garantiza que la cruz no es el fin, sino el preludio del triunfo sobre el pecado.

Promesa de Fátima

Es necesario tener muy claros todos estos principios y un amor muy vivo a la Iglesia para permanecer fiel en situaciones como la actual, en las cuales, como señala nuestro remitente, parecería que la Providencia ha llevado los límites de la indefectibilidad hasta extremos que ningún teólogo del pasado llegó a imaginar.

En medio de la tempestad presente, es preciso recordar que la indefectibilidad de la Iglesia es una verdad que sostiene la fe en los períodos de gran crisis, porque afirma que la Iglesia no desaparecerá, no se transformará en otra realidad ni traicionará su misión esencial. Y, al mismo tiempo, reconoce que la Iglesia visible está compuesta por hombres frágiles, sujetos al pecado y al error.

Esa tensión no es una contradicción, sino un misterio: la Iglesia es, al mismo tiempo, divina y humana. Su indefectibilidad proviene de Dios; sus crisis provienen de los hombres. Y la confianza del católico no reposa en la perfección de los miembros de la Iglesia, sino en la fidelidad de Nuestro Señor Jesucristo, que prometió permanecer con Ella hasta el final de los tiempos.

Hoy tenemos, además, una ventaja sobre los fieles que enfrentaron situaciones semejantes en el pasado: Nuestra Señora vino a la tierra para alertarnos acerca de esta inmensa crisis, para anunciar un castigo si los hombres no se enmendaban, y para prometer que, al final, su Inmaculado Corazón triunfará. Y tenemos aún la aparición de la Virgen a la hermana Lucía en 1944 —cuando fue autorizada a escribir la tercera parte del Secreto—, que ella describe con estas palabras:

“Sentí el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios y en Él vi y oí: —La punta de la lanza como llama que se desprende, toca el eje de la tierra, que se estremece: montañas, ciudades, villas y aldeas con sus habitantes son sepultados. El mar, los ríos y las nubes salen de sus cauces, transbordan, inundan y arrastran consigo en un remolino, viviendas y gentes en un número que no se puede contar, es la purificación del mundo por el pecado en el cual está inmerso. ¡El odio, la ambición, provocan la guerra destructora!”.

“Después sentí en el palpitar acelerado del corazón y en mi espíritu el eco de una voz suave que decía: —En el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. En la eternidad, ¡el cielo! Esta palabra cielo llenó mi alma de paz y felicidad, de tal forma que casi sin darme cuenta, quedé repitiendo por mucho tiempo: —¡El cielo! ¡el cielo!”

San Enrique II Volviendo del mercado
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Palabras del Director Nº 295 – Julio de 2026 No confundamos humildad con debilidad Cómo la Virgen María nos devolvió el color azul San Enrique II ¿En qué consiste la indefectibilidad de la Iglesia? Volviendo del mercado



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