Especiales Venecia, del charco a la gloria


Wilson Gabriel da Silva


Primeros en anunciarse en el horizonte, el espigado campanile de la catedral de San Marcos y la cúpula de la iglesia de Santa María della Salute, en la isla de San Jorge, se anticipan a otras torres y cúpulas de iglesias y palacios. A medida que el barco se aproxima y las brumas se disipan, se va presentando suavemente la deslumbrante belleza de las formas y colores de Venecia, como si un cuadro impresionista se transformara en realidad.

Sus fundadores habitaban otrora las cercanías del Lido, en la costa adriática. Amenazados por los francos, el 811 huyeron hacia las islas más seguras de la laguna, y allí realizaron la osada tarea de construir una ciudad cuyas calles son canales, en condiciones de disputar aventajadamente el título de la más bella ciudad del mundo. La isla protege a quien la habita, pero puede convertirse también en una prisión. Los venecianos vencieron las limitaciones para volverse señores de la laguna, del mar, del comercio y de los territorios vecinos, hasta de las islas griegas.

Cada año Venecia revive sus desposorios con el mar

Enriquecidas, sus doscientas familias destilaron una aristocracia de la cual elegían al jefe de Estado, el Dux. Puerta del Oriente, la República Serenísima se convirtió en el siglo XV en uno de los más poderosos estados europeos. Su pueblo elaboró un género de vida y de cultura único.

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En el año 1000, los venecianos conquistaran la Dalmacia, que queda al otro lado del mar y hoy pertenece a Croacia. En 1177 el Papa Alejandro III les reconoció la soberanía del Adriático. Para conmemorarlo, crearon la fiesta de los desposorios de Venecia con el mar: el día de la Ascensión, una espléndida embarcación, el Bucentauro, conduce al Dux y su comitiva, acompañado de numerosos barcos, hasta el puerto de San Nicolás del Lido. De ahí sale hacia el mar, donde el Dux lanza un anillo previamente bendecido por el Patriarca de Venecia, pronunciando la frase: “Desponsamus te, mare, in signun veri perpetuique dominio” (Os desposamos, ¡oh mar!, como señal de verdadero y perpetuo dominio). La ceremonia termina con una misa en la iglesia del convento de San Nicolás, y la comitiva regresa a Venecia. Todo sucede en medio de una gran solemnidad, al son de músicas y fanfarrias. Es el tema del cuadro de Canaletto (1697-1768), famoso pintor veneciano que presenta una clara idea del corazón de la ciudad.

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A la derecha, en el referido cuadro, la llegada del Bucentauro, de regreso del mar. En el muelle y en la plaza, el pueblo se apiña para recibirlo.

En el conjunto arquitectónico dominado por el campanario de la basílica de San Marcos, se destaca el palacio ducal, en el centro de la escena. El edificio equilibra con perfección la fuerza del estilo gótico y la levedad de los ornamentos. Es un símbolo notable del esplendor del poder temporal. A su izquierda, dos columnas sirven de portal para la Plaza de San Marcos, en cuyo fondo, a la derecha, se encuentra la basílica catedral del mismo nombre; y a la izquierda, aún más al fondo, la torre del reloj. En lo alto de la columna junto al palacio, el león de San Marcos: el evangelista es el patrono de Venecia, y su símbolo lo es igualmente de la ciudad. El campanario, la basílica bizantina, el palacio gótico, la torre del reloj renacentista, edificios clásicos o barrocos, todos se armonizan obedeciendo al principio de la unidad en la variedad.

La variedad claramente se ve. ¿Dónde está la unidad? En el orden, en un principio superior representado por el equilibrio armónico de elementos desiguales que simbolizan poderes, clases sociales, aspiraciones de alma. En el campanario se podrían ver los derechos de Dios: está encima de todos. Sin él, el palacio ducal se impondría, a pesar del esplendor oriental de la basílica. A algunos metros de la Plaza tenemos la vida burguesa y popular, rica o pobre. El pueblo no está ausente del cuadro. Él es quien aclama la llegada del Dux. Es el hombre del barquito, es el gondolero, son los pasajeros — todos en primer plano, sin violar la jerarquía.

Con el esfuerzo de sus habitantes Venecia emergió, podría decirse, del charco a la gloria de una potencia naval, que contribuyó decisivamente para la derrota de los turcos musulmanes en Lepanto. La Venecia de hoy vive de aquel pasado, que tal vez ya no ame. No por ello deja de ser verdad que de su raíz católica le viene el hecho de haberse vuelto una de las más bellas ciudades del mundo.     



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Tesoros de la Fe N°61 enero 2007


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