La Palabra del Sacerdote El Cielo es uno sólo

PREGUNTA

¿Podría usted explicar cuál es la diferencia —si existe— entre Cielo espiritual y Cielo empíreo?



RESPUESTA

El tema del Cielo es uno de los más oportunos para nuestros días, cuando muchos dicen que el infierno está en la tierra, pero lo que en verdad quieren es que su cielo esté exclusivamente en este mundo.

En la Letanía de todos los santos, la Santa Iglesia nos propone rezar: “Para que elevéis nuestro espíritu al deseo de los bienes celestiales, os rogamos, oídnos”. Nada más importante que este deseo de los bienes celestiales, pues significa el impulso interior de unirnos al propio Dios, desprendiéndonos de los bienes de la tierra, a los cuales estamos tan apegados. La pregunta del lector nos incita a eso. Tratemos pues del tema que él levanta.

El Cielo es uno sólo, para el cuerpo y para el alma

No hay dos cielos, uno empíreo y otro espiritual. El Cielo es uno sólo. Esto es verdad de fe.

Lo que ocurre es que el hombre esta compuesto de cuerpo y alma, de materia y espíritu. Cuando los Padres de la Iglesia y los Doctores medievales trataron del Cielo empíreo, apenas quisieron mostrar lo que es obvio, o sea, que nuestro cuerpo participó de la lucha que trabamos aquí en la tierra para que seamos fieles a los mandamientos de la ley de Dios y a los mandamientos de la Iglesia. No fue sólo nuestra alma la que luchó. El cuerpo también se sometió a una ascesis para cohibir los malos impulsos derivados del pecado original, de la acción diabólica y del mundo, como también se abstuvo de placeres legítimos en penitencia por nuestros pecados y —más alto aún— para “completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo”, como decía el Apóstol San Pablo (cf. Col. 1, 24). Según la teología de San Pablo, los sufrimientos de nuestro cuerpo, unidos a la Pasión sacratísima de Cristo, participan de los méritos infinitos de ésta.

Es justo, por lo tanto, que nuestro cuerpo participe de la gloria celestial que inundará nuestra alma. De ahí que la teología tradicional llame con el nombre de Cielo empíreo al lugar preparado por Dios, en que nuestro cuerpo será recompensado de todas las fatigas y sufrimientos en esta tierra. Lo cual nada tiene que ver con las herejías del quiliasmo o milenarismo.

Nuestro Señor hizo que Santo Tomás Apóstol tocara sus llagas, para certificarse de que no era un ente inmaterial. ¡Era el Verbo Encarnado, resucitado y glorioso! La incredulidad de Santo Tomás, Benjamin West (1738-1820), Leeds – Inglaterra.

¿Cómo será recompensado el cuerpo? No apenas por los dones de la inmortalidad y de la impasibilidad, por los cuales no conocerá de nuevo la muerte y quedará exento de todo dolor y sufrimiento. Será restaurado en la perfección de sus miembros y en el correcto funcionamiento de todos sus órganos. Además, será glorificado, es decir, dotado de esplendor y movilidad como el Cuerpo glorioso de Cristo resucitado. Según se desprende de la narración de los Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles, Jesucristo aparecía de improviso en el Cenáculo y en otros lugares donde estaban los Apóstoles, sin que éstos percibieran cómo había entrado o llegado. Pero comía con ellos, para mostrar que no era un fantasma. Hizo que Santo Tomás tocara sus llagas, para certificarse de que no era un ente inmaterial. ¡Era el Verbo Encarnado, resucitado y glorioso!

Así, nuestro cuerpo resucitado no dejará de tener una naturaleza material, aunque elevada y perfeccionada. Y al lugar donde ese cuerpo se situará en el Cielo se le denominó Cielo empíreo.

Ahora bien, sería una aberración pensar que el cuerpo esté en un lugar, el Cielo empíreo, y el alma en otro, el Cielo espiritual. Pues el hombre está compuesto de cuerpo y alma, y donde esté su cuerpo (resucitado) estará su alma. Por lo tanto, no hay dos cielos, uno para el cuerpo y otro para el alma. Como dijimos al comienzo, el Cielo es uno sólo, para el cuerpo y para el alma.

Glorificación del alma y felicidad perfecta

Pero si el cuerpo será así glorificado, mucho más glorificada será el alma. Ella será dotada de la capacidad —que en esta tierra no tenemos— de ver a Dios cara a cara, tal cual Él es, a lo que se le da el nombre de visión beatífica. Más aún, participaremos de la propia vida divina, sin que perdamos nuestra identidad propia y sin que nos confundamos con Dios. Es la vida de la gracia, oriunda de la fe y del bautismo.

Será una situación de felicidad perfecta, que colocará nuestra alma en un estado de gozo pleno, que se podría llamar de hecho con el nombre de Cielo espiritual. La expresión es enteramente legítima, con tal que no sea entendida como otro lugar, diferente del Cielo empíreo como arriba lo definimos.

“Los ojos no verán, ni los oídos oirán”

Es justo que nuestro cuerpo participe de la gloria celestial que inundará nuestra alma. De ahí que la teología tradicional denomine con el nombre de Cielo empíreo a ese lugar preparado por Dios. El Juicio Final (detalle), Beato Angélico (1432-1435), Galería de los Oficios, Florencia.

Como el lector está percibiendo, es una situación tan alta, que en esta tierra no tenemos la menor capacidad de comprenderlo. Es un misterio, al cual aludía San Pablo cuando dijo: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Cor. 2, 9).

Así, por más que nos esforcemos en imaginar cómo es el Cielo empíreo o la bienaventuranza eterna de las almas, quedaríamos inconmensurablemente por debajo de lo que Dios preparó para los hombres que se salvan.

No obstante, alguna cosa puede ser dicha. Cuando Dios creó el universo y colocó en él al hombre, fue para que éste, incluso a la luz de la razón natural, a través de las cosas creadas se elevara hasta Él. Todas las cosas creadas tienen en sí un reflejo de Dios. Y contemplando ese reflejo, el hombre conoce un poco cómo es Dios.

No hay quien, alguna vez en la vida, contemplando un cielo estrellado —lejos de las megalópolis modernas— no haya quedado extasiado. O, contemplando una ardilla jugando con un fruto que cogió de un árbol, no haya tenido una sonrisa de complacencia. Esa complacencia con una maravilla creada por Dios, en el fondo glorifica a Dios; y lo glorifica tanto más cuanto más amorosa y consciente sea esa remisión al Creador. Así, por la escalera de las criaturas, el hombre sube hasta el Creador. Y se prepara para las magnificencias del Cielo, indescriptiblemente superiores a lo que hay de más refinado sobre la tierra.

Las obras del hombre pueden conducir al Creador

Por otro lado, cuando Dios creó al hombre, su designio fue hacerlo un colaborador de la propia obra de la Creación. Por eso, dejó muchas cosas para que el hombre las haga. Fue así que los hombres construyeron ciudades, con casas, edificios públicos, palacios, catedrales... Y Dios quiso que, al construirlas, el hombre pusiera en ellas un reflejo del propio Dios.

Sabemos bien que, lamentablemente, los hombres con frecuencia no hicieron eso, y hasta que hicieron lo contrario de eso. Otras veces, no obstante, en las épocas de fe, hicieron maravillas que remiten a Dios.

Aquí está la razón de esta digresión, que a algún lector le podrá haber dado la impresión de que se distanciaba del tema. ¡No! Tanto la contemplación de las obras creadas directamente por Dios, como la contemplación de las obras producidas por el hombre de fe —siempre que sean conformes al orden establecido por Dios— encaminan nuestro espíritu para comprender, aunque muy limitadamente, cómo debe ser el Cielo que Dios preparó para nosotros.

No será, por cierto, en la contemplación de las aberraciones horrorosas de la arquitectura moderna que nuestro espíritu se elevará al Cielo. Pero la contemplación de una catedral —Notre Dame de París, Colonia, el Duomo de Milán, y mil otras obras religiosas o seculares que sería interminable listar— nos encamina hasta Dios.

El Cielo empíreo sobrepujará, mucho más allá de lo que podemos imaginar, todo aquello que fue hecho de bueno y bello por el hombre, o creado directamente por Dios. En él, las almas unidas a sus respectivos cuerpos gozarán de la visión beatífica, que constituirá para ellas un auténtico Cielo espiritual.     



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Tesoros de la Fe N°87 marzo 2009


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