Santoral
San Bonifacio, Obispo y Mártir.
De origen inglés, es considerado el Apóstol de Alemania, donde convirtió a los pueblos bárbaros y estableció el catolicismo. En ese sentido, puede ser considerado uno de los fundamentos del Imperio cristiano Romano-Germánico que se constituiría después con Carlo Magno.
Fecha Santoral Junio 5 Nombre Bonifacio
Lugar Alemania
Vidas de Santos San Bonifacio

Monje inglés y gran apóstol de Alemania


Con una energía y celo sorprendentes este misionero excepcional implantó el cristianismo en tierras germánicas, civilizándolas y coronando su gesta apostólica con la efusión de su propia sangre


Helio Viana


Fue por el año 680, en la localidad de Crediton, en el reino anglosajón de Wessex, que vino al mundo Winfrido, el futuro Bonifacio.

Su familia brillaba por la fe y su posición social.

Con tan sólo cinco años, Winfrido ya suplicaba a su padre que lo dejase abrazar la vida monástica. Éste, después de repetidas insistencias y no pocas dudas, finalmente cedió.

Winfrido tenía entonces siete años y se dirigió a la abadía de Exeter, donde inició sus estudios bajo la dirección del santo abad Wolphard. Algunos años después los prosiguió en la abadía de Nutcell, perteneciente a la diócesis de Winchester.

En aquellas dos abadías su alma se descubrió.

En Nutcell, sus rápidos progresos en las ciencias literarias lo elevaron en poco tiempo a la situación de profesor. Por aquel entonces compuso una gramática latina, que aún existe.

A los 30 años recibió la ordenación sacerdotal y poco después, como resultado de un sínodo en el cual participaron el rey de Wessex, Ine, y el clero, fue enviado en una embajada ante el arzobispo de Canterbury, que debería aprobar las decisiones de aquel sínodo. Se comportó en aquella negociación con tanta habilidad y prudencia, que a partir de entonces pasó a ser invitado a participar en todos los sínodos.

Pero Winfrido no se interesaba sólo por la ciencia profana o por tales embajadas. En vez de ir detrás de una vana erudición, se entregó al estudio de la Sagrada Escritura, atraído por su belleza. Y después comenzó a enseñar a los que lo rodeaban e incluso a monjes que acudían de conventos distantes para oírlo.

En aquella alma comenzaba a nacer el futuro misionero, que sólo pensaba en huir de las honras y de la propia patria, para ir a llevar la luz de la fe a los desheredados paganos.

En el 716 partió a Alemania, tierra de sus antepasados, con tres compañeros de Nutcell.

Llegaron a Utrecht, capital de Frisia, en la actualidad repartida entre los Países Bajos y Alemania, donde el rey Radbodo era un gran perseguidor de la fe católica.

Allí habían estado rápidamente San Amando y San Eloy. Más tarde fue campo de apostolado del obispo San Willibrordo, que después de la muerte de Pipino de Heristal en 714, tuvo que retirarse a la abadía de Echternach debido a la ferocidad de sus habitantes.

Winfrido tampoco pudo establecerse en la región y regresó a Nutcell, donde estuvo a punto de nunca salir, pues con la muerte del anciano abad Wimbert, fue designado por unanimidad para sucederle. Sin embargo, ingentes instancias suyas y del obispo de Winchester lograron que fuese elegido otro candidato.

Libre nuevamente y premunido de cartas de su amigo, el obispo Daniel de Winchester, partió para Roma el otoño de 718.

Fue paternalmente acogido por el Papa Gregorio II, que le concedió, en la primavera de 719, una carta de investidura para predicar la fe a los idólatras de la Germania. Le recomendó que siguiese las reglas de la liturgia romana para administrar los sacramentos y consultase a la Sede Apostólica en los casos difíciles. Y latinizó su nombre, de Winfrido a Bonifacio, lo mismo que “bienhechor”.

Después de visitar Baviera y Turingia, Bonifacio regresó a Frisia, que acababa de ser reconquistada por los francos y a donde había vuelto el obispo Willibrordo, su compatriota.

Éste, ya anciano, vio con alegría la llegada del joven misionero, y quiso hacerlo su sucesor. Aunque más preocupado con el trabajo que con las dignidades, Bonifacio decidió, después de tres años de labor y de experiencias fecundas, llevar la fe a regiones más necesitadas.

Atracción por las tareas arduas

Partió así al interior de Alemania y se estableció en Hesse. El territorio dependía de los francos y había sido visitado anteriormente por misioneros irlandeses como San Kilion, pero permanecía profundamente pagano. Bonifacio inició una evangelización metódica estableciendo en Amöneburg la primera fundación monástica.

Deseoso de conocer los primeros resultados, Gregorio II lo invitó de nuevo a Roma.

El Papa tenía la intención de elevarlo a la dignidad episcopal, pero quería antes interrogarlo para certificarse de su doctrina. Bonifacio le envió entonces, por escrito, una profesión de fe. Entonces Gregorio II le reveló su propósito de consagrarlo obispo. Y Bonifacio, que había rehusado análogo deseo de San Willibrordo, no osó resistir al Romano Pontífice: fue consagrado el 30 de noviembre de 722.

San Bonifacio derriba el árbol de la idolatría, frente al asombro de los germanos, que se convierten

Se convirtió en obispo, no de una diócesis particular, sino dependiente directamente de la Sede Apostólica. En tales circunstancias, prestó juramento de persistir en la pureza de la santa fe católica, en la unidad de la Iglesia universal y en la fidelidad al Vicario de Cristo. El Papa le envió una compilación de los cánones de los concilios y cartas de recomendación, especialmente para Carlos Martel. El duque de los francos le dispensó un buen recibimiento y le extendió un salvoconducto.

La protección del duque, pero sobre todo la misión concedida por Roma y el carácter episcopal del que se encontraba en adelante revestido le granjearon renovado prestigio a los ojos de los germanos. Y el santo no perdió tiempo.

La población de Hesse tomaba por divinidad a un roble sagrado de Thor, en la montaña de Gudenberg, en Geismar. Bonifacio decidió ir con algunos compañeros a tumbarlo. Apenas iniciada la tarea, el árbol se vino abajo, como si hubiese sido alcanzado por un viento impetuoso. Los paganos vieron en ello un juicio de Dios. Y frente a la impotencia de los ídolos para defenderse, se pasaron en gran número a la fe cristiana. El obispo se sirvió de la madera para edificar, en el lugar, una capilla en honra de San Pedro.

Al cabo de un año, Bonifacio juzgó la evangelización en Hesse suficientemente avanzada como para dirigirse a Turingia, donde permanecería durante siete años (de 724 a 731).

Allí, aunque ya se había iniciado la predicación católica, la vida religiosa se encontraba extremamente lánguida, con un clero ignorante o relajado.

Bonifacio decidió entonces fundar el monasterio de San Miguel de Ohrdruff, cerca de Gotha, que se convertiría en baluarte del cristianismo. Para poblarlo, y a fin de obtener auxiliares para su obra, apeló a sus amigos ingleses, hombres y mujeres. Éstos, viendo el ardor que animaba al misionero, acudieron con prontitud y en gran número.

Para la consolidación de tal empresa contribuyeron particularmente los irlandeses, tanto por su generosidad como su santo ejemplo y celo apostólico, fundando varios monasterios.

Apoyo de los grandes, autonomía preservada

Bonifacio y los suyos introdujeron un método misionero especial, consistente en buscar el apoyo de los reyes y de los grandes, aunque sin enfeudarse a ellos. Para apoyar el apostolado y mantener los resultados fundaban monasterios destinados a hombres y mujeres, verdaderas escuelas de civilización, donde se enseñaba la agricultura, las artes y sobre todo la fe cristiana.

El nuevo Papa Gregorio III lo nombró arzobispo y le confirió el palio.

San Bonifacio permaneció durante casi nueve años en Baviera. Evangelizada por San Ruperto y San Corbiniano, se mantenía sin organización jerárquica, y abarcaba buena parte de Austria, constituyendo una de las mayores regiones de Alemania.

Viajó a Roma con varios compañeros, vio al Sucesor de Pedro, asistió a un Concilio y regresó consolado, alentado, esclarecido y cargado de reliquias para sus nuevas fundaciones. Además, conquistó a dos hermanos, ambos ingleses: Wunnibald, que fuera en peregrinación a Roma y allí se hiciera monje; y a través de él, a Willibald, que extendió su viaje hasta Jerusalén y después se unió a su hermano en Alemania, donde San Bonifacio más adelante lo haría obispo.

Regresó a Baviera para continuar la evangelización y proveerla de diócesis, estableciéndolas en Salzburgo, Freising, Ratisbona y Passau. Una vez dotada de organización regular y expulsados los elementos de desorden, la fe retomó nuevo vigor. Después, San Bonifacio regresó a Hesse y a Turingia.

En Turingia meridional o Franconia, nuestro santo creó una diócesis en Wurzburgo. Para unir esas tierras con los dominios de Baviera, creó otra sede episcopal, esta vez en Eichstätt, de la cual quedó como obispo el ya citado Willibald, y donde fueron pronto fundados dos monasterios.

De ese modo, transcurridos cerca de veinte años, San Bonifacio había edificado una vasta y sólida cristiandad en los territorios sometidos a los francos. Pero todavía faltaba coronar esa obra.

Martirio de San Bonifacio

Ya vimos el amor que San Bonifacio tenía por los monasterios y la importancia que les atribuía, al punto de querer que cada diócesis poseyera uno o varios. Desde hacía mucho nutría el deseo de ver uno implantado en el centro de Alemania, que le sirviera al mismo tiempo de lugar de reposo y cuartel general.

Encargó entonces a Sturmi, un joven monje, que descubriera en los bosques de Hesse y de Turingia un lugar bastante amplio, al mismo tiempo fértil y guarnecido, donde pudiera ser acogido un considerable número de monjes y misioneros. La búsqueda fue larga y penosa; pero finalmente Sturmi encontró el lugar soñado. Sturmi ya había visto ese lugar, pero no supo evaluar su aptitud para la finalidad perseguida. Una verificación más atenta lo convenció y San Bonifacio pidió enseguida al rey Carlomán la cesión del terreno, en Fulda, y pusieron manos a la obra.

La constitución del monasterio de Fulda

El día 12 de enero de 744, Sturmi y siete otros monjes tomaron posesión del lugar. Todos los años San Bonifacio se dirigía allí en búsqueda de reposo y recogimiento, así como para instruir a aquellos jóvenes en las tradiciones monásticas.

El monasterio de Fulda se transformó en la base sólida para la evangelización de Alemania; a la muerte de San Bonifacio contaba con 400 monjes. Para realizar la importante tarea que tenía en vista a través de él, obtuvo del Papa Zacarías la inmunidad pontificia, el primer privilegio de ese género conocido en la Historia.

Pero el celo del apóstol de Alemania iba más lejos. Con la muerte de Carlos Martel, en 741, el reino franco fue dividido entre sus hijos Pepino y Carlomán. Este último, íntimo amigo de San Bonifacio, terminaría sus días como monje, en la abadía de Montecassino, en Italia. Pero al heredar la Austrasia, San Bonifacio dependería en adelante de él.

Ambos decidieron entonces eliminar los abusos de muchos laicos deseosos de conservar los beneficios y las honras de la Iglesia —que habían recibido en recompensa por servicios prestados a Carlos Martel—, substituyéndolos por personas santas que de hecho los merecían. Y al mismo tempo proceder a una reforma en la disciplina de los monjes celtas, muy independientes con relación a la Jerarquía.

Enérgico reformador de la disciplina eclesiástica

En 742, con el consentimiento del Papa Zacarías, decidió San Bonifacio convocar una serie de concilios a fin de emprender la reforma de la disciplina eclesiástica.

Pepino también quiso para sí algo análogo, y así fue realizado un concilio en Soissons (743), para sus Estados, y al año siguiente otro, general, con la presencia de todos los obispos francos.

Sin estos concilios el bello período de prosperidad de la época carolingia no habría existido. Y el mérito por casi todo ello se debe a quien los dirigió, o sea, a San Bonifacio.

He aquí algunas de las medidas tomadas: estrechar los lazos de los sacerdotes con sus obispos y de éstos con sus arzobispos; destituir a los prelados indignos y substituirlos por obispos santos (entre los cuales cabe citar a San Crodegango, obispo de Metz, que trabajó eficazmente en la reforma del clero y la institución de los canónigos regulares); imponer a los nobles la devolución de los bienes eclesiásticos por ellos confiscados.

Tumba de San Bonifacio en Fulda

En 747 fue convocado un Concilio para sancionar las deliberaciones de los anteriores. Todos los obispos presentes firmaron una profesión de fe, la cual fue depositada en el trono de San Pedro antes de ser entregada al Papa, para remarcar la unión de la Iglesia franca y su sumisión al Vicario de Cristo.

Los cuidados que prodigó a la Iglesia franca no hicieron a San Bonifacio olvidar las necesidades de la Iglesia germánica, cuya organización quiso concluir.

Sin una Sede fija, pensó establecerse en Colonia, donde podría dirigir al mismo tiempo a Galia, Germania y Frisia, que pretendía reconquistar. Pero como había muchos elementos irreductibles en el clero franco de Colonia, acabó aceptando, en 747, la Sede primacial de Maguncia.

Ese mismo año Carlomán abdicó y se retiró a la abadía de Montecassino. En 752 San Bonifacio consagró a Pipino el Breve como rey de los francos, en Soissons, dando inicio a la época carolingia.

Coronación de su vida por el martirio

Ya septuagenario, San Bonifacio quiso partir hacia Frisia. Presintiendo sin embargo la muerte que se aproximaba, antes de viajar pidió ser sepultado en Fulda.

Se dirigió a Utrecht en el 753, retomando los viajes apostólicos hasta el momento en que, sorprendido por el fanatismo de los paganos, fue martirizado por ellos en Dokkum, juntamente con 52 compañeros. Era el día 5 de junio de 754. Sus restos mortales fueron transportados inicialmente a Maguncia, y enseguida, atendiendo a su deseo, hacia Fulda, donde reposan.     


Fuentes de referencia.-

1. Les Petits Bollandistes, Vie des Saints, Bar-le-Duc, Typographie des Célestins, Ancienne Maison L. Guérin, 1874, t. V, pp. 459-464.
2. Vie des Saints, par les RR. PP. Bénédictins de Paris, Librairie Letouzey et Ané, 1946, t. V, pp. 83-93.



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