La Palabra del Sacerdote La Resurrección de Jesús y la Redención - I

PREGUNTA

Estimado Mons. Villac: Admiro mucho la forma como usted responde a las cuestiones que le son enviadas, siempre con la doctrina de Jesucristo, es decir, la doctrina católica. Mi duda es la siguiente: siempre entendí que la Redención, la remisión de los pecados, la salvación de las almas, fue merecida por la muerte de Jesucristo en la cruz, siendo su Resurrección consecuencia de la remisión de los pecados, pero no su causa. De ahí que la Cruz y el Calvario sean el centro de la espiritualidad católica.

El problema es que el párroco de la iglesia a la que concurro usa expresiones como “salvados por la Resurrección” o “méritos salvíficos de la Resurrección”. Cuando se refiere al Calvario, dice que es “la mayor demostración del amor de Dios por nosotros”, pero no lo asocia a la Salvación. La Resurrección siempre prevalece en sus sermonees, hasta en Cuaresma y Semana Santa. Eso me ha dejado confundido.

Por eso, pregunto: ¿qué relación hay entre la Resurrección de Jesús y la Redención? La Resurrección, ¿es la glorificación final de los redimidos (¡por la Cruz!) o es, también ella, meritoria para el perdón de los pecados?

RESPUESTA

La pregunta del lector es muy pertinente, porque la misma unilateralidad que lo chocó en los sermones de su párroco también se nota en otros hechos, como el que no sea colocada la cruz sobre el altar en que se celebra la misa o en la decoración interior de las iglesias modernas (o “renovadas”), en las cuales casi no se ve al Crucificado o imágenes piadosas relacionadas con la Pasión, como el Ecce Homo, el Señor de la Caída o el de Nuestra Señora de la Piedad.

Lo que tales omisiones procuran crear es una nueva atmósfera más jovial en las iglesias, en las celebraciones litúrgicas y en toda la vida religiosa; o sea, más acorde con el optimismo de un mundo que supuestamente marcha rumbo al progreso, y con el cual la Iglesia —después de haberlo combatido— debería hoy reconciliarse.

Por detrás de esas opciones pastorales y artísticas existe, en realidad, un cambio teológico profundo a respecto del misterio de la Redención, que junto con el de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación es una de las verdades fundamentales de la fe que proclamamos cada vez que hacemos la señal de la cruz.

Todo misterio desborda nuestra capacidad de entendimiento—si no, ¡dejaría de serlo!— y de eso no escapa el misterio de la Redención, en el cual se unen la misericordia y la justicia infinitas de Dios, de una forma para nosotros incomprensible en toda su complejidad. De ahí que, en el lento explicitar del depósito de la Revelación —a lo largo de su historia dos veces milenaria— la Iglesia haya acentuado un aspecto u otro, pero siempre manteniendo un perfecto equilibrio.

El pecado original y la promesa de la Redención

La premisa de la Redención —hoy muchas veces obnubilada, cuando no directamente negada— es el dogma del pecado original, o sea, el pecado cometido por nuestros primeros padres, que tiznó en ellos y en sus descendientes la imagen y semejanza de Dios y los hizo perder la herencia del cielo. Y como Dios no quería la eterna condenación de los hombres (el Infierno), les prometió a Adán y Eva que enviaría un Salvador a la humanidad, cumpliendo su promesa con la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en las entrañas purísimas de la Virgen María.

Por su naturaleza divina, Nuestro Señor Jesucristo es nuestro Mediador ante Dios. Él es el “sumo y eterno Sacerdote”, que “os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor” (Ef 5, 2), ya que “fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre” (Rom 3, 25). Por eso, en la cruz, “se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos” (Heb 9, 28).

Isaías ya había profetizado a su respecto que Él sería “como cordero llevado al matadero”, pues “el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación”; pero será glorificado, “porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores” (Is 53, 7-12).

Para mostrar que Jesús era el Mesías anunciado por los profetas, San Juan Bautista, en el Jordán, así lo presentó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Y San Pablo, retomando la imagen del cordero, incita a sus discípulos a despojarse de la levadura vieja de la malicia “porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo” (1 Cor 5, 7).

El mismo Jesucristo designa a su muerte en la cruz como sacrificio por los pecados de los hombres diciendo que el Hijo del Hombre vino a “dar su vida para la redención de muchos” (Mt 20, 28 y Mc 10, 45). Acentuando el carácter propiciatorio de su muerte al instituir la Sagrada Eucaristía durante la Última Cena, cuando dijo: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lc 22, 19) y “ésta es mi sangre, sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por muchos para la remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

Todo esto nos lleva a concluir que, aunque todas las acciones de Jesús a lo largo de su vida tengan para nosotros un valor redentor, y todas, en su conjunto, constituyan la Redención, su obra redentora alcanzó su punto culminante en el sacrificio de su muerte en la cruz. Por lo tanto, la muerte de Nuestro Señor es de manera prominente, aunque no exclusiva, la causa eficiente de nuestra Redención.

Equilibrio entre la justicia y la misericordia divinas

Santo Tomás de Aquino afirma que la Pasión de Cristo era necesaria porque Dios juzgó que era la manera más apropiada de manifestar al mismo tiempo su justicia y su misericordia

Dos preguntas brotan naturalmente de esa sublime realidad: ¿era razonable que fuese por la muerte de un Inocente que los culpados fuesen liberados de su iniquidad? ¿Por qué el Padre llegó a exigir de su Hijo una tal aniquilación —dar hasta la última gota de su Sangre— sin que eso pareciese arbitrario o cruel?

Varias hipótesis teológicas fueron levantadas para intentar desvendar ese aspecto de la Redención, que es tal vez el más insondable de ella, porque toca en las relaciones íntimas de la Santísima Trinidad y en el misterioso balance entre la justicia y la misericordia infinitas de Dios.

Tales hipótesis giran en torno de la cuestión de la satisfacción. En el sentido jurídico, satisfacción significa la reparación de una ofensa por medio de una compensación de la injusticia cometida, la cual puede ser presentada por el propio ofensor o por alguien que lo hace en su nombre. En ese último caso, se habla de satisfacción vicaria.

Fue el tipo de satisfacción que Nuestro Señor ofreció a Dios Padre en nombre de la humanidad pecadora. El Concilio de Trento dice que la causa meritoria de nuestra justificación fue el Hijo Unigénito, el cual “por su pasión santísima en el leño de la cruz […] satisfizo por nosotros a Dios Padre” (Denzinger 799). Así, “nadie puede ser justo sino aquel a quien se comunican los méritos dela pasión de Nuestro Señor Jesucristo” (Denzinger 800).

Con el objetivo de explicar como opera dicha satisfacción vicaria, San Anselmo desarrolló, en la Edad Media, una doctrina que, en síntesis, afirma que la culpa del pecado original y de nuestros pecados actuales es infinita, por ser una ofensa a Dios, que es infinito; y que ella exige, por lo tanto, una satisfacción infinita, la cual sólo podría ser ofrecida por un Dios hecho hombre: un Dios, para que su reparación tuviese un valor infinito; un hombre, para que él pudiese asumir la representación de todos sus hermanos pecadores.

Santo Tomás de Aquino completó la doctrina de la satisfacción vicaria resaltando que la Pasión sirvió de compensación al pecado por ser, por encima de todo, un acto de amor, sin el cual no podría haber satisfacción (Suma Teológica III, 14, 1 ad 1). Y añade que Nuestro Señor, “al padecer por caridad y por obediencia, presentó a Dios una ofrenda mayor que la exigida como recompensa por todas las ofensas del género humano”. Por eso, “la pasión de Cristo no fue sólo una satisfacción suficiente, sino también superabundante” (III, 48, 2). Por fin, declara que la Pasión de Cristo no era necesaria sino en el sentido de que Dios juzgó ser la manera más apropiada de manifestar al mismo tiempo su justicia y su misericordia (III, 46 ad 3).

Fue en el mismo sentido que el Papa Clemente VI declaró, en la bula Unigenitus, del año jubilar de 1343, que Cristo había derramado copiosamente su sangre, cuando una pequeñísima gota habría bastado para redimir a todo el linaje humano (Denzinger 550).

—¿Y cuál es el papel de la Resurrección en ese plan de salvación?

Por ser un tema extenso que ya ocupó todo el espacio disponible para esta sección, dejo para el próximo mes la respuesta a esta parte crucial de la pregunta del lector.

San Lorenzo Justiniano Sed perfectos como vuestro Padre celestial
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Tesoros de la Fe N°153 setiembre 2014


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Nº 153 - Setiembre 2014 - Año XIII ¡Oh tú Iglesia Católica! La moralidad es el fundamento del orden social La Santísima Virgen y el sufrimiento Una influencia más fuerte que la de los medios de comunicación San Lorenzo Justiniano La Resurrección de Jesús y la Redención - I Sed perfectos como vuestro Padre celestial



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