Vidas de Santos Los mártires de Uganda San Carlos Lwanga y compañeros

PLINIO MARÍA SOLIMEO

En el siglo XIX, Buganda era un reino independiente al norte del lago Victoria, en el centro de África. Después se convertiría en una de las cuatro provincias del protectorado inglés de Uganda. Monarquía hereditaria de tipo africano, su monarca tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Con un gobierno organizado, lo que no era común en aquel continente, Buganda sorprendió a los europeos.

Cerca de tres mil personas vivían en el conjunto del palacio real, incluyendo a 400 pajes encargados de los oficios más variados relacionados con el monarca. Tales pajes eran escogidos por los jefes locales entre los chicos de doce años de edad más inteligentes y de buena presencia del reino, y cuando alcanzaban los 20 años de edad pasaban a formar parte de la guardia personal del rey. La élite de Buganda tenía así, a la cabeza, a estos jóvenes educados en el palacio real.

Los primeros misioneros católicos que llegaron al reino en 1878, fueron los “Misioneros del África” o “padres blancos” franceses, siendo cortésmente recibidos por el rey, Mutesa I, como lo fueron también protestantes y musulmanes.

Los “padres blancos” abrieron un orfanato que se convirtió en el núcleo de la futura cristiandad, pero quedaron decepcionados con el escaso interés del pueblo.

También los huérfanos se mostraban muy ariscos y difíciles de educar. De modo que, en 1882, los misioneros tuvieron que retirarse del país. Dejaron, sin embargo, a algunos conversos que no apenas perseveraron, sino que comenzaron a hacer apostolado por su cuenta.

Cuando falleció Mutesa I en 1884, subió al trono su hijo Mwanga II, de 18 años. Este no tenía el tacto político de su padre y era inclinado a prácticas homosexuales, valiéndose para realizar sus torpes acciones de los pajes de la corte. A pesar de ello, Mwanga pidió que regresaran al reino los misioneros, a quienes admiraba en su infancia. Ellos lo hicieron recién dos años después, teniendo la alegría de encontrar un núcleo de aproximadamente doscientos conversos entre chicos y chicas del palacio real, los “rezadores”, como eran llamados.

El proto mártir de Uganda: San José Mukasa

Mons. Léon Livinhac y el padre Ludovic Girault, de los padres blancos, junto a 14 ugandeses convertidos en 1890
Mons. Léon Livinhac y el padre Ludovic Girault, de los padres blancos, junto a 14 ugandeses convertidos en 1890

José Mukasa, de 26 años, un joven converso al catolicismo, era uno de los brazos derechos de Mwanga. De temperamento tranquilo, recibió del rey Mutesa el apelativo de Balikuddembe u “hombre de paz”. Él estaba a la cabeza de los pajes del rey, y después que se convirtió al catolicismo los defendía contra el vicio moral del monarca.

Pasó también a increpar al rey por sus actos antinaturales, mostrando cómo las Sagradas Escrituras condenan ese vicio infame. Por ejemplo, con el versículo 18, 22 del Levítico, que dice: “No te acostarás con varón como con mujer: es una abominación” . Y más adelante, en el versículo 29, añade: “quien cometa una de esas abominaciones sea excluido de su pueblo” . San Pablo afirma que la ira de Dios se manifiesta contra el pecado:

“Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío.

Y como no juzgaron conveniente prestar reconocimiento a Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene” (Rom 1, 26-28). Y declara perentoriamente: “No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios” (1 Cor 6, 9-10).

José Mukasa recordaba también que Sodoma y Gomorra habían sido destruidas a causa de la práctica homosexual.

En 1885, el rey Mwanga quedó muy irritado por las reprensiones que José constantemente le hacía, a causa de su vida viciosa y de los actos contra la naturaleza por él practicados.

Su primer ministro, el brujo Katikiro, que detestaba a los cristianos, manifestó al rey que José debía morir, porque era el líder de esa religión que llevaba a los jóvenes a desobedecer a la autoridad. Mwanga concordó y mandó ejecutar a José el 15 de noviembre de 1885. En el momento de la ejecución, José pidió que transmitieran al monarca este mensaje: “yo lo perdono por matarme; pero debe cambiar de vida. De lo contrario, lo acusaré en el tribunal de Dios” . Mwanga, temeroso, mandó matar a un siervo y mezclar sus cenizas con las de José, para que no pudiera ser reconocido; y así, según imaginaba el rey, no hablara contra él en el tribunal divino.

Prosiguen las intimidaciones, seguidas de martirios

En mayo del año siguiente, Mwanga intentó seducir a Muafa. Este era uno de los jóvenes pajes que se negó al gravísimo pecado de la práctica homosexual, diciendo que su cuerpo era templo del Espíritu Santo. Muanga supo que el muchacho estaba siendo catequizado por otro paje, Dionisio Sebuggwawo, de 17 años, recién bautizado. Lo llamó a su presencia y lo interrogó sobre lo que le estaba enseñando a Muafa. Dionisio respondió valientemente que le enseñaba la única religión verdadera. Enfurecido, Mwanga lo mató con una lanzada en el cuello. Dionisio fue, así, el segundo mártir de Buganda.

Durante la noche que siguió al martirio, Carlos Lwanga, que había quedado encargado de los pajes cristianos desde la muerte de José, vio que las cosas tomaban un rumbo muy peligroso y resolvió bautizar a cuatro pajes aún catecúmenos —entre ellos a Kizito, de apenas 13 años de edad— y les recomendó la perseverancia en la fe.

Al día siguiente, Mwanga se reunió con su consejo y quedó decidido exterminar de una sola vez a aquellos “fanáticos”, que ya no obedecían al rey. Mwanga llamó a los cien verdugos reales, convocó a todos los pajes a comparecer a su presencia y les dijo: “Los que rezan, vayan para aquel lado. Los que no rezan, quédense aquí junto a mí” .

Carlos Lwanga se levantó, tomó a Kizito de la mano y se fue a ubicar en el sitio indicado para los “rezadores”. Lo siguieron otros doce, todos menores de 25 años.

Mwanga les preguntó si ellos pretendían permanecer como cristianos. Todos respondieron valientemente que sí, y fueron condenados a muerte. El rey mandó venir también a un soldado que se había hecho católico, Santiago Buzabaliawo, ofreciéndole el perdón si apostataba. Santiago se negó terminantemente, y fue a engrosar el cortejo de los confesores de la fe. Asimismo fue condenado un jefe tribal, André Kagwa, que había convertido a toda su familia y a muchos conocidos; y Matías Kalemba, juez suplente en un tribunal de provincia, que primero se había hecho musulmán, después anglicano, convirtiéndose finalmente a la verdadera religión.

Tranquilidad ante la perspectiva del martirio

San Carlos Lwanga (entre los dos misioneros) y 19 de sus compañeros mártires ugandeses, en 1885
San Carlos Lwanga (entre los dos misioneros) y 19 de sus compañeros mártires ugandeses, en 1885

La ejecución sería en Namungongo, a 60 km de distancia. En cada cruce de caminos un cristiano era inmolado a los dioses locales.

Los condenados pasaron cerca de la casa de los “padres blancos”. El padre Lourdel, que había bautizado a muchos de ellos, se quedó pasmado ante la tranquilidad y alegría con que se dirigían al lugar del suplicio, incluso al niño Kizito. Cuando el sacerdote levantó su mano para darles la absolución, Santiago Buzabaliawo irguió sus maniatadas manos señalando el cielo, como indicando que allí esperaría al sacerdote.

Llegados al lugar de la inmolación, los prisioneros fueron fuertemente atados, divididos en grupos y encerrados en unas cabañas, amarrados a postes. Los mayores de cada grupo animaban a los menores a perseverar.

Así permanecieron durante una semana, hasta que terminó de ser montada una gigantesca hoguera.

El 3 de junio, día de la Ascensión, los pajes fueron echados de espaldas sobre esteras de carrizo seco, con las manos amarradas y así arrojados a la hoguera.

Uno de los pajes, Mubaga Tuzinde, de 17 años de edad, hijo del verdugo mayor, tuvo que enfrentar la presión del padre, que insistía para que apostatara. Como Mubaga se mantuvo firme en la fe, el padre mandó darle un violento golpe en la nuca para matarlo antes de llevarlo a la hoguera.

Sin llantos ni gritos, sino rezando en alta voz, los mártires entregaron sus almas a Dios, diciendo a sus verdugos: “Pueden matar nuestro cuerpo, pero no nuestra alma, que le pertenece a Dios” .

Los verdugos quedaron perplejos ante la actitud tranquila y alegre de los mártires frente a la muerte, comentando entre sí: “Ya hemos matado a muchas personas, pero a nadie como a estos, que no gimen ni lloran, ni dicen malas palabras. Todo lo que oímos es un suave susurro de oraciones. Ellos rezan hasta morir” .

Sin embargo, a Carlos Lwanga le fue preparada una muerte aún más terrible: ¡ser asado vivo a fuego lento! Uno de los pajes católicos, de tres que por motivos ignorados fueron perdonados, declaró que un verdugo separó a Carlos Lwanga de los demás, diciendo: “Él será mi víctima” . Carlos fue echado en una pira en que el fuego fue mantenido bien bajo para quemarlo lentamente.

El fuego no obstante le consumió las piernas sin tocar el resto del cuerpo.

El último mártir fue un paje llamado Juan María, decapitado el 27 de enero de 1887. En total fueron 22 los mártires, y este acontecimiento tuvo gran repercusión en el mundo entero.

Como siempre, la sangre de los mártires fue semilla de cristianos. Cuando los “padres blancos” fueron expulsados del país, los católicos continuaron su labor de instrucción y evangelización, traduciendo para ello el catecismo a su lengua nativa. Sin sacerdotes, liturgia y sacramentos, esa iglesia acéfala permaneció viva y creció en Uganda. De modo que, cuando los misioneros regresaron después de la muerte de Mwanga, encontraron a quinientos cristianos y a mil catecúmenos aguardando por ellos. Hoy su número en Uganda es de más de 17 millones de fieles, equivalentes a la mitad de la población del país.

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Tesoros de la Fe N°174 junio 2016


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