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El Libro del Eclesiástico contiene un consejo fundamental para nuestra salvación: “En todas tus obras, acuérdate de tus novicios, y nunca pecarás” (7, 40). Entonces, si tenemos bien presente la muerte, el juicio, el cielo y el infierno, no pecaremos. Si el mundo anda tan mal, es porque se piensa poco o nada sobre los novísimos. San Alfonso María de Ligorio Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir. Día llegará en que será necesario ir y pudrirse en una fosa, donde estarás cubierto de gusanos. A todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo, luego, se reducirá a polvo.
Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar: Mira aquel cadáver, tendido aún en su lecho mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo; yerto y pesado el cuerpo… Tiembla y palidece quien lo ve!… ¡ Cuántos, solo por haber contemplado a un pariente o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el mundo! Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso cuando comienza a descomponerse… Ni un día ha pasado desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes, y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que no inficione toda la casa… ¡Mira en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio, aquel deshonesto!… Poco ha, veíase acogido y agasajado en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de quien le mira. Apresúrase la familia a arrojarle de casa, y pagan portadores para que, encerrado en su ataúd, se lo lleven y den sepultura… Pregonaba la fama no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su recuerdo se conserva. […] Considera que lo que has hecho en la muerte de tus deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos en la escena del mundo a representar su papel y a recoger la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren; pero el aprecio y memoria de estos poco o nada duran. […] Con la muerte hemos de dejarlo todo. El hermano del gran siervo de Dios Tomás de Kempis preciábase de haberse edificado una muy bella casa. Uno de sus amigos le dijo que notaba en ella un grave defecto. “¿Cuál es?”, le preguntó aquel. “El defecto —respondió el amigo— es que habéis hecho en ella una puerta”. “¡Cómo! —dijo el dueño de la casa— ¿la puerta es un defecto?” “Sí —replicó el otro—, porque por esa puerta tendréis algún día que salir, ya muerto, dejando así la casa y todas vuestras cosas”.
* Preparación para la muerte, Primera y segunda consideración.
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