Valdis Grinsteins Cuando tratamos con algún protestante sobre el tema de Nuestra Señora, ellos suelen soltarnos, con aire de vencedores, un confuso aluvión de textos bíblicos fuera de contexto y mal interpretados, con los cuales pretenden justificar su oposición a la doctrina católica. Pero quedan especialmente desconcertados cuando un católico bien instruido en la materia les refuta con sus propias armas, los argumentos bíblicos, lo cual por lo demás no es nada difícil. Quienes han tenido que debatir con protestantes saben que ellos concentran sus ataques sobre todo contra la Santísima Virgen y sus privilegios. Hoy ya no está de moda atacar al Papado y al clero, como otrora; el blanco preferido es la Madre de Dios, a justo título considerada por esos sectarios como su principal adversaria. Ahora bien, nosotros los católicos disponemos de respuestas contundentes para todos los falsos argumentos que ellos esgrimen contra Nuestra Señora. Y un lindo regalo que le podemos ofrecer, sería el que nos empeñásemos en ese estudio, para defenderla a Ella y a nuestra Fe. Acusación y réplica Casi siempre las discusiones sobre la Virgen comienzan con la siguiente acusación, hecha por algún evangélico: “Dios prohíbe hacer imágenes, y ustedes los católicos, no sólo hacen imágenes de María, sino que, lo que es peor, las adoran”. Veamos bien cómo es esto. Se lee en el libro del Éxodo (20, 4-5): “No harás para ti imagen de escultura, ni figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni de las que hay en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás ni rendirás culto”. Por lo tanto, a primera vista parecería que los protestantes tienen razón. Pero, para confusión de ellos, en otros pasajes de la Biblia el mismo Dios ordena hacer imágenes. Por ejemplo, en el mismo libro del Éxodo (25, 18-19) está escrito: “Harás asimismo dos querubines de oro labrados a martillo, y los pondrás en las dos extremidades del oráculo. Un querubín estará en un lado, y otro en el otro”. Nótese bien, es el propio Dios quien ordena la confección de esos dos ángeles, así como ponerlos a ambos lados del Arca de la Alianza. Otro pasaje en el cual Dios ordena hacer una imagen se encuentra en el libro de los Números (21, 8): “Y el Señor le dijo [a Moisés]: Haz una serpiente de bronce, y ponla para señal: quien quiera que siendo mordido la mirare, vivirá”. O sea, la orden de Dios a su siervo fiel es hacer una imagen, no para destruirla, sino para que quienes estuvieran enfermos por el pecado y mirasen hacia ella, así se curasen. Dios no es contradictorio ¿Cómo explicar esta aparente contradicción? ¿Dios prohíbe hacer imágenes, y al mismo tiempo manda hacerlas? La respuesta es que hacer imágenes no constituye pecado en sí mismo, pero puede serlo dependiendo del fin con que sean esculpidas. Por eso, Dios prohíbe terminantemente producir una imagen con el fin de adorarla como si fuese un dios. Esto se explica porque en aquella época los israelitas estaban rodeados de naciones paganas idólatras –es decir, que creían que las estatuas eran dioses o estaban dotadas de propiedades divinas, y por eso las adoraban– y eran tendientes a imitarlas. Pero cuando se trata de algo bueno, que sea un símbolo del poder y de la bondad del Creador, Él mismo ordena la confección de imágenes. Hay varios pasajes del Libro III de los Reyes, en los cuales Salomón, al edificar el Templo de Jerusalén, por órdenes expresas de Dios colocó imágenes que servían de adorno e instrucción al pueblo (ver III Reyes 6, 23-32; 7, 25-30). Siendo así, es encomiable la actitud de los fieles cuando mandan hacer o rezan ante una imagen de la Santísima Virgen. Tal imagen es una representación que nos ayuda a acordarnos de Ella, amarla e invocarla. Lo mismo ocurre cuando guardamos una pintura, fotografía o escultura de nuestros padres o parientes. Tenemos el gusto de verla, y recordar a las personas. Acusar a alguien de “adorar” una fotografía de su madre, sólo porque la besó, sería actuar de un modo protuberante contra el sentido común. Lo mismo sucede con una imagen de madera o yeso que represente a la Virgen María. ¿Imágenes, para qué? Toda imagen es una representación o símbolo. En la misma Biblia encontramos símbolos que nos ayudan a entender al propio Dios. Por ejemplo el profeta Daniel se refiere al anciano lleno de días, para hacer entender la eternidad de Dios: “Estaba yo observando, hasta tanto que se pudieron unas sillas; y el anciano de muchos días se sentó: eran sus vestiduras blancas como la nieve, y como lana limpia los cabellos de su cabeza; de llamas de fuego era su trono, y fuego encendido las ruedas de éste” (Dan. 7, 9). Si quisiéramos imaginar cómo es Dios, podríamos representarlo aprovechando la imagen descrita por el propio profeta. De modo semejante puede hacerse con relación a Nuestra Señora: haríamos una imagen que nos auxiliase a imaginar a una persona bondadosa, dulce, santa, purísima, etc. No es por casualidad que la gran mayoría de las imágenes de la Santísima Virgen la presentan como Madre, llevando en los brazos al Niño Jesús, y así nos acordamos más fácilmente que Ella es también Madre nuestra. El católico no adora a la Virgen, pero le presta un culto especial El católico adora solamente a Dios. Todas las otras formas de culto que pueden existir están infinitamente por debajo de la adoración (latría) debida única y exclusivamente a Dios. A Jesucristo, por ser verdadero Dios y verdadero hombre, se le tributa también el culto de adoración. Por eso los Reyes Magos lo adoraron. A los santos les debemos simplemente culto de veneración (dulía), por la alta virtud de que dieron pruebas. Entre los santos, se considera generalmente a San José como el primero de ellos, por la excelencia de sus virtudes y por el hecho insigne de haber sido el padre adoptivo de Nuestro Señor Jesucristo y esposo castísimo de la Virgen inmaculada. Así, la veneración (dulía) que se le presta es como al primero (proto); por lo que el culto a San José es designado como protodulía. A Nuestra Señora le prestamos un culto diferente —por encima de los santos, aunque evidentemente debajo de Dios— que va más allá (hiper) de la dulía, y por eso llamado por la teología hiperdulía. O sea, es la propia veneración, pero elevada a un grado tan excelso que forma un culto aparte, único y admirable. Ese culto a la Santísima Virgen es superior a la especial veneración que se debe a San José, y está inconmensurablemente (no infinitamente) por encima de la veneración a los demás santos. Esto se debe a que Ella es la Madre de Dios, y también a su excelsa santidad, que excede inmensamente a la de todos los ángeles y santos, hasta el punto de haber sido llamada por el Arcángel San Gabriel, embajador del Dios altísimo, “llena de gracia” (Lc. 1, 28). ¿No es exagerado que haya muchas imágenes de la Virgen? Todos conocemos a madres que poseen numerosas fotografías de sus hijos, aunque éstos habiten la misma casa y ellas los vean diariamente. La razón de esto salta a la vista: solamente desean tener consigo algo que siempre les recuerde a sus seres queridos. Es tan sólo una de las manifestaciones del amor materno. ¿Porqué entonces un católico no puede tener varias imágenes o representaciones de Nuestra Señora en su casa? Así como una madre aprecia las fotografías de sus hijos cuando niños, cuando se graduaron, se casaron, etc., así también nosotros los católicos, sentimos placer en recordar las diversas gracias y virtudes de María Santísima, y nos regocijamos en representarla como Madre, Reina, Auxiliadora, Consoladora, Inmaculada, etc. Nada hay de exagerado en esta actitud, que es apenas una forma de expresar nuestro amor filial.
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