Santoral
San Carlos Borromeo, Obispo y Confesor
Cardenal a los 21 años, después Arzobispo de Milán, realizó plenamente su ideal de episcopado mediante las reformas del Concilio de Trento. Falleció a los 46 años, habiendo sido una de las figuras exponenciales de la Contra-Reforma.
Fecha Santoral Noviembre 4 Nombre Carlos
Lugar Milán
Vidas de Santos San Carlos Borromeo

Arquetipo del obispo católico


Pieza maestra de la Contra-Reforma, gran propugnador del Concilio de Trento, realizó una profunda reforma en la arquidiócesis de Milán. Fue ejemplo de verdadero Pastor, debido a su celo por las almas y la santidad de su vida.


Plinio María Solimeo


Carlos Borromeo nació en el castillo de Arona, en las márgenes del lago Maggiore, ducado de Milán, el 2 de octubre de 1538, hijo de los condes Gilberto y Margarita de Médicis. Su madre era hermana del Cardenal Juan Angelo, que sería elevado al solio pontificio con el nombre de Pío IV. Se decía del conde que llevaba más vida de monje que de gran señor, pues rezaba diariamente el breviario y dedicaba muchas horas a la oración y a las buenas obras. La condesa lo emulaba en piedad.

Todos los biógrafos del futuro santo mencionan una claridad extraordinaria que envolvió al castillo de Arona al nacer el niño, tomada como señal que revelara la luz de santidad que el recién nacido proyectaría en toda la Cristiandad.

Con padres tan virtuosos, era natural que se entregara desde temprana edad a la piedad, siendo sus distracciones montar altares y repetir las ceremonias que veía en la iglesia. Muy pronto floreció en Carlos la vocación sacerdotal, de modo que ya a los ocho años recibió la primera tonsura; a los doce, su tío Julio César Borromeo le cedió la abadía de San Gracián y San Felino. A pesar de su corta edad, Carlos era consciente que las rentas de la abadía eran patrimonio de los pobres. Pidió a su padre que así las considerase, y que fuesen empleadas exclusivamente para tal fin.

Su infancia y juventud, como predestinado desde la cuna, fue de gran inocencia y perfecta integridad de costumbres. Aun cuando fue a culminar sus estudios en la Universidad de Pavía, generalmente conocida por la vida licenciosa de sus estudiantes, Carlos supo permanecer ileso en aquel ambiente, con el auxilio de la Virgen Santísima, hacia quien nutría una filial y confiada devoción, y de los sacramentos de la confesión y comunión.

Cardenal Arzobispo a los 22 años

A los 21 años Carlos se doctoró en derecho civil y eclesiástico. Sus padres ya habían fallecido. Su carrera comenzaría pronto, pues al año siguiente su tío Juan Angelo, electo Papa, lo llamó a su lado y lo elevó a Cardenal Arzobispo de Milán. Le encargó, pese a su 22 años, de la mayor parte del gobierno de la Iglesia. Es decir, lo hizo Secretario de Estado, aunque aún no se usaba aquel título, además de Protonotario Apostólico de la firma pontificia y varias otras honras.

Movido no por la ambición, sino por la obediencia, Carlos se entregó al trabajo. Dice un biógrafo: “Fue cosa admirable que, cuanto poseía (causa comúnmente de ruina para los demás) le fue de no poca ayuda para la perfección que anhelaba, porque, ocupando tan gran puesto y gozando de todos los bienes que el ánimo más ambicioso apenas atrevería a prometerse, encontraba todo tan sin gusto ni sustancia, que generosamente se dio a buscar un solo y perfecto bien en el cual encontrase plena satisfacción y cabal paz”.1

Carlos se alojó, se vistió y amobló sus aposentos con magnificencia, para sustentar su calidad de príncipe, de cardenal y de sobrino del Papa.

Sin embargo repentinamente ocurrió el fallecimiento del conde Federico, su hermano mayor, a quien el Papa había llamado también a Roma y colmado de honras. Todos esperaban que Carlos, no habiendo aún sido ordenado sacerdote y siendo ahora el único heredero del nombre de la familia, dejase la carrera eclesiástica y se casase para perpetuar el nombre. Por el contrario, aceleró su ordenación y consagración total a Dios de modo irrevocable.

Considerando entonces la sublime dignidad sacerdotal y la obligación que tenía de ser el buen aroma de Jesucristo, se despojó de los ricos vestidos de seda, simplificó el servicio de su casa y escogió al piadoso padre Juan Bautista Ribera, ilustre jesuita, como su director espiritual. Vendió también buena parte de su patrimonio, entregando el valor a sus tíos con la condición de dar parte de la renta para el sostenimiento de los seminarios, escuelas gratuitas, hospitales, conventos y ayudar a los pobres.

Gran propugnador del Concilio de Trento

San Carlos Borromeo lleva el viático para un moribundo durante la peste que asoló a Milán

Una de sus iniciativas más importantes fue trabajar para la conclusión del Concilio de Trento, que había sido interrumpido. No pudiendo participar de él, por causa de sus ocupaciones en Roma, se empeñó en la publicación de sus Actas y del Catecismo Romano, tal como disponía el Concilio, y de la reforma del breviario. Trabajó también para poner en práctica las resoluciones de esta asamblea conciliar, principalmente en lo concerniente a la reforma del clero, contando para ello con la ayuda muy eficaz de San Felipe Neri. Cooperó también en la reforma de la música sacra, decretada por el Concilio, y por la adopción de la polifonía propuesta y ejecutada por el gran compositor Giovanni Pierluigi da Palestrina.

Como la misión de un obispo es guiar a sus ovejas, comenzó, para ese fin, a ejercitarse en la predicación, con gran asombro de todos, pues no era costumbre en la época que los cardenales se entregaran a ese ministerio. Sus palabras penetraban a fondo, obteniendo grandes frutos.

Sabiendo cuan necesario era para los obispos el conocimiento de la doctrina católica para oponerse a las falsas doctrinas de los herejes, comenzó a estudiar lógica y filosofía.

Pero sobre todo quería poner en práctica las normas del Concilio en su Arquidiócesis de Milán, como pastor de almas que era. Después de mucha insistencia, obtuvo del Papa el permiso para tomar posesión de ella.

Auténtica reforma en su diócesis

Al llegar a Milán, siguiendo la orientación del Concilio, el Cardenal Borromeo comenzó la reforma del clero. Que éste necesitaba urgentemente de una reforma, es evidente, pues “los padres eran aún más relajados que el pueblo; su ignorancia era tan grande, que la mayoría no sabía las fórmulas de los sacramentos; algunos incluso no creían que estaban obligados a confesarse, porque confesaban a los otros. La embriaguez y el concubinato eran muy comunes entre ellos, y añadían a esos sacrilegios otros más execrables, por la administración de los sacramentos y la celebración de los Santos Misterios en un estado criminal y escandaloso. […] Los monasterios femeninos estaban [también] abiertos a toda disolución”.2

Como no era solamente un mal enquistado en la ciudad de Milán, sino en toda la arquidiócesis, San Carlos Borromeo convocó un concilio provincial para promulgar los decretos del Concilio de Trento. A él acudieron once obispos sufragáneos de la región. En total llegó a convocar seis concilios provinciales y once sínodos diocesanos con el mismo fin.

Comenzó la reforma que predicaba por su propia casa, estableciendo en ella un reglamento para que todos viviesen con simplicidad y modestia. Había un horario para las oraciones vocal y mental y para el examen de conciencia, y nadie podía ausentarse de aquellos actos sin permiso. Los sacerdotes estaban obligados a confesarse todas las semanas y a celebrar el Santo Sacrificio diariamente. Los que no eran sacerdotes, debían confesarse y comulgar semanalmente y asistir diariamente a Misa. Las comidas eran en común, con la lectura de algún libro de vida espiritual. En fin, ordenó su casa como si fuese un colegio de la Compañía de Jesús, con ejercicios, costumbres y oficios semejantes a los que hay en las casas de la Compañía. Él daba el ejemplo, siendo el más observante de todos. Pero, como tenía más responsabilidad, pues era el pastor, comenzó por llevar una vida de verdadero anacoreta: dormía pocas horas, sobre unas tablas, se flagelaba sin piedad y comía poco, llegando al fin de su vida a vivir sólo de pan y agua, una vez al día. Con ello, su delicada salud se resintió y fue necesario apelar al nuevo Papa, San Pío V, para que le ordenara atenuar un tanto sus penitencias.

En la aterradora peste de 1576

San Carlos Borromeo, rodeado por San Francisco de Sales y San Felipe Neri

Las obras del santo fueron incontables. “Estableció un orden edificante en la catedral de Milán; la devoción de los eclesiásticos, la magnificencia de los ornamentos, el esplendor de las ceremonias formaba un conjunto del más benéfico efecto. Edificó muchos seminarios, fundó un colegio de nobles; los edificios eran soberbios y las reglas traían el cuño de la sabiduría del santo fundador. Estableció en Milán a los padres teatinos. […] Recibió a los padres de la Compañía de Jesús. Fundó también una congregación de sacerdotes sin votos (Padres Oblatos de San Ambrosio), dependiendo de él mismo como su jefe inmediato, a fin de tenerlos a mano para emplearlos según lo pidiesen las necesidades de la diócesis”.3

Sin embargo, donde el celo del santo más se desdobló fue por ocasión de la violenta peste que asoló Milán en 1576. Todos los que pudieron huyeron, inclusive las autoridades civiles. Pero el Pastor no podía abandonar a sus ovejas heridas. Vendió toda la platería del palacio episcopal para socorrer a los contagiados, les dio todos los muebles de su casa y hasta su propio lecho. Los iba a confesar y les administraba los últimos sacramentos, los visitaba en los hospitales o en los tugurios, ordenó oraciones y procesiones para pedir el fin de la epidemia, y se ofreció como víctima por los pecados de toda su diócesis. Las cosas que hizo durante esta epidemia fueron tan admirables, que llenaron de asombro a la corte romana y a toda la Cristiandad.

San Carlos Borromeo murió a los 46 años, el 4 de noviembre de 1584, siendo canonizado en 1610.     


Notas.-

1. P. Pedro de Ribadeneyra  S.J., Flos Sanctorum, in Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1897, t. IV, p. 237.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints d’après le Père Giry, Paris, Bloud et Barral, 1882, t. XIII, pp. 180-181.
3. P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1987, t. III, pp. 263 y ss.



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Tesoros de la Fe N°59 noviembre 2006


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