La Palabra del Sacerdote El capítulo 12 del libro del Apocalipsis

 

Pregunta

Quisiera que usted me explique el capítulo 12 del libro del Apocalipsis, porque este trecho de las Sagradas Escrituras siempre me deja confundido. Algunos exegetas lo interpretan como si fuera María, Madre de Cristo, y otros lo definen como el pueblo de Dios. Además, da a entender que existen dos sentidos para la mujer ahí descrita (versículo 1, en comparación con los demás). ¡Anticipo mis agradecimientos!

Respuesta

El lector se manifiesta sorprendido con los diversos sentidos del trecho del Apocalipsis por él mencionado, pero una de las riquezas de la Sagrada Escritura es justamente esa: ¡múltiples interpretaciones que no se contradicen, sino, al contrario, se suman!

Y, además, el Espíritu Santo se vale de esa riqueza de sentidos para hablar al interior de las almas e impulsarlas en el camino de la fe y del amor de Dios, según la vía peculiar de cada uno.

Claro está que no siempre los exegetas se ponen de acuerdo con la interpretación de ciertos trechos bíblicos, y la Santa Iglesia deja la cuestión abierta, con tal que ello no implique algún error de doctrina.

Lo que vale para la Sagrada Escritura en general, vale especialmente para el Apocalipsis, pues es conocidamente un libro sobre el cual, en su significado más profundo, los exegetas aún hoy se entregan a la búsqueda de una interpretación que alcance una aceptación mayoritaria.

Así, para orientar al consultante en su lectura, vamos a seguir los comentarios del VII tomo de la Biblia Comentada publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC, Madrid, 1965), que contiene las llamadas Epístolas Católicas (las de Santiago, San Pedro, San Juan y San Judas) y además el libro del Apocalipsis. El autor de los comentarios de este tomo es fray Juan Salguero O.P., profesor de Sagrada Escritura de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma.

Una de las escenas más grandiosas del Apocalipsis

El padre Salguero da comienzo a sus comentarios con una observación que muestra toda la importancia del trecho en cuestión: “El capítulo 12 abre la última sección del libro a manera de un grandioso prefacio. San Juan nos mostrará en él que es el odio de Satanás la causa principal de las persecuciones que el Imperio romano había desencadenado contra la Iglesia y sus fieles. Tocamos aquí el punto culminante del Apocalipsis, pues el capítulo 12 es central en este libro sagrado. Contiene una de las escenas más grandiosas del Apocalipsis, y prepara con algunas pinceladas las figuras principales que han de jugar un papel de primer orden en la última sección del libro” (op. cit., p. 425).

Comencemos por ver los primeros seis versículos del capítulo 12, que contiene los puntos sobre los cuales se me pide esclarecimientos:

[1] Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; [2] y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz. [3] Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, [4] y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz. [5] Y [la mujer] dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; [6] y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser alimentada mil doscientos sesenta días.

Comenta el P. Salguero: “El resplendor de la Mujer, envuelta en el sol, da relieve a su grandeza y gloria extraordinarias. Este simbolismo era conocido de los judíos, los cuales se sirven de la imagen de la luz para expresar la gloria de Dios, e incluso emplean a veces ornamentos astrales para la representación glorificada de grandes personajes o de sublimes realidades. [...] Las doce estrellas designan muy probablemente las doce tribus de Israel. En esto coinciden hoy día casi todos los autores. Pero también pudieran designar los doce apóstoles” (op. cit., p. 426). El lector ve como aparecen aquí opiniones distintas a respecto de la interpretación de determinado simbolismo.

Prosigue nuestro comentarista: “No obstante la gloria celeste que circunda esta Mujer extraordinaria, San Juan nos la presenta gritando por los dolores de parto y las ansias de parir (v. 2). Estos detalles que nos da el autor sagrado son de capital importancia para individualizar la misteriosa Mujer. [...] La respuesta más sencilla para nosotros sería la de afirmar que esa Mujer es María, la Madre de Jesús, ya que en el v. 5 se dice con bastante claridad que dio a luz al Mesías. Pero hay varias razones que parecen oponerse poderosamente a esta solución. En primero lugar se dice en nuestro pasaje que la Mujer gritaba en los dolores de parto. Ahora bien, la tradición enseña unánimemente que la Santísima Virgen dio a luz a Jesús de una manera virginal y sin dolor. [...] Estas razones tan evidentes obligaron a los intérpretes, ya desde antiguo, a buscar otras soluciones. Unos ven en la Mujer el símbolo de Israel; para otros sería la figura de la Iglesia. Y no faltan quienes vean en ella simbolizada de alguna manera a la Santísima Virgen” (op. cit., p. 426-427).

El lector ve como van surgiendo así las diversas interpretaciones, que al final no se excluyen.

Es lo que, en seguida, pondera el P. Salguero. Él observa que, como la mujer huyó al desierto, donde fue alimentada por Dios, así también el pueblo de Israel huyó al desierto donde fue alimentado por el maná que caía del cielo. Y concluye: “De este paralelo evidente parece seguirse que la Mujer del Apocalipsis representa al pueblo de Dios personificado. Pero, ¿qué pueblo es este? ¿Es acaso el Israel de la Antigua Alianza o más bien el nuevo Israel, es decir, la Iglesia de Cristo? Creemos que la mujer de nuestro texto simboliza en primero lugar al Israel del Antiguo Testamento, del cual nació Jesucristo según la carne. Y en segundo lugar representa al nuevo Israel, o sea a la Iglesia, que será el blanco de todos los ataques del Dragón” (op. cit., p. 427).

La compasión de María Santísima

“Todo esto y mucho más lo conocía San Juan —concluye el P. Salguero. Por eso es muy posible que el vidente de Patmos [San Juan] aluda de algún modo, en esta visión del Ap 12, a la Santísima Virgen María. Él, que conocía a María, la Madre de Jesús; que la había recibido como madre suya en el Calvario, que había cumplido con ella los deberes de un buen hijo, no podía menos que pensar en ella cuando nos habla del nacimiento del Mesías. La liturgia de la Iglesia también entiende esta visión de la Virgen María. A esta aplicación no se opone el que en nuestro texto se hable de los dolores del parto de la Mujer, ya que esto se podría entender de la compasión de María. En estos últimos tiempos se ha escrito mucho sobre el sentido mariano de esta visión del Apocalipsis. Los defensores del sentido mariológico ven en la descendencia de la Mujer del v. 17, significada la maternidad espiritual de María, que también engendra a los que creen en Jesús” (op. cit., p. 429-430).

El versículo 17, referido en este trecho, dice precisamente: “Y se llenó de ira el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

Este versículo se refiere, por lo tanto, a todos los discípulos de Cristo —hijos de María— que fueron objeto de la ira del dragón a lo largo de los siglos pasados, en el presente siglo, y lo serán en los siglos futuros, hasta el fin del mundo.

Fue por ellos que la mujer del Apocalipsis sufrió los dolores del parto: ¡qué maravilla, qué grandeza, pero también qué responsabilidad!

Marcha de abismo en abismo

¡Qué responsabilidad, sí!

En efecto, las embestidas del dragón, de siglo en siglo, no se limitan a repetir la fuerza y la malicia de las embestidas anteriores. Plinio Corrêa de Oliveira mostró, en su obra maestra Revolución y Contra-Revolución, que los asaltos desencadenados por el demonio contra la civilización cristiana se van retroalimentando por el impulso de las pasiones desordenadas, en un crescendo análogo al que produce la aceleración en la ley de la gravedad (op. cit., Parte I, c. 6, nº 3).

Pero esa marcha del mal de abismo en abismo suscita, de parte de Dios, un abismo de gracias con que favorece a los buenos. Por eso, San Luis María Grignion de Montfort, en una célebre visión profética, anunció que la etapa revolucionaria que estamos viviendo demanda una exuberancia de gracias que culminará en el Reino de María (cf. Tratado de la Verdadera Devoción, nº 217).

Esa es la figura que el capítulo 12 del Apocalipsis tomará en nuestros días, confirmada por María Santísima en Fátima, hace casi cien años atrás:

“¡Por fin —es decir, después de grandes atentados contra la Iglesia y la civilización cristiana y persecuciones a los buenos católicos— mi Inmaculado Corazón triunfará!”.  

San Ladislao La Gran Cartuja
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Tesoros de la Fe N°162 junio 2015


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