Lectura Espiritual La oración por excelencia (II)


Danos hoy nuestro pan de cada día...

En la cuarta petición: Danos hoy nuestro pan de cada día, pedimos a Dios lo que nos es necesario cada día para el alma y para el cuerpo.

Para nuestra alma pedimos a Dios el mantenimiento de la vida espiritual, es decir, rogamos al Señor nos dé su gracia, de la que continuamente tenemos necesidad.

La vida de nuestra alma se mantiene sobre todo con la divina palabra y con el Santísimo Sacramento del altar.

Para nuestro cuerpo pedimos lo necesario para el mantenimiento de la vida temporal.

Decimos: nuestro pan de cada día y no el pan de cada día, para excluir todo deseo de los bienes ajenos; por esto le pedimos al Señor nos ayude en las ganancias justas y lícitas con que nos procuremos el sustento mediante nuestro trabajo, sin echar mano de hurtos y malas mañas.

Decimos danos y no dame para traernos a la memoria que, siendo Dios el dador de todos los bienes, al darlos en abundancia, lo hace para que distribuyamos lo superfluo a los pobres.

Añadimos de cada día porque hemos de querer lo necesario para la vida, y no la abundancia de manjares y bienes de la tierra.

La palabra hoy quiere decir que no hemos de andar demasiado solícitos de lo por venir, sino pedir lo que al presente necesitamos.

...perdona nuestras ofensas, como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden;

En la quinta petición, pedimos a Dios nos perdone nuestros pecados, como nosotros perdonamos a nuestros ofensores.

Nuestros pecados se llamaban antes deudas porque hemos de satisfacer por ellos a la divina justicia en esta vida o en la otra.

Los que no perdonan al prójimo no tienen razón ninguna para esperar de Dios el perdón; tanto más que se condenan por sí mismos diciendo a Dios que les perdone como ellos perdonan a su prójimo.

...no nos dejes caer en la tentación

En la sexta petición, pedimos a Dios que nos libre de las tentaciones, o no permitiendo que seamos tentados o dándonos gracia para no ser vencidos.

Las tentaciones son unas excitaciones al pecado que nos vienen del demonio, o de los malos, o de nuestras pasiones.

No es pecado tener tentaciones; pero es pecado consentir en ellas o exponerse voluntariamente a peligro de consentir.

Dios permite que seamos tentados para probar nuestra fidelidad, para darnos ocasión de perfeccionar nuestras virtudes y para acrecentar nuestros merecimientos.

Para evitar las tentaciones hemos de huir de las ocasiones peligrosas, tener a raya nuestros sentidos, recibir a menudo los Santos Sacramentos y valernos de la oración.

...y líbranos del mal. Amén.

En la séptima petición, pedimos a Dios que nos libre de los males pasados, presentes y futuros, especialmente del sumo mal, que es el pecado, y de la pena de él, que es la condenación eterna.

Decimos: líbranos del mal y no de los males porque no hemos de desear estar exentos de todos los males de esta vida, sino solamente de los que no convienen a nuestra alma, y por esto pedimos nos libre Dios del mal en general; a saber, de todo lo que prevé que es mal para nosotros.

Es lícito pedir a Dios nos libre de algún mal particular, pero siempre remitiéndonos a su voluntad, ya que puede ordenar aquella misma tribulación para provecho de nuestra alma.

Las tribulaciones nos ayudan a hacer penitencia de nuestras culpas, a ejercitar las virtudes y, sobre todo, a imitar a Jesucristo, nuestra cabeza, a la cual es justo nos conformemos en los padecimientos si queremos tener parte en su gloria.

Amén quiere decir: así sea, así lo deseo, así lo pido al Señor y así lo espero.

Para alcanzar las gracias que pedimos en el Padrenuestro hay que rezarlo sin atropellamiento, con atención y acompañarlo con el corazón.

Hemos de rezar el Padrenuestro todos los días, pues todos los días tenemos necesidad del socorro de Dios (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 40-43).     



Madre de la Divina Gracia San Hilario de Poitiers
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Tesoros de la Fe N°37 enero 2005


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