Felipe Barandiarán Sobre el mar de Galilea, ese lago de agua dulce normalmente caluroso y tranquilo, soplan repentinamente vientos fuertes desde el desierto, que levantan olas de hasta tres metros de altura. Estas tormentas repentinas se producen sobre todo en verano, a la caída de la tarde. Jan Brueghel ilustra un episodio de la vida de Jesús recogido por tres de los cuatro evangelistas: la tempestad calmada. La pintura ejecutada sobre cobre es bastante reducida de color pero rica en matices y tonos, predominando en ella los verdes, azules y grises, que contrastan con los intensos y vibrantes rojos de las túnicas de los apóstoles. La minuciosidad de la pincelada se percibe en cada uno de los pequeños detalles que enmarcan la escena. En la secuencia del relato evangélico, Jesús venía de hacer tres milagros cuando subió a la barca con sus discípulos: había sanado a un leproso, al siervo del centurión y a la suegra de Pedro. Es decir, los apóstoles acababan de comprobar una vez más el divino poder del Maestro. Sin embargo, durante una travesía el mar se encrespa. El viento sopla con violencia. Las olas se levantan en torbellinos furiosos y cavan en el mar abismos profundos. La vorágine se abre ante ellos, y temen zozobrar. Brueghel coloca en la embarcación, azotada por las olas, a Jesús durmiendo, justo en el momento en que uno de los discípulos decide despertarlo antes de que el bote haga aguas. La barca va completa con once de los discípulos, que se afanan por evitar una catástrofe luchando con los remos y con las velas. —“¡Señor, sálvanos, que perecemos!”, le dicen tratando de despertarle. —“¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”. Y levantándose, ordenó a los vientos y al mar que se calmaran. Y ellos se preguntaban: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?” (Lc 8, 23-27). He ahí nuestra historia. En los momentos de fervor nos quedamos tranquilos y recogidos junto al Maestro. Pero cuando viene la tempestad, el peligro absorbe nuestra atención. Desviamos entonces la mirada de Nuestro Señor para fijarla ansiosamente sobre nuestros sufrimientos y peligros. Dudamos… y sentimos hundirnos. * * * Este hecho es considerado también como un símbolo de la Iglesia en tiempos de peligro. “Levantaos, Señor; ¿por qué parecéis dormir?”, exclamaba san Luis María Grignion de Montfort al final de su Oración abrasada: “¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! … Levantaos en vuestra omnipotencia, vuestra misericordia, vuestra justicia, Señor”.
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Presentación del Niño Jesús El cuarto misterio gozoso del santo rosario |
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El derecho de los padres a la educación de sus hijos La familia ha recibido, por parte del Creador, deberes y derechos respecto a la educación de los hijos. Este derecho de los padres tiene preferencia sobre el derecho de otras instituciones sociales. Ningún poder terreno —tampoco el Estado— está autorizado para disputar este derecho a los padres... |
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El traje, espejo de una época Desde un punto de vista meramente material, es decir, en cuanto al servicio que presta al cuerpo, el traje es un mero abrigo. A lo sumo se le puede reconocer la función de proteger un cierto pudor que brota de las profundidades del instinto. Pero quien reconoce que el hombre no es únicamente materia, sabe también que el traje no es solo un abrigo, sino que, según el orden natural de las cosas, debe prestar asimismo un servicio al espíritu... |
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Suicidios en la juventud: ¿Por qué? El siniestro juego “ballena azul” no tiene nada de inocente. Puede llevar a un joven a suicidarse, si acaso la víctima acepta los desafíos propuestos por un desconocido que controla el juego... |
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Continuación del Sermón de la Montaña Dirigiendo la palabra a sus discípulos, Jesús continuó así: —“Vosotros sois la sal de la tierra. Ahora bien; si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se salará? De nada sirve, sino para ser arrojada al camino y pisoteada por la gente”... |
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¡No abuséis de la misericordia! Prestad atención a mis razones , derramaré mi espíritu sobre vosotros, quiero comunicaros mis palabras... |
Promovido por la Asociación Santo Tomás de Aquino