SOS Familia Cualidades del buen consorte

Después de haber mostrado, en los últimos artículos, las características y las diferencias entre el matrimonio antes y después de Cristo, el autor del libro “El matrimonio cristiano” pasa a exponer unos requisitos fundamentales que deben caracterizar a los buenos consortes.

Mons. Tihamér Tóth

Boda de Sara y Tobías, Giovanni Biliverti, 1620 – Óleo sobre lienzo, Museo Nacional de San Carlos, México

Los antiguos paganos pensaban que los dioses, cada vez que crean un corazón humano, lo parten en dos y colocan estas dos mitades en sendos cuerpos humanos. Como estas dos mitades de corazón tienen una misma naturaleza, se pertenecen, se anhelan mutuamente, y siempre se buscan, hasta que logran encontrarse. Y cuando esto ocurre, su felicidad queda colmada…

¡Qué parte de verdad encierra esta creencia! La elección del esposo o esposa es tarea ardua y misterio santo; he ahí lo que pregona el sentir de los antiguos; realmente hay dos corazones que se buscan: el corazón del hombre busca el corazón de aquella mujer única que la divina Providencia creó para él. El tiempo del noviazgo —como dejé indicado en el artículo anterior— tendría que servir principalmente para estudiar si existen o no en el otro las cualidades que son imprescindibles para hacer feliz el matrimonio, si tiene o no los requisitos necesarios para formar un buen matrimonio.

¿Cuáles son estas cualidades?

Tal es la cuestión que propongo en el presente artículo. Desde luego, no voy a enumerarlas todas; por una parte, sería excesivamente prolijo el hacerlo, y, por la otra, hay cosas tan viejas y sabidas que sería pesado repetirlas.

No trataré, por tanto, de las reglas de vida que la humanidad ha formulado a base de una experiencia de largas centurias, y que es prudente guardar aún hoy día. Por ejemplo, que no se unan en matrimonio parientes cercanos mientras sea posible; que el novio tenga unos años de edad más que la novia; que el hombre sea más culto que la mujer, para que ella, aun por este motivo, le mire con cierto respeto.

Ni voy a comentar el consejo que se daba a las muchachas de fijarse en el comportamiento del novio con su madre, a ver si la trataba con amor tierno y cálido, porque así podrá ella hacerse una idea de cómo la tratará a ella cuando se casen.

Estos consejos antiguos y atinados abundan; vale la pena tenerlos en cuenta. Pero ahora no vamos a detenernos en ellos.

Otros consejos quiero dar a los jóvenes; tres consejos, que no suelen oír con frecuencia.

¿Cuáles son estos consejos? ¿Cuáles son los tres requisitos que se necesitan en los buenos consortes?

Tomen nota:

1. El joven ha de ser serio y consciente de su responsabilidad;

2. La joven ha de ser modesta y amante de la casa; y, finalmente,

3. Ambos han de ser profundamente religiosos.

El joven ha de ser serio y consciente de su responsabilidad

¿Quién no es consciente de la decisiva importancia que tiene el asegurar en cuanto sea posible un matrimonio acertado?

Ciertamente, nadie puede leer con toda certeza en el alma de otro. No obstante, se ven indicios que permiten hacer conjeturas.

Indicio es en el hombre la honradez y el ser bueno en el trabajo, con una conciencia seria del propio deber.

Si estas cualidades brillan en el novio, serán más halagüeños los pronósticos del matrimonio. Pero si le faltan, entonces, ¡tengan cuidado, chicas, no confíen en él!, ¡que ninguna de ustedes se case con un hombre así!

¡No repitan las sandeces de otras muchachas!: “Me doy cuenta de lo frívolo que es mi novio, de lo superficial que es, pero ¿qué le vamos a hacer? Yo me caso con él porque lo quiero locamente”.

Esta “locura” pasará pronto, y ¡qué horroroso es el repentino despertar de la embriaguez!

Srta. Alice Watson (hermana del artista), George Spencer Watson, 1894 – Óleo sobre lienzo, Colección privada

El matrimonio no es un ensayo. El matrimonio es una responsabilidad tremenda. Este es el pensamiento que habría de destacarse con grandes letras. Porque la opinión corriente del hombre moderno es ésta: “El matrimonio es un asunto privado; los extraños no tienen que ver con él. El matrimonio es una etapa transitoria que termina cuando muere el amor. El matrimonio es para disfrutar de los placeres sensuales”. Tales ideas son las que cunden hoy día.

Parece como si el hombre moderno no quisiera saber nada de su responsabilidad. De aquella tremenda responsabilidad que se deriva del matrimonio respecto del bienestar espiritual y corporal de la esposa y de sus futuros hijos.

Y, sin embargo, el joven que no tiene este concepto serio del matrimonio ni el sentimiento de su gran responsabilidad, unos meses después del casamiento hablará ya del matrimonio con despecho, con una mueca amarga en los labios: “¡Cuidado, amigos, sean prudentes; basta que haya caído yo en la trampa! No es lo que esperaba. Yo pensaba que el matrimonio era otra cosa”. Y hará un gesto de desprecio con la mano.

Todas las veces que vemos este gesto despectivo y oímos esta voz de desaliento, podemos dar por sentado que aquel hombre no pensaba seriamente ni era consciente de su responsabilidad respecto del matrimonio.

La joven ha de ser modesta y amante del hogar

La misma importancia que tiene para la novia el saber si su futuro esposo es consciente de su gran responsabilidad, la tiene para el novio el cerciorarse de este punto concreto: Ver si su futura esposa tiene la modestia suficiente y el amor al hogar necesarios.

En el Antiguo Testamento figura una amable pareja: Tobías y Sara. No se puede leer sin emoción lo que dice el joven Tobías a su novia una vez casados: “Levántate, mujer. Vamos a rezar pidiendo a Nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos proteja” (Tob 8, 4).

Y es sumamente conmovedora la lección que recibe Sara de su padre. Después de contraer matrimonio, los jóvenes se despiden de los padres de la recién casada. Entonces el padre de Sara les dice:

“Adiós, hijo, que tengáis buen viaje. Que el Señor del cielo os guíe, a ti y a Sara, tu mujer, y que yo viva para ver a vuestros hijos”. A su hija Sara le dijo: “Ve a casa de tu suegro. Ahora ellos son tan padres tuyos como los que te hemos dado la vida. Ve en paz, hija. Espero oír buenas noticias de ti mientras viva” (Tob 10, 11-12).

¿Es posible resumir más hermosamente los deberes matrimoniales? ¡Novias! Examínense bien, vean si tienen este modo de pensar, esta modestia, este amor al hogar.

Bendición de Ragüel a Sara y Tobías, Andrea Vaccaro, 1667 – Óleo sobre lienzo, Museu Nacional d’Art de Catalunya

Y si alguien piensa que “Tobías y Sara vivieron en épocas muy diferentes a las nuestras, que vivieron hace miles de años, y que la muchacha de hoy no puede orientar su vida con aquellos principios tan anticuados, permítanme que conteste citando a una escritora moderna que da los siguientes consejos:

“Si estás hablando frecuentemente de cosméticos o de vestidos, ¡ojo!, algo anda mal. Si pasas más tiempo de compras que en tu casa, ¡ay!, entonces la cosa anda muy mal. Si por la noche no puedes conciliar el sueño porque estás dudando si tu nuevo jersey ha de ser verde oscuro o azul claro, entonces sigues bajando”.

Piensa en ti misma, ¿te ocurre algo de esto?

Es increíble, qué frívolamente piensan algunos en esta cuestión de vital importancia: se casan porque ella es muy guapa o porque es inmensamente rica.

Los que se dejan guiar por estos lentes al celebrar sus bodas, ¿podrán asombrarse si dentro de unas pocas semanas su matrimonio es un infierno? Simplemente, te vienen tantos males, por no haber suplicado a Dios que te oriente en este trascendental paso que vas a dar.

“Y antes de unirte a ella, debéis orar los dos en pie, suplicando al Señor del Cielo que os conceda su misericordia y protección. No temas, porque está destinada para ti desde la eternidad” (Tob 6, 18).

¡Qué insensatez! Una muchacha se casa con un joven porque “es muy atractivo”, y el muchacho se casa con ella porque “baila muy bien”. Precisamente al dar el paso más decisivo de su vida.

¡Qué distinta es la enseñanza de la Sagrada Escritura!

“Que vuestro adorno no sea lo exterior, los peinados complicados, las joyas de oro, ni los vestidos lujosos, sino la profunda humanidad del corazón en la incorruptibilidad de un espíritu apacible y sereno; eso sí que es valioso ante Dios” (1 Pe 3, 3-4).

Ambos han de ser profundamente religiosos

Podríamos haber puesto este requisito en el primer lugar, porque poco más o menos contiene las dos condiciones anteriores. El joven ha de ser consciente de su responsabilidad, la joven ha de amar el hogar y ambos han de ser sincera y profundamente religiosos.

Pero muchos novios a esto no le dan apenas importancia. Piensan que en el caso de que uno de los dos no sea creyente o católico practicante, que sabrán respetarse mutuamente las convicciones religiosas que cada cual tenga.

¡Cuántos hay que razonan así, de una manera tan superficial, antes de contraer matrimonio! ¡Y cuántos hay que al poco tiempo de casarse se dan cuenta de lo que han perdido, por no haber pretendido que su cónyuge fuera creyente!

Joven rezando en la iglesia, Jules Breton, 1854

No lo niego: con habilidad y gran disciplina es posible, aunque haya esta diferencia fundamental de criterios, tener una vida matrimonial tranquila y armónica en apariencia. Pero solo en apariencia. Porque en realidad —a pesar de todos los esfuerzos — falta un elemento esencial. Son como las rosas artificiales, que casi no se distinguen de las naturales, pero que les falta algo esencial: la agradable fragancia de la rosa natural.

¿Quieres saber por qué es de tanta importancia que tu novio o novia sea católico practicante? Porque en el matrimonio se unen dos seres humanos para el resto de sus vidas. Y aspiran a que esta unidad sea perfecta. Pero esta unidad perfecta solo se puede lograr si tienen un mismo espíritu religioso, si los dos están unidos en Dios.

Si tu novio o tu novia es una persona educada y culta, es posible que no hiera tus convicciones religiosas. Pero ¿te basta esto? ¿Te basta esto, que es puramente negativo, cuando la fe religiosa tendría que ser aquella fuerza positiva, aquel lazo estrecho, indisoluble, que los ayudará a pasar por los innumerables puntos de choque que tendrán en la vida en común? ¡Y precisamente esta fuerza es la que les va a faltar!

Es cierto: la educación y el amor pueden allanar muchas diferencias. Hasta es posible que ni siquiera noten las grandes diferencias que los separan en punto a la concepción del mundo y que tengan muchos días felices. Pero, ¡cuando lleguen las épocas difíciles y tormentosas —que nadie puede evitar—, entonces se pondrá de manifiesto que, por sus diferentes criterios, no es posible apoyarse uno en el otro y juntar sus fuerzas; no sabrán enfrentarse juntos entonces con los males que les sobrevengan, no sabrán levantarse juntos, porque no saben rezar juntos.

¿Y qué será cuando tu esposo —que es instruido, rico, guapo, pero no creyente— te pida cosas en la vida conyugal que hacen estremecer tu alma piadosa y que él tampoco pediría si tuviese espíritu religioso? ¿Qué será entonces? ¡En qué horrorosa encrucijada te encontrarás! O te rindes a él —y con esto viene al suelo toda tu vida espiritual—, o le resistes, y entonces él, indignado y rebelde, buscará otros caminos. Y dime: ¿de qué te servirá en tales trances que tu esposo sea instruido, que sea atractivo y tenga una buena posición social?

Matrimonios mixtos

Después de lo expuesto, no es difícil contestar a la pregunta: ¿Han de contraer matrimonio dos personas de las cuales uno es católico practicante y el otro no?

Empecemos por el caso en que la muchacha es católica y el joven no.

Si él es enemigo declarado de la religión, si la ofende y la ataca, entonces —me parece que todos lo comprenderán— la respuesta ha de ser forzosamente negativa, porque en este caso la pobre mujer abrazaría un martirio continuo.

Y que nadie se haga ilusiones —como, por desgracia, se las hacen muchas— de que “es cierto, mi novio no es creyente, e incluso ataca las creencias religiosas, pero yo lo convertiré”.

No será cosa tan factible. Y acaso sea imposible. El matrimonio no es un reformatorio en que de hombres mal educados se formen santos.

Puede haber cierta esperanza si se trata de una persona indiferente, fría con respecto a la religión. Pero aun en este supuesto, ¡cuántos sacrificios, cuántas renuncias habrá de hacer la esposa, cuántos años habrá de esperar para lograr el éxito! ¿Y si no lo logra? Entonces allí queda para siempre el gran desengaño y la pared divisoria: la mujer es creyente, quiere educar religiosamente a sus hijos; mas el esposo no sabe resignarse, y todas las veces que puede hiere la sensibilidad de su esposa, se ríe de ella, la llama “beata” y procura extirpar también del alma de los hijos los pensamientos cristianos que la madre les inspira.

Solo puedo decir que una chica piadosa no debe casarse con un joven incrédulo.

Lo mismo digo del joven católico practicante: que no se case con una muchacha incrédula. ¿Sabe usted lector, cuál es el peor partido para casarse? El que abre entre dos almas un abismo infinito, sobre el cual nunca podrá tenderse un puente.

Insisto: Un joven católico practicante no debe casarse con una chica incrédula por nada del mundo. Porque si es un hombre quien pierde la fe, a lo más se volverá rudo y materialista; pero si es una mujer quien la pierde, las repercusiones sobre la familia serán muchísimo peores.

Pero si es así, y si el sentimiento religioso de los jóvenes es cosa hasta tal punto imprescindible para la armonía de la vida conyugal, ¿no han de sentir todos los padres el sagrado deber de educar seriamente a sus hijos en una profunda vida religiosa?

Por desgracia, hay padres que apenas se preocupan de educar religiosamente a sus hijos. No se preocupan de saber ni dónde están sus hijos. ¿Están en el cine? No importa. ¿Por la calle? ¡Qué más da! ¿Con amigos sospechosos? Les es indiferente.

En el taller del artista, Herman Jacob van der Voort, s. XIX – Óleo sobre lienzo, Colección privada

Hay padres que no se preocupan por los libros que leen sus hijos. ¿Son novelas o revistas inmorales? —No tiene importancia. Tampoco les importa si rezan o si van a la iglesia.

Siempre me han conmovido las luchas que tienen que sostener algunos jóvenes para poder vivir sin pecado, en gracia de Dios, aspirando a la santidad, ¡sin recibir ningún apoyo de sus padres!

¡Padres! ¿Quieren educar a sus hijos para un matrimonio feliz? Edúquenlos desde su más tierna edad en la vida cristiana.

¿Cómo consigue un cristiano, un católico, ser feliz en el matrimonio?

No puede haber otra respuesta que esta: Uno solo no lo puede ser. Tendrán que serlo los dos juntos, los dos esposos creyentes que se esfuerzan con fidelidad y perseverancia por actualizar y hacer rendir la gracia sacramental que recibieron el día de su boda.

Porque la felicidad del matrimonio depende, en última instancia, de la acción misteriosa de Dios: lo que Dios no une, no puede juntarse.

Dios nos conoce a cada uno mejor que nosotros mismos. Por tanto, si deseas contraer matrimonio, pídele consejo a Dios. No hacerlo, es faltar a la prudencia y es el origen de muchas tragedias.

Los que quieran vivir siempre juntos y en armonía han de constatar antes si sus corazones laten al unísono en una misma fe.

Banquete de bodas en Yport Nuestra Señora de la Buena Guardia
Nuestra Señora de la Buena Guardia
Banquete de bodas en Yport



Tesoros de la Fe N°255 marzo 2023


Oh Virgen de la Guardia Guarda nuestra fe y la inocencia de los niños
Marzo de 2023 – Año XXII El sentimiento de la naturaleza y el alpinismo Venerable María Clotilde de Borbón Banquete de bodas en Yport Cualidades del buen consorte Nuestra Señora de la Buena Guardia Jesucristo quiso nacer de estirpe real El formidable poder de la música Grandezas inconmensurables de San José En la era de los abuelos-niños



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