La Palabra del Sacerdote ¿La fecha de la muerte de una persona es la de su resurrección?

PREGUNTA

En la entrada de la iglesia de los padres sacramentinos de mi ciudad hay un gran cartel con dibujos de episodios de la vida de san Pedro Julián Eymard, fundador de su congregación. Debajo hay tres fechas significativas: las de su nacimiento, su muerte y su canonización. Pero a la muerte se la llama “resurrección”.

Ahora bien, en el Catecismo se aprende que la persona que muere no resucita ahora, sino en el Juicio Final, cuando tendrá lugar la resurrección de la carne, es decir, la resurrección de todos los hombres.

Nuestro Señor resucitó a algunas personas, pero creo que en realidad no fue propiamente una resurrección, sino apenas un reavivamiento, puesto que Él devolvió la vida a aquellas personas que más tarde volvieron a morir. Lázaro, por ejemplo, que después de resucitar, siendo obispo en Francia, murió de nuevo. Mientras que la persona que resucita ya no muere y vivirá eternamente, en el cielo o en el infierno.

Si mi razonamiento es correcto, ¿qué pensar de la fecha de la “resurrección” de san Pedro Julián Eymard en dicho cartel?

RESPUESTA

Padre David Francisquini

Nuestro remitente tiene toda la razón al sorprenderse por el cartel que designa el día de la muerte de san Pedro Julián como el de su “resurrección”. Tradicionalmente, el término “Día de la Resurrección” en la teología católica se refiere específicamente al futuro acontecimiento de la resurrección general al fin de los tiempos, cuando todos los muertos resucitarán para el Juicio Final (como está descrito en 1 Cor 15, 1; Tes 4, 13-18; y Ap 20, 11-15). También se utiliza comúnmente para referirse al Domingo de Pascua, que celebra la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

El día de la muerte de un santo canonizado se denomina más apropiadamente dies natalis (día de nacimiento), lo que significa su nacimiento a la vida eterna junto a Dios, de la que el bienaventurado disfrutó desde su juicio particular, quizás pasando por el Purgatorio —hasta santa Teresa de Ávila tuvo que detenerse allí para hacer una genuflexión—, porque su alma es inmortal. Por eso la Iglesia tiene la costumbre de fijar el día de la muerte del santo como la conmemoración de su fiesta. Por lo tanto, aunque se celebra la entrada del santo en el Cielo, nunca se ha llamado “Día de la Resurrección”, puesto que según la escatología católica él espera en el Cielo la resurrección de su cuerpo.

¿Ignorancia o error modernista?

Calificar de “resurrección” al paso de esta vida terrenal a la vida eterna puede indicar simple ignorancia por parte de quien hizo el cartel (pero, en ese caso, no se entiende que los responsables de la iglesia no hayan corregido este grave error) o, en el peor de los casos, que los propios responsables hayan
adherido a la idea herética que predicaba el modernismo sobre la resurrección de Nuestro Señor, negando su aspecto corpóreo.

Alfred Firmin Loisy

En efecto, los modernistas —y principalmente Alfred Loisy (1857-1940)— afirmaban que la Resurrección de nuestro Salvador no fue propiamente un hecho de orden histórico, sino un hecho de orden puramente sobrenatural, meta-histórico, no comprobado ni comprobable, consistente en la entrada de Cristo en la vida inmortal con Dios. Sus apariciones durante los cuarenta días y su propia Ascensión no habrían sido hechos corporales, sino visiones colectivas o mera presencia del Espíritu del Resucitado. La fe en la resurrección de su sagrado Cuerpo habría sido el resultado de una evolución de la conciencia cristiana como correctivo del escándalo de la Cruz. En otras palabras, los modernistas no creían en la realidad del hecho de que santo Tomás hubiera puesto su mano en las llagas de Nuestro Señor.

El decreto Lamentabili, publicado por el Santo Oficio a raíz de la encíclica de san Pío X condenando el modernismo, rechazó como herética esta visión al condenar la siguiente trigésimo séptima proposición:

“La fe en la resurrección de Cristo, en su origen, se refería no tanto al hecho mismo de la resurrección cuanto a la vida inmortal de Cristo junto a Dios”.

La consecuencia lógica de negar la resurrección corporal de Nuestro Señor Jesucristo es negar la resurrección de los cuerpos de toda la humanidad al fin del mundo, antes del Juicio Final. Según los modernistas, los hombres disfrutarían de una vida inmortal plena con Dios inmediatamente después de la muerte, sin necesidad de la resurrección de sus cuerpos.

La versión pseudocientífica y actualizada de esta herejía fue defendida por el jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), para quien la materia y el espíritu están intrínsecamente conectados y evolucionan juntos hacia una forma de existencia superior, consistente en un estado final de unificación en Cristo.

Ese punto culminante sería el “Punto Omega”, donde Cristo es el centro y el fin último de toda la creación. Así, los cuerpos resucitados no serían cuerpos físicos en el sentido común, sino cuerpos plenamente espiritualizados, unidos a Cristo en un estado final de comunión de todo el Universo. ¿Habría sido esta visión “teilhardiana” la que llevó a los sacramentinos de la iglesia de nuestro consultante a calificar de “resurrección” el dia natalis de su santo fundador? No tenemos forma de saberlo y preferimos pensar que se trata de ignorancia, tan extendida hoy en día en la Iglesia por el deterioro de los estudios teológicos en los seminarios, en beneficio de la “pastoral”.

La resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, Andrea di Bonaiuto, entre 1366 y 68 – Pintura al fresco, Capilla de los Españoles, Basílica de Santa María Novella, Florencia

Por cierto, se trataría de una ignorancia elemental, porque —como bien dijo nuestro remitente— en los casos de resurrección que se cuentan en la Biblia (tres en el Antiguo Testamento, por Elías; tres por Jesús antes de la Resurrección; uno por san Pedro y otro por san Pablo, narrados en los Hechos de los Apóstoles), los beneficiados volvieron a morir.
En cuanto a los justos que resucitaron tras la muerte de Nuestro Señor Jesucristo y se aparecieron a muchas personas en la Ciudad Santa después de la Resurrección (Mt 27, 52-53), hay dos escuelas teológicas. Algunos Padres de la Iglesia y teólogos creen que recibieron cuerpos gloriosos y ascendieron a los Cielos después de Jesús, simbolizando los primeros frutos de la Resurrección. Otros creen que volvieron a morir, como Lázaro o la hija de Jairo. En cualquier caso, Nuestro Señor fue “el primogénito de entre los muertos” (Col 11, 18) y “es primicia de los que han muerto” (1 Cor 15,20) y el único que resucitó por su propio poder.

“Este cuerpo será transfigurado en cuerpo de gloria”

Sea cual fuere la razón del error en el cartel, conviene despejar el espíritu repasando rápidamente las razones por las que la Iglesia sostiene que, al final del mundo, tendrá lugar la “resurrección de la carne”, tal y como lo profesamos en el Credo.

Esta verdad de fe es proclamada por el Catecismo de la Iglesia Católica en los siguientes términos:

Pierre Teilhard de Chardin

“Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40)” (§989). “La ‘resurrección de la carne’ significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros ‘cuerpos mortales’ (Rom 8, 11) volverán a tener vida” (§990).

Y cita a san Pablo, que exclama: “¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe … ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron” (1 Cor 15, 12-14, 20) (§991).

A continuación, el Catecismo explica sucintamente qué es resucitar:

“En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús” (§997).

El Catecismo explica además cómo se llevará a cabo: “¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: ‘Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo’ (Lc 24, 39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él ‘todos resucitarán con su propio cuerpo, del que ahora están revestidos’ (Concilio de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será ‘transfigurado en cuerpo de gloria’ (Fil 3, 21), en ‘cuerpo espiritual’ (1 Cor 15, 44)” (§999). Obviamente, “este ‘cómo ocurrirá la resurrección’ sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe” (§1000).

La consumación de la felicidad exige la resurrección del cuerpo

De hecho, la resurrección general de los cuerpos al fin del mundo difícilmente puede demostrarse por medio de la razón, aunque podemos mostrar su conformidad con nuestra fe. Hay tres razones que concurren para ello:

n Como el alma tiene una propensión natural hacia el cuerpo, su separación perpetua del cuerpo parecería antinatural.

n Como el cuerpo es compañero de las virtudes del alma y cómplice de sus crímenes, la justicia de Dios parece exigir que el cuerpo comparta la recompensa o el castigo eterno del alma.

n Como el alma separada del cuerpo es naturalmente imperfecta, la consumación de su felicidad, colmada de todo bien, parece exigir la resurrección del cuerpo.

“Se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza”

Para concluir esta parte, vale la pena recordar la belleza de la doctrina de la Iglesia sobre la condición de los cuerpos gloriosos después de la resurrección.

En primer lugar, enseña que todos resucitarán de entre los muertos en sus propios cuerpos, en sus cuerpos enteros y en cuerpos inmortales; pero que los buenos resucitarán para la resurrección de la vida, mientras que los impíos resucitarán para la resurrección del juicio. Se destruiría la propia idea de resurrección si los muertos resucitaran en cuerpos que no fueran los suyos.

Además, nuestros cuerpos estarán perfectamente restaurados (sin enfermedades ni discapacidades), porque la resurrección debe contarse entre las principales obras de Dios; por lo tanto, así como en la creación todas las cosas salen perfectas de las manos de Dios, en la resurrección todas las cosas deben ser perfectamente restauradas por la misma Mano omnipotente. Esta admirable restauración de la naturaleza es el resultado del glorioso triunfo de Cristo sobre la muerte, conforme está descrito en varios textos de las Sagradas Escrituras (Is 25, 8; Os 13, 14; 1 Cor 15, 26; Ap 2, 4).

Cristo se aparece a los Apóstoles después de la Resurrección, Szymon Czechowicz, 1758 – Óleo sobre lienzo, Museo Nacional de Cracovia

Así se desprenden tres características que serán comunes a los cuerpos resucitados de los justos y de los impíos:

1. Identidad – Resucitarán en sus propios cuerpos.

2. Totalidad – Resucitarán con todos sus miembros y facultades.

3. Inmortalidad – No estarán sujetos a la muerte nuevamente.

Pero mientras que los justos disfrutarán de una felicidad eterna en la totalidad de sus miembros restaurados, los impíos “buscarán la muerte y no la encontrarán; desearán morir, y la muerte huirá de ellos” (Ap 9, 6).

Sin embargo, los cuerpos de los santos se distinguirán por cuatro dones trascendentales, frecuentemente llamados cualidades:

1. Impasibilidad – Los cuerpos glorificados estarán exentos de dolor y sufrimiento. Como señala el Apóstol: “Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible” (1 Cor 15, 42). Los escolásticos llaman a esta cualidad “impasibilidad” y no “incorruptibilidad”, precisamente para destacar esta peculiaridad de los cuerpos glorificados. Por el contrario, los cuerpos de los condenados serán incorruptibles, pero no impasibles; estarán sujetos al calor, al frío y a toda forma de dolor.

2. Brillo o Gloria – Los cuerpos de los santos brillarán como el sol. Como afirma el Apóstol: “se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso” (1 Cor 15, 43; cf. Mt 13, 43 y 17, 2; Fil 3, 21). Todos los cuerpos de los santos serán igualmente impasibles, pero poseerán diferentes grados de gloria, según las palabras de san Pablo: “Uno es el resplandor del sol y otro el resplandor de la luna, y otro el resplandor de las estrellas; pues una estrella se distingue de otra por su brillo. Lo mismo es la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible” (1 Cor 15, 41-42).

3. Agilidad – Los cuerpos glorificados estarán libres de la lentitud del movimiento y dotados de la capacidad de moverse con extrema facilidad y rapidez, según el deseo del alma. El Apóstol declara: “Se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza” (1 Cor 15, 43).

4. Sutileza – El cuerpo estará totalmente sujeto al dominio del alma. Esto se deduce de las palabras del Apóstol: “se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual” (1 Cor 15, 44). El cuerpo participará de la vida más perfecta y espiritual del alma, hasta tal punto que se volverá semejante a un espíritu. Este don fue ejemplificado en Cristo, cuando atravesó objetos materiales después de la resurrección.

¿Cómo fue el término de la vida terrenal de la Santísima Virgen?

La Dormición y Asunción de la Virgen, Fra Angelico, entre 1424 y 1434 – Témpera con esmaltes al óleo y oro sobre tabla, Museo Isabella Stewart Gardner, Boston

Como vimos anteriormente, existen dos opiniones sobre el paso de esta vida de los justos que resucitaron durante la Pasión. Lo mismo ocurre con respecto al término de la vida terrenal de la Santísima Virgen María.

Por un lado, la creencia de que María apenas experimentó una dormitio (adormecimiento) y no la muerte, se fundamenta en que Ella fue preservada del pecado original y, por lo tanto, no estaría sujeta a su penalidad (la muerte). Esta perspectiva se encuentra entre algunos Padres de la Iglesia como san Epifanio de Salamina (siglo IV), san Juan Damasceno (siglos VII-VIII) y san Germano de Constantinopla (siglo VIII), que hablan sobre el “tránsito” de la Santísima Virgen de una manera que sugiere una Dormición sin sufrir la corrupción de la muerte.

Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) y la mayoría de los teólogos se inclinan por la tesis de que Ella habría muerto. Por un lado, porque la inmortalidad corporal de Adán y Eva fue un don preternatural que fue retirado a la humanidad después de su caída. San Agustín enseña que incluso Nuestro Señor, si no hubiera sufrido una muerte violenta, habría fallecido de muerte natural. Por otro lado, siendo la Madre de un Redentor que rescató al mundo con su muerte, era apropiado que la Corredentora lo imitara también en esto, quedando claro que su muerte no fue consecuencia directa del pecado original o de un pecado personal, ni de una enfermedad u otra circunstancia inconveniente para su condición de Madre de Dios. Su muerte habría sido una muerte libre causada por la fuerza de su amor por su Divino Hijo.

La enseñanza común es, por lo tanto, que María murió y resucitó. Pero la Iglesia no lo definió como dogma, dejando margen para la venerable creencia en la Dormición. De hecho, el dogma de la Asunción de María (definido por el Papa Pío XII en 1950) deliberadamente evita declarar si Ella murió o tan solo experimentó la Dormición, respetando ambas tradiciones. He aquí el pasaje relevante de la fórmula dogmática de la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus:

“Para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”.

San Juan José de la Cruz La completa infamia en contraste con la suma perfección
La completa infamia en contraste con la suma perfección
San Juan José de la Cruz



Tesoros de la Fe N°291 marzo 2026


“Tened confianza, Yo vencí al mundo”
Palabras del Director Nº 291 – Marzo de 2026 Vivo sin vivir en mí El despertar de un pueblo, en los confines de Europa El triunfo de Jesús en la conquista del mundo San Juan José de la Cruz ¿La fecha de la muerte de una persona es la de su resurrección? La completa infamia en contraste con la suma perfección Salus infirmorum



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