El despertar de un pueblo en los confines de Europa Nelson Ribeiro Fragelli Como tantos de nosotros que residimos en Europa, a menudo me pregunto, con cierta tristeza, sobre el evidente declive de la fe cristiana en nuestras sociedades. Nuestras iglesias se están vaciando, nuestras tradiciones están desapareciendo y una cierta letargia parece paralizar los corazones. Fue durante una búsqueda exhaustiva cuando descubrí un hecho sorprendente, una señal, tal vez, de que la Virgen María quiere llamar la atención de aquellos que la aman y están al servicio de la Santa Iglesia. Este fenómeno proviene de un país muchas veces olvidado: Albania. Más precisamente de Kosovo, esta tierra balcánica que ha conocido guerras, persecuciones, dictaduras, islamización… pero que hoy, contra todo pronóstico, quizá esté volviendo a ser lo que nunca dejó de ser en su interior: una tierra cristiana.
El 20 de octubre de 2023, en la ciudad de Deçan, en Kosovo, setenta albaneses se reunieron y renunciaron públicamente al islamismo, proclamando: “A partir de hoy, ya no somos musulmanes”.1 Este gesto fuerte, pacífico pero firme, marca el inicio de un movimiento de retorno al catolicismo, con frecuencia discreto, a veces clandestino, pero muy real. Desde entonces, miles de personas han seguido su ejemplo. Unos han sido bautizados, otros están iniciando el camino de los catecúmenos, apoyados por sacerdotes católicos valientes y algunos intelectuales conversos. Este fenómeno no es una moda pasajera. Se trata de un retorno a las raíces, de un despertar de la memoria profunda de un pueblo que, a pesar de cinco siglos de ocupación otomana, nunca olvidó por completo su identidad cristiana. “Nunca fuimos musulmanes de corazón”, afirma Ardian Jezerci, exmusulmán convertido al catolicismo, ahora portavoz de una asociación fundada en Bruselas: la Liga Albanesa para el Retorno al Catolicismo.2 Su propio padre, antiguo profesor de historia, se llamaba Mohamed. A la edad de 70 años, el 9 de mayo de 2024 —Día de Europa—, fue bautizado con el nombre de Belisario, en honor al célebre general bizantino.3 Una conversión tardía, pero luminosa, que dio sentido a toda una vida. Junto con otros intelectuales albaneses, son testigos de un despertar religioso inesperado, impulsado no por una ruptura violenta, sino por una suave reconquista del alma. Es importante recordar aquí que los albaneses son descendientes directos de los ilirios, un pueblo indoeuropeo evangelizado desde los primeros siglos. El apóstol san Pablo escribe en la Epístola a los Romanos: “Partiendo de Jesusalén y llegando hasta la Iliria, he completado el anuncio del Evangelio de Cristo” (Rom 15, 19). Se trata de uno de los testimonios más antiguos de la presencia cristiana en el continente europeo. Grandes personajes de Albania Esta vocación primitiva nunca dejó de dar frutos. De estas tierras surgieron varios emperadores cristianos que marcaron la historia de la Iglesia: Constantino el Grande, nacido a pocos kilómetros de la actual Kosovo, en Mesia; Justiniano I, protector del cristianismo y constructor de la basílica de Santa Sofía; Teodosio I, que convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio Bizantino. Todos ellos eran de origen ilirio.4 Y la historia no termina ahí. Albania dio al mundo a uno de sus Papas: Clemente XI, nacido como Giovanni Francesco Albani, de origen albanés por parte de padre.5 Pero quizá la figura más emblemática de esta identidad cristiana tan combatida siga siendo Gjergj Kastrioti (Skanderbeg), héroe nacional, líder guerrero católico que se opuso a la invasión otomana en el siglo XV. El Papa Calixto III lo llamó “campeón de Cristo” (Athleta Christi). Skanderbeg sigue siendo hoy una figura de referencia para los albaneses de todos los horizontes, prueba de que el catolicismo sobrevivió como un fuego bajo las cenizas. Ese fuego ardió lentamente. Hoy renace. Según varios observadores locales, el retorno al catolicismo no se explica solo por consideraciones históricas o políticas. Es también fruto de un profundo deseo espiritual. Muchos albaneses, especialmente entre los jóvenes, descubren en el cristianismo un sentido para la persona humana, una esperanza, una luz moral y metafísica que el islamismo nunca supo proporcionarles.6 Resurgimento de tradiciones católicas No se trata, por lo tanto, de un rechazo agresivo, sino de un retorno pacífico a una fe transmitida en secreto, a veces durante generaciones. Se habla de “católicos ocultos”, cuyos abuelos rezaban en secreto, bautizaban a sus hijos clandestinamente, celebraban la Navidad sin luces, pero con fervor.7 Hoy en día, estas tradiciones están saliendo de las sombras. Este despertar aún es minoritario: los católicos representan oficialmente apenas el 8,38 % de la población albanesa y solo el 2 % en Kosovo.8 Pero su vitalidad es evidente. El propio Vaticano sigue de cerca este fenómeno. El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, saludó recientemente la “vitalidad” de la comunidad católica de Kosovo y su compromiso con la difusión del Evangelio en un clima a menudo difícil.9
Es sorprendente constatar que este fenómeno casi no se difunde en los medios de comunicación occidentales. Es como si tuvieran miedo de que un pueblo redescubriera sus raíces cristianas, en un momento en que, en Europa Occidental, tantas naciones están perdiendo la fe. Por eso hoy me permito dar a conocer este testimonio. Aquí hay una luz, una semilla de esperanza. Porque si un pueblo como el albanés —herido por la historia, marcado por ideologías, perseguido por el ateísmo e islamizado por la fuerza— puede renacer a la fe cristiana, entonces para nosotros tampoco es demasiado tarde. Tal vez sea una discreta obra de la Providencia. Tal vez sea Nuestra Señora del Buen Consejo, que apareció milagrosamente en Genazzano en el siglo XV y cuya imagen habría abandonado misteriosamente Albania para ir a Italia, la que aún protege a su pueblo. Tal vez sea Skanderbeg, el campeón de Cristo, quien intercede por sus descendientes espirituales. O tal vez sea simplemente el Espíritu Santo, que “sopla donde quiere”. Sea como fuere, algo está pasando. Y ese algo merece nuestra atención, nuestras oraciones, nuestra admiración. Mientras Europa parece sumirse en la amnesia religiosa, un pueblo olvidado se acuerda de sus raíces católicas. Se acuerda de Cristo, Rey de la Iglesia y del mundo. Y se vuelve hacia Él, no como una figura del pasado, sino como el Soberano vivo y verdadero, al que todas las naciones están llamadas a someterse, bajo la mirada benevolente de nuestra Madre del Buen Consejo. Señal de que, en medio del silencio, comienza a asomarse un renacimiento.
Notas.- 1. Islam-et-Vérité, “Du retour profond des Albanais au catholicisme”, testimonio del 25 de junio de 2025.
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