Plinio Corrêa de Oliveira En este famoso cuadro, Giotto pintó a Judas en el acto de besar a Nuestro Señor Jesucristo. Era el beso de la traición, en el momento en que Nuestro Señor, poco antes de ser arrestado y conducido para ser juzgado y crucificado, acababa de pronunciar aquellas tremendas palabras: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc 22, 48). Con toda su sublimidad, Nuestro Señor mira a Judas y lo analiza hasta el fondo de su alma. En esa mirada, rechaza categóricamente la infame acción de Judas; pero, a pesar del rechazo a la infamia, mira como quien aún busca algún resto de buenas cualidades en Judas. Trata de conmoverlo, en un intento por lograr su conversión. ¡Es un contraste prodigioso! Judas es bajo, vil, codicioso, materialista; con sus labios gruesos e indefinidos, que se van abriendo para el beso de la infamia, busca con su mirada turbia sonreír para mentir. Se tiene la impresión (disculpen el prosaísmo) de sentir hasta su mal aliento, en el momento del beso de la traición. Ambos se miran, y en ello se nota el supremo contraste entre la completa infamia y la suma perfección. El alma del católico verdaderamente serio vive de este contraste: la tendencia continua a mirar lo más sublime, junto con la comprensión de que en el fondo de cualquier cosa censurable palpita la infamia, que está lista para saltar y apoderarse del ambiente. ¡Ver el mundo a través de contrastes como este es actuar con seriedad!
* El beso de Judas (detalle), fresco pintado por el célebre artista italiano del medioevo Giotto di Bondone, entre 1302 y 1306 – Capilla de los Scrovegni o de la Arena, Padua
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