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Plinio Corrêa de Oliveira
Las reacciones que los gatos despiertan en los hombres son muy diversas, pues van desde el extremo de la antipatía hasta el extremo del cariño, pasando por toda la gama intermedia. Es que en el gato —animal extraordinariamente rico en aspectos— hay de todo. Tigre en miniatura, es una pequeña fiera que a veces se manifiesta arañando, mordiendo, saltando inesperadamente, asustando, poniendo todo patas arriba y rompiendo lo que encuentra. Pero, cuando el elemento “fiera” se calma, el gato se muestra de manera opuesta: encantadoramente vivaz, delicado y distinguido en todos sus gestos, expresivo en sus actitudes, cariñoso, mimoso, en definitiva, un verdadero bibelot viviente. Un bibelot, sin embargo, que no tiene cierto aire de bagatela, inseparable incluso de los bibelots más finos. Porque en su mirada, que tiene algo de magnético e insondable, de reservado y enigmático, el gato conserva la terrible y atractiva superioridad del misterio. Tal es la riqueza de la obra del Creador, que en este ser meramente animal hay algo que presenta una analogía sorprendente con las cualidades y defectos del ser humano.
Desnudo, sudoroso, agresivo, entregado por completo a sus instintos e impresiones, con un espíritu tan limitado que parece no tener la menor conciencia de lo rudimentario de sus armas ni de lo elemental de sus adornos, este desdichado jefe bárbaro se encuentra sumido en el mundo de la rudeza, la grosería y la ferocidad. Hay en él una dualidad mucho mayor que en el gato. El hombre, concebido en pecado original, tiene dentro de sí, por así decirlo, una fiera y un ángel. En este pobre africano, la fiera está al descubierto. Al verlo, ¿quién se acordaría del “ángel”?
Estos dos gatitos tan mimosos, tan delicados, tan dulcemente acurrucados el uno al otro, son… civilizados. Si en lugar de haber sido criados en un salón, hubieran vivido siempre en la choza de este bárbaro, seguramente no serían así. Pero hay más. La educación de un niño comienza cien años antes de nacer, decía Napoleón. Lo mismo puede decirse de los gatos. Hay al menos un siglo de vida de salón en la delicadeza, que destila a estos tiernos mininos. No solo tienen civilización. Tienen tradición. Este pobre bárbaro también tiene tradición. Sobre él pesan siglos de salvajismo, sin los cuales, por regla general, nadie llega a ser tan típica, tan completa, tan ostensiblemente así. Tradición de barbarie, que degrada al hombre haciéndolo parecido a un animal. Tradición de civilización, que hace que un animal parezca tener algo de humano. Es la fuerza modeladora de la civilización. Es la influencia indiscutible y profunda de la tradición.
Para terminar, una pregunta. En una ciudad donde solo hubieran playboys, donde solo se tocara y se bailara rock and roll, donde se comiera, se hablara, se actuara y se peleara al estilo rock and roll, ¿cómo serían los gatos al cabo de cien años? ¿Seguirían siendo igual de mimosos? ¿O se volverían como gatos callejeros? Imaginemos un gato que viviera con este bárbaro: ¿sería muy diferente del gato playboy? Tal amo, tal criado, se decía. Tal gato, tal dueño, se podría decir. Los gatos nacidos en el playboyismo y en la barbarie serían semejantes. Porque el playboyismo no es más que barbarie en el cemento y el asfalto.
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