André-Henri Dargelas, 1860 Felipe Barandiarán He aquí un retrato gracioso y entrañable de la vida escolar en el siglo XIX, donde la infancia se muestra en toda su espontaneidad. El centro de la atención la capta ese niño de blusón azul que, encaramado sobre un enorme globo terráqueo suspendido en el techo por una polea, juega como si cabalgara el mundo entero, mientras le empujan por detrás. Se aferra a la cuerda con la inocencia de quien desconoce el peligro, y con la sonrisa traviesa de quien se siente dueño, por un instante, del mundo. El globo, concebido como herramienta de enseñanza geográfica, se transforma así en un columpio, en un planeta conquistado por la imaginación infantil. A su alrededor, otros niños participan del bullicio: uno, con chaqueta roja, cómplice entusiasta en la travesura, dirige el movimiento del globo tirando del cordel que cuelga de la punta. Otro, apoyado con languidez sobre el pupitre, observa con curiosidad, y quizá con admiración, el entretenido espectáculo mientras su compañero de asiento se ha incorporado de rodillas sobre el banco para seguir el movimiento de cerca y dar ánimos. El niño del fondo, y el que está sentado junto a la pared se muestran indiferentes, sin participar de la trastada: se entretienen poniendo al día las tareas o leyendo un libro. La variedad de gestos refleja bien la diversidad de temperamentos infantiles: el audaz que ejecuta, el cómplice que incita, el soñador que contempla, y los que tienen su mundo interior y no se dejan arrastrar por la corriente del ruido. Ninguno de ellos muestra malicia; más bien, es el puro desbordamiento de energía que caracteriza a la niñez cuando el orden momentáneamente se afloja. El mobiliario es sencillo y austero: pupitres de madera oscura, bancos corridos y un suelo de tablones, clareados por el desgaste, sobre el que yacen cuadernos, papeles y objetos escolares que delatan la intensidad de la algazara. El cesto con la merienda y la cartera de cuero que cuelga descuidadamente por la correa, son testigos mudos de un ambiente de estudio que se ha convertido en recreo improvisado. En las paredes, destacan los mapas y láminas educativas, así como toda una serie de dibujos a carboncillo hechos por los alumnos. Por la puerta entreabierta, aparece la figura del profesor, con gesto de sorpresa, quizá de alarma contenida. Su rostro muestra la tensión de quien regresa al aula y descubre que el silencio de estudio ha sido sustituido por un carnaval infantil. Hay en él más asombro que cólera; parece suspendido entre la reprimenda que habrá de dar y el esfuerzo por contener la sonrisa ante la ocurrencia de sus alumnos. * * * El cuadro es un himno a la infancia: al ingenio inagotable que convierte lo serio en juego, al impulso vital que no distingue todavía entre deber y entretenimiento. Aquí no hay malicia, solo la inclinación natural de los niños hacia la travesura: explorar, probar, reír, inventar. Si la escuela representa el orden y la disciplina, los niños encarnan el torrente vital que se desborda por los márgenes. El artista nos ofrece así una imagen a medio camino entre lo cómico y lo tierno: una clase transformada en feria, donde los pequeños, por un instante, viajan de verdad “alrededor del mundo”, no con mapas ni lecciones, sino con la osadía alegre de la infancia, sugiriéndonos que las travesuras, más que sofocarlas hay que saber encauzarlas.
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