Vidas de Santos San Rodolfo Gabrielli

Monje camaldulense y obispo de Gubbio

Nacido en el seno de una familia noble y elevado al episcopado a la edad de 25 años.
Fue discípulo de san Pedro Damián, quien escribió sobre su fructífera vida.

Plinio María Solimeo

Virgen entronizada con santos y beatos de la familia Gabrielli (San Rodolfo es el primero de la derecha), Pompeo Batoni, 1736 – Gallerie dell’Accademia, Venecia

Rodolfo nació en 1034 en el castillo de Monte Cavallo, en Camporeggiano, cerca de Gubbio, hijo de Rodolfo y Rezia Gabrielli, señores feudales locales. Su familia pertenecía a la nobleza de la región y gozaba de gran influencia en la Corte.

En aquella época brillaba en la Iglesia y en Italia, por su sabiduría y santidad, san Pedro Damián, futuro Doctor de la Iglesia, prior del monasterio camaldulense de Fonte Avellana, a los pies de los Apeninos, cuya vida retratamos en esta revista en la edición de febrero de 2004.

En 1051, cuando Rodolfo tenía 17 años, san Pedro Damián visitó Monte Cavallo. Impresionado por su personalidad y, sobre todo, por su santidad, el joven decidió convertirse en su discípulo.

A raíz de la muerte de su padre, él y su hermano Pedro —que sería beatificado— cedieron parte de la herencia a su madre y al hermano menor, Juan. Pero este sugirió que donasen el castillo ancestral y parte de los demás bienes familiares a san Pedro Damián, para que dispusiera de ellos, e ingresasen en el monasterio de Fonte Avellana.

El espíritu religioso en la Edad Media era muy profundo y llevado con frecuencia hasta las últimas consecuencias. Así, algún tiempo después, tanto la madre de Rodolfo como su hermano Juan lo abandonaron todo, entregaron el resto de su fortuna a la Iglesia y se hicieron religiosos.

El monasterio de Fonte Avellana

Según la tradición, en el monasterio de Fonte Avellana, dedicado a la Santa Cruz, vivieron setenta y seis monjes, entre santos y beatos. En 1043, san Pedro Damián fue elegido como su abad. No solo amplió el edificio original, sino que convirtió el eremitorio en un punto de referencia religioso y social.

Un paréntesis: como sucede con todo en este valle de lágrimas, con el paso de los años —o mejor, de los siglos—, al haber abandonado los camaldulenses aquel monasterio, este entró en decadencia. Sin embargo, luego de la invasión napoleónica y a partir de 1810, conoció un nuevo fervor. Al volver a la gestión de los camaldulenses en 1935, Fonte Avellana recuperó gran parte de su antiguo esplendor espiritual y arquitectónico.

El monasterio de Fonte Avellana se encuentra en las laderas del monte Catria, en la comuna de Serra Sant’Abbondio, provincia de Pesaro y Urbino, región de Las Marcas

No tenemos mayor información sobre cómo se desarrolla en nuestros días la vida en aquel monasterio, pero en tiempos de san Rodolfo era muy rigurosa. Según la regla, sus eremitas ayunaban ordinariamente cuatro días por semana a pan y agua. En los demás días añadían apenas un poco de legumbres cocidas. Como penitencia, andaban siempre descalzos, dedicaban largas horas a la oración y se flagelaban algunos días de la semana.

Así, la vida allí era sencilla, orientada únicamente al trabajo, a la caridad con los pobres y enfermos, y consagrada a la penitencia y a la oración contemplativa.

En el período medieval, el monasterio fue un verdadero oasis que surgió para revitalizar la vida monástica, pues la Iglesia occidental sufría un gran desgaste por los conflictos internos causados por la ambición y la codicia de obispos y sacerdotes, más interesados en los bienes mundanos que en la conducción del rebaño del Señor.

Con parte de los bienes recibidos, principalmente de la familia Gabrielli, san Pedro Damián decidió construir en el valle de Camporeggiano la abadía de San Bartolomé, designando al monje Juan Gabrielli, hermano de Rodolfo, como su primer abad.

El 25 de enero de 1063, por sugerencia de Rodolfo, el monasterio de Camporeggiano y la abadía de San Bartolomé —que se había tornado grandiosa y rica en posesiones en varios distritos de Umbría— fueron retirados por el papa Alejandro II de la jurisdicción del obispo de Gubbio y sometidos directamente a la Santa Sede.

Ordenación sacerdotal

San Pedro Damián

A los veinticinco años de edad, Rodolfo recibió la ordenación sacerdotal. Como verdadero ministro de Dios, comenzó a llevar una vida aún más austera, hecha de oración y penitencia. Tomaba disciplina para mortificar el ímpetu juvenil, vestía sayal, decidió abstenerse de carne, huevos y queso, y dormir sobre una mesa de madera sin frazadas.

San Pedro Damián tenía en tan alta estima al joven sacerdote que le pidió en una carta que “revisase sus escritos y corrigiese todo lo que en ellos encontrase que difiriese de la doctrina católica y de la recta interpretación de la Sagrada Escritura”.

Pero el santo Doctor de la Iglesia hizo más: en 1058, aunque Rodolfo aún no había alcanzado la edad canónica, lo propuso al Papa Nicolás II para sustituirle como obispo de Gubbio, pues había solicitado apartarse de esa diócesis.

De este modo, con ocasión del Concilio Romano celebrado en la Ciudad Eterna en abril del año siguiente (1059), el Papa confirmó aquel nombramiento. Por obediencia, Rodolfo tuvo que aceptar la dirección de la diócesis de Gubbio, con “paciente repulsa” hacia la vida mundana que la posición implicaba. Tenía, como hemos dicho, apenas veinticinco años.

El “Libro de Gomorra”

La época en que vivieron estos santos fue de grandes tribulaciones para la Santa Iglesia de Dios. Basta decir que durante los sesenta y cinco años de vida de san Pedro Damián nada menos que dieciséis Papas la gobernaron. Además, por abuso de poder, los príncipes distribuían abadías y obispados entre sus favoritos carentes de ciencia y virtud, resultando en innumerables sacerdotes indignos, ignorantes y lujuriosos, que compraban el episcopado.

Sobre ello escribió san Pedro Damián el Libro de Gomorra, dedicado al Papa san León IX, en el cual fustigaba con vigor los desmanes de la época, sobre todo de los eclesiásticos. Pues, “era cosa enteramente pública y de uso común comprar beneficios [eclesiásticos] a precio de plata. No se tenía ya consideración por la capacidad ni por las buenas costumbres, que son, sin embargo, las únicas cualidades que deben tenerse en cuenta, según los santos cánones, en la distribución de los beneficios. Se compraba incluso la ordenación sacerdotal. Otro desorden era que esos clérigos, pisoteando la santidad de su estado y las leyes eclesiásticas, osaban contraer matrimonio, y con tanta pompa y brillo como los seglares”.*

Pureza y austeridad en la vida eremítica

Biblioteca del monasterio de Fonte Avellana

Gubbio era una diócesis muy problemática para la Iglesia. Los obispos anteriores habían instituido lo que se llamó “resarcimiento”, es decir, los sacramentos se condicionaban a ciertos pagos y no a los méritos o a la vocación religiosa. Algunos sacerdotes llegaban al extremo de pedir dinero para la absolución de los pecados, y obispos exigían comisiones para ordenar presbíteros.

San Rodolfo enfrentó la situación con espíritu sobrenatural y valentía, sin renunciar a la pureza de la vocación monástica ni a las austeridades de la vida eremítica. Vestía siempre ropas viejas y gastadas, fuese cual fuese el tiempo o la estación. Comía poco, y solo las sobras de pan de los sirvientes con agua, imponiéndose severos ayunos. Dormía muy poco, manteniéndose en constante vigilia de oración y penitencia. No usaba calzado y, únicamente en invierno, zuecos de madera.

Recorría incansablemente toda su diócesis, siempre dispuesto a socorrer a los pobres, enfermos y abandonados. Se convirtió en ejemplo de humildad y caridad cristiana, un verdadero sacerdote de la Iglesia. Así, con su apostolado de presencia marcado por la santidad de vida, logró reconducir a Gubbio por el verdadero camino del amor a Cristo y a la Santísima Virgen.

El santo reunía anualmente el Sínodo Diocesano, pero prohibía que sus sacerdotes le llevasen regalos o le ofrecieran tributos. San Rodolfo era un predicador excelente y convincente, erudito y preciso. Educó al clero y al pueblo, visitó iglesias y parroquias, pero sobre todo mantuvo siempre contacto con los pobres y humildes.

Víctima de su penitencia

Por misteriosos designios de la Providencia divina, su episcopado duró apenas cinco años, durante los cuales participó en un concilio romano en 1059.

Catedral de Gubbio

Sin embargo, los prolongados y severos ayunos del obispo acabaron por debilitarle y cayó gravemente enfermo. Fue atendido —quizá por su madre Rezia— y se recuperó. Pero pronto retomó la práctica de la penitencia con renovado ardor. Una recaída lo condujo a la muerte por tuberculosis, el 17 de octubre de 1064.

Su maestro, san Pedro Damián, escribió que había pasado “de esta luz engañosa al Autor de la luz eterna”.

Cuando murió, Rodolfo tenía apenas treinta años de edad. No obstante, su obra no quedó interrumpida, pues fue sucedido por su hermano Juan, que siguió su ejemplo de obispo benevolente con el rebaño, pero riguroso consigo mismo.

Rodolfo fue sepultado en la catedral de Gubbio. Sus diocesanos lo aclamaron inmediatamente como santo, por su caridad ejemplar y su desapego del mundo. Su culto fue posteriormente confirmado por numerosos Papas. Hoy Rodolfo es considerado el primero de una serie de tres grandes obispos santos que reformaron la iglesia de Gubbio entre los siglos XI y XII, junto con san Juan de Lodi y san Ubaldo (ver número anterior).

El 26 de junio de 1188 su cuerpo fue trasladado al nuevo edificio de la catedral, donde le fue consagrado un altar, que lamentablemente desapareció con las obras de renovación realizadas en 1670.

Los detalles de la vida de san Rodolfo se conocen principalmente gracias a la biografía escrita por san Pedro Damián, la Vita Sancti Rodulphi Episcopi Eugubini. Esta obra, de carácter epistolar, tiene su origen en la carta que el mismo santo dirigió al Papa Alejandro II —quien le había ordenado enviarle únicamente cartas edificantes, dignas de ser preservadas— para anunciar la muerte del joven obispo.

En esa carta, san Pedro Damián realza la vida de Rodolfo, especialmente su espíritu de oración y penitencia, y subraya su cultura teológica y sus conocimientos bíblicos. Afirma que era maravillosamente desinteresado y que su episcopado se distinguió por una caridad ejemplar. Añade también que Rodolfo fue el modelo de obispo eremita, que aplicó los principios de la vida ascética a la conducción de la diócesis, según la fórmula quod in eremo didicit, in ecclesia non omisit (lo que aprendió en la ermita no lo olvidó en la iglesia), y por ello se le presenta como un pequeño compendio dedicado a la recta administración de las diócesis.

A san Rodolfo se le conmemora el 26 de junio, fecha del traslado de su cuerpo a la catedral de Gubbio; localmente, también el 17 de octubre, fecha de su muerte.

 

Notas.-

* Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. II, p. 634.

Otras obras consultadas:

§ San Rodolfo Vescovo in https://www.santiebeati.it/dettaglio/74250.
§ https://es.catholic.net/op/articulos/37382/rodolfo-santo.html.
§ http://alexandrina.balasar.free.fr/rodolfo_de_gubbio.htm.
§ https://it.wikipedia.org/wiki/Rodolfo_Gabrielli.
§ https://fr.wikipedia.org/wiki/Rodolphe_de_Gabrielli.

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