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PREGUNTA Leí recientemente que el obispo de Santiago de Compostela, en España, invitó al padre Andrés Torres Queiruga a dar una conferencia en su Seminario en la fiesta de santo Tomás de Aquino. Pues bien, la noticia decía que este teólogo es conocido por afirmar que la Resurrección no fue un “milagro” ni un hecho empírico accesible a los métodos de la historia científica, sino una mera “experiencia de fe” subjetiva de los Apóstoles y de los discípulos. Según él, las narraciones del Nuevo Testamento no deberían tomarse al pie de la letra y un eventual hallazgo del cadáver de Jesús no sería incompatible con la fe católica. ¿Qué opina usted de esta tesis, que parece estar cada vez más difundida? RESPUESTA
Agradezco la pregunta, porque la cuestión propuesta no es meramente académica: toca el corazón de la fe cristiana. Por desgracia, es verdad que hoy está cada vez más difundida en ciertos ambientes teológicos la tesis de que la Resurrección fue un acontecimiento trascendente y meta-histórico, ocurrido en un plano metafísico, y que, por tanto, si en el Sepulcro hubiese estado instalada una cámara, no habría registrado nada. Esa posición es absolutamente inaceptable, tanto desde el punto de vista teológico como histórico. Se presenta como sofisticada, pero en realidad descansa sobre presupuestos filosóficos frágiles, además de reinterpretar de manera selectiva los datos del Nuevo Testamento. Es dogma de la fe católica que Nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos en estado corporal glorificado, para la vida eterna. Es lo que la Iglesia profesa explícitamente en el Credo (Niceno-Constantinopolitano): “Resucitó al tercer día, según las Escrituras”. De acuerdo con la enseñanza dogmática, el Verbo reunió nuevamente, en una única naturaleza humana, las dos partes de su santísima humanidad
La fe pascual de los discípulos tuvo, por tanto, un fundamento histórico real —ellos vieron y tocaron al Resucitado—, pero no se redujo a una experiencia puramente natural: fue una gracia concedida en relación con un hecho sobrenatural, y no con un simple objeto de experiencia sensible común. En efecto, Jesús había anunciado su Resurrección no solo de modo genérico, sino explícitamente “al tercer día” (Mt 12, 40; 20, 19; Mc 8, 31; 9, 30; 10, 34; 15, 29; Lc 13, 32; 18, 33; Jn 2, 19; 16,16-22). Los Apóstoles constataron el cumplimiento de esas profecías tanto por las apariciones como por el sepulcro vacío, cuya realidad fue reconocida incluso por los propios judíos, aunque intentaran disimularla (Mt 28, 11-15). En las apariciones, los discípulos tuvieron una experiencia repetida, visible y tangible del Señor que vivía de una vida nueva; basta recordar el episodio de santo Tomás. No eran exaltados ni crédulos ingenuos, sino hombres realistas, al principio escépticos y pesimistas, que no habían comprendido las profecías, habían abandonado una causa que juzgaban perdida y retomado su modo de vida anterior. Fueron, en efecto, lentos para creer; sin embargo, los acontecimientos de la Pascua, y más aún los de Pentecostés, los transformaron por completo. A pesar de las amenazas, comenzaron a predicar con valentía al Crucificado y al Resucitado, ante judíos y paganos, hasta el punto de hacer de esos acontecimientos el propio fundamento del cristianismo: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1 Cor 15, 17). Falacias de quienes afirman que la Resurrección no es un hecho empírico Los teólogos racionalistas que defienden la posición mencionada por el consultante suelen apoyar sus argumentos en cuatro grandes líneas. El primer argumento es el carácter trascendente del acontecimiento pascual. Según ellos, la Resurrección pertenece al orden del misterio divino y, por tanto, no puede reducirse a un hecho verificable según los moldes de la historia empírica. Sostienen que la acción de Dios que glorifica a Cristo supera radicalmente las categorías de la observación histórica. Así, hablar de “pruebas empíricas” de la Resurrección sería una inadecuación metodológica, pues la fe no nace de la constatación científica, sino del testimonio y de la Revelación. (En efecto, la Resurrección no es un fenómeno natural repetible ni un objeto de experimentación. Es, por esencia, un acto soberano de Dios, pero no por ello deja de ser un hecho real). El segundo argumento consiste en afirmar que creer literalmente en los relatos de contacto físico con el Resucitado —tocar, ver las llagas, comer con Él— equivaldría a imaginar una simple reanimación biológica, semejante al retorno a la vida terrena. Ahora bien, la fe cristiana siempre ha sostenido que Cristo resucitó en estado glorioso, sin volver a la condición mortal anterior. Luego, insistir en la materialidad de las apariciones sería, según esta tesis, un empobrecimiento teológico del misterio.
El tercer argumento es de carácter crítico-literario. Se afirma que los Evangelios son textos teológicos, no crónicas periodísticas modernas. Las narraciones pascuales, por tanto, deberían leerse como formulaciones de fe de la comunidad primitiva, expresando la convicción de que Jesús vive en Dios, y no necesariamente como descripciones literales de encuentros físicos. Las diferencias que se hallan entre los diversos relatos (lugares, secuencias, detalles) serían un indicio de elaboración teológica progresiva, no de registro estrictamente factual. Finalmente, se aduce una hipótesis psicológica y existencial: las “apariciones” podrían entenderse como experiencias transformadoras de fe de los discípulos tras la muerte traumática de Jesús. No se trataría de un fraude deliberado, sino de vivencias espirituales intensas que fueron posteriormente expresadas en lenguaje narrativo concreto. En este sentido, “ver al Resucitado” significaría experimentar interiormente su presencia viva, y no necesariamente percibirlo con los sentidos corporales. En apariencia, son alegaciones muy sólidas. Pero cuando se examinan de cerca, sus limitaciones se hacen evidentes. Refutación de las falacias El primer gran problema de la tesis no empírica es que entra en choque directo con lo que dicen claramente los propios textos. El Nuevo Testamento no presenta la Resurrección como una mera intuición espiritual, sino como un acontecimiento atestiguado, no solo por unos pocos, sino por muchos. San Pablo afirma que Cristo “se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto” (1 Cor 15, 5-6). Además, el lenguaje de los Evangelios es insistente al ofrecer detalles —ver, oír, tocar, comer juntos— que no son accidentales, sino que fundamentan la predicación apostólica. Si la intención de los autores hubiera sido transmitir únicamente una convicción interior de fe, resultaría innecesario insistir en la corporeidad del Resucitado. El énfasis repetido en la tangibilidad no es ingenua; es apologética. Responde precisamente a la sospecha de que los discípulos hubieran visto solo un fantasma o tenido una experiencia subjetiva.
La objeción de que una Resurrección corporal implicaría una mera reanimación del cadáver revela un grave error conceptual. La tradición cristiana distingue claramente entre resucitación (como la de Lázaro) y Resurrección gloriosa. El cuerpo de Cristo es el mismo, pero transformado: ya no sujeto a la corrupción, a las limitaciones espaciales ordinarias ni a la muerte. Por tanto, afirmar que los discípulos pudieron ver y tocar al Resucitado no lo reduce a un cadáver revivido; más bien confirma que la identidad personal de Jesús permaneció, aunque transfigurada. Negar la corporeidad para preservar la trascendencia equivale a crear un falso dilema. La hipótesis de experiencias interiores enfrenta serias dificultades históricas. En primer lugar, como ya hemos señalado, los relatos no describen a discípulos predispuestos a visiones entusiásticas, sino a hombres incrédulos, temerosos y desorientados. En segundo lugar, las apariciones son múltiples, variadas y, en muchos casos, colectivas. En tercer lugar, producen una transformación radical: del miedo al testimonio público, hasta el martirio. Explicar tal conjunto únicamente por procesos psicológicos exige suposiciones más complejas que aceptar la realidad objetiva de las experiencias narradas. Aun cuando se admita que la Resurrección trasciende la verificación científica, permanece el hecho de que la fe pascual surgió en un contexto histórico concreto, con un sepulcro conocido y un mensaje proclamado públicamente en Jerusalén. La predicación apostólica no decía simplemente “Jesús vive en nuestro corazón”, sino “Dios lo resucitó”. Esa formulación apunta a un acontecimiento real, no meramente simbólico. Si la Resurrección fuese solo una experiencia subjetiva, resultaría difícil explicar por qué la predicación se centró tan fuertemente en un hecho objetivo y por qué los opositores no se limitaron a exhibir el cuerpo. Existe además una anomalía metodológica grave: muchas lecturas críticas aplican un escepticismo extremo únicamente a los elementos milagrosos, mientras aceptan sin dificultad otros hechos históricos antiguos basados en fuentes menos numerosas o más alejadas de los acontecimientos. Esto revela que, con frecuencia, la negación de la historicidad de la Resurrección no nace de criterios históricos neutrales, sino de prejuicios racionalistas. Esclarecimiento necesario Es evidente que la Resurrección no es un hecho empírico en el sentido de un fenómeno observable por cualquier persona en condiciones controladas, como se hace en un laboratorio. Pero esto no significa que carezca de dimensión histórica o sensorial. Es un acontecimiento histórico singular, atestiguado por personas concretas, aunque trascendente en su naturaleza. Negar toda accesibilidad histórica al evento equivale, en la práctica, a desplazarlo hacia el puro simbolismo. Y esto acarrea consecuencias graves: si la Resurrección no implica una intervención real de Dios en la historia, el Cristianismo deja de ser la proclamación del principal acontecimiento de la Redención Consecuencias teológicas de una Resurrección “no literal”
Así pues, la gravedad de la negación se eleva de nivel, porque la cuestión deja de ser meramente exegética y pasa a tener consecuencias dogmáticas enormes. Si las apariciones de Nuestro Señor relatadas en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles no implicaron encuentros reales con Jesucristo vivo, entonces: § la continuidad entre el Jesús histórico y el Resucitado se torna ambigua; § la Encarnación pierde su culminación histórica concreta; § la Redención por el sufrimiento corporal, hasta la última gota de la Preciosa Sangre, queda debilitada; § la esperanza en la resurrección de los cuerpos pierde su fundamento ejemplar. Además, la excesiva espiritualización de la Resurrección acerca peligrosamente la teología católica a concepciones gnósticas, en las cuales la salvación es puramente espiritual y el cuerpo tiene una relevancia secundaria. Evaluación final de la tesis heterodoxa Bajo el pretexto pastoral de hacer que la fe sea “aceptable” para el hombre moderno, las tesis heterodoxas pagan un precio muy alto: la dilución hasta la negación práctica de un acontecimiento central del Cristianismo. En vez de proteger el misterio de la Resurrección, terminan por vaciarlo. Bajo el pretexto de evitar el “biologismo”, caen en el puro simbolismo. En lugar de profundizar la fe, la vuelven ambigua. La Resurrección, tal como fue testimoniada por la tradición apostólica, no es una simple reanimación biológica ni una metáfora religiosa. Es un milagro real, histórico y trascendente: el mismo Jesús que fue crucificado entró en una vida gloriosa, manteniendo su identidad personal y corporal, aunque transformada. Negar su dimensión objetiva bajo el pretexto de salvaguardar su trascendencia constituye un error teológico grave: Dios actúa realmente en la historia, y no solo en la interioridad subjetiva de los creyentes, como pretende el teólogo objeto de la consulta y no pocos de sus colegas que enseñan abierta o veladamente las mismas herejías modernistas en seminarios y universidades. Estas teorías deben, por tanto, ser rechazadas: no por apego a un supuesto “literalismo exegético” desinformado, sino por fidelidad al núcleo de la predicación apostólica, al testimonio constante de los primeros cristianos y a la notable coherencia histórica de los relatos pascuales. Se rechazan, sobre todo, por una adhesión respetuosa y filial a la integridad de la doctrina de la Resurrección, tal como la Tradición la ha transmitido, con continuidad y claridad, de generación en generación.
Un sucedáneo de fe pascual sin Resurrección real puede sonar más aceptable a la sensibilidad racionalista moderna, pero deja de ser la fe apostólica necesaria para la salvación, inseparable del bautismo. Pidamos, finalmente, al Inmaculado Corazón de María —que, como dice su letanía, exultó en la Resurrección de su Hijo— la gracia de una fe firme e inquebrantable en este misterio central de nuestra religión. Y que esa fe vaya acompañada de una esperanza sólida: la de que, tras el fin del mundo y ya revestidos de inmortalidad, podamos contemplar y adorar eternamente a Aquel que, habiendo verdaderamente resucitado, venció a la muerte para siempre.
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