Una lección de fe y confianza en el Gustavo Solimeo Hace algo más de 300 años, el 25 de mayo de 1720, el navío Le Grand-Saint-Antoine atracó en Marsella, procedente de Siria. Por falta de vigilancia, negligencia o corrupción de las autoridades portuarias y municipales, junto a su cargamento de telas y fardos de algodón desembarcó un pasajero clandestino: el bacilo de la peste. Lo que vino después pasó a la historia con la designación de la “Gran Peste de Marsella”. El flagelo castigó a la población de la urbe, y luego a la región, durante dos largos años. En el apogeo de la epidemia —del 20 de agosto al 15 de setiembre de 1720— morían mil personas por día en Marsella. La peste hizo perecer, según las estimaciones más altas, cerca de la mitad de los habitantes de la ciudad, es decir, alrededor de 50.000 personas, incluyendo la zona rural del municipio. En toda la Provenza, entonces poblada por unas 400.000 almas, hubo entre 90.000 y 120.000 muertes en el mismo período, es decir, un tercio de la población. El 15 de julio, el obispo de Marsella, Henri de Belsunce, ordenó a todos sus sacerdotes que recitaran en la misa la oración de san Roque, gran protector de los cristianos contra todo contagio, y les recomendó que exhortaran a los fieles a la penitencia para la expiación de sus pecados. ¡Sálvese quien pueda! El 31 de julio, el Parlamento de Aix —capital de la provincia— estableció un cordón sanitario alrededor de Marsella y su territorio, aislando a la desdichada ciudad del resto de la Provenza y privándola de los recursos necesarios para alimentarse. A la enfermedad se añadieron el hambre, el desempleo, la miseria, el robo y el pillaje. Las personas se vieron reducidas a la mendicidad para poder abastecerse de trigo y otros alimentos esenciales. Los ricos abandonaron Marsella para refugiarse en sus villas campestres, lo mismo hicieron las autoridades, los funcionarios civiles y no pocos sacerdotes, como los canónigos de la iglesia de Saint-Martin y los monjes de la célebre Abadía de San Víctor. “El terror es grande, pero yo confío en la misericordia de Dios” La actitud del obispo, monseñor Henri de Belsunce, por el contrario, fue la del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Se negó a poner su persona a salvo, como le había sido aconsejado: “Por mi parte, estoy resuelto a permanecer con los enfermos, a consolarlos, a morir, si es necesario, de peste y de hambre…”.
No solo permaneció en la ciudad, sino que tampoco se confinó en su palacio episcopal. Se consagró a sus ovejas en las calles de Marsella, sin temer exponerse al contacto con los enfermos. Algunos sacerdotes que habían cedido en un momento de pánico, exhortados por su obispo y alentados por su ejemplo, regresaron a sus puestos y se entregaron heroicamente al socorro espiritual de los desdichados fieles. El precio fue alto: más de 250 sacerdotes y religiosos perecieron en su misión de caridad cristiana. Henri de Belsunce organizó procesiones y oraciones colectivas, pero las autoridades municipales acabaron por prohibirlas, alegando que era necesario evitar la prolongación del contagio. El obispo se preocupó también por el destino eterno de las almas de los apestados, en particular de aquellos que morían sin sacramentos. A pedido suyo, el Papa Clemente XI emitió dos breves concediendo indulgencia plenaria a los fieles fallecidos durante el contagio, siempre que los sacerdotes celebrasen para ellos una misa de exequias. El Papa no se detuvo allí; envió además dos mil sacos de trigo desde sus Estados Pontificios para socorrer a los marselleses. El “Detente” del Sagrado Corazón de Jesús: un poderoso escudo espiritual Ante los estragos producidos por la peste y la absoluta falta de medios humanos para detener el flagelo, la hermana Anne-Madeleine Rémuzat —continuadora de la misión de santa Margarita María de Alacoque— se volvió hacia el Cielo, pidiendo luces sobre cómo socorrer a sus desamparados conciudadanos. Recibió la inspiración de que debían recurrir al Corazón de Jesús, único capaz de socorrerlos eficazmente. Así, bajo su impulso, se confeccionaron y difundieron miles de pequeñas imágenes del Sagrado Corazón, conocidas como detentes: trozos de tela roja sobre los cuales se imprimía en negro el divino Corazón, colocado sobre un fragmento de tela blanca cosido encima del primero. Llevaban la siguiente inscripción: “Corazón de Jesús, abismo de amor y de misericordia, en vos deposito toda mi confianza y espero todo de vuestra bondad”. Este llamado a la confianza en la misericordia divina era un mensaje directamente contrario a las doctrinas jansenistas que infestaban la región, cuyo rigorismo soberbio rechazaba toda referencia a la compasión, la piedad y el perdón. El nombre de salvaguarda, dado a estas pequeñas imágenes, no tardó en justificarse: miles de personas fueron protegidas por ese poderoso escudo espiritual, ya preservándose del contagio, ya curándose después de haber sido alcanzadas por la peste. En España e Iberoamérica son conocidos como Escudos del Sagrado Corazón de Jesús o simplemente Detentes.
Un acto de audacia: la consagración de la diócesis al Sagrado Corazón La epidemia era vista por la población como un castigo de Dios. El obispo Henri de Belsunce la consideraba especialmente como un castigo infligido debido a la actuación de los herejes jansenistas en su diócesis. Para aplacar la cólera divina, se organizaron diversas ceremonias: procesiones en la ciudad, misas bajo los pórticos de las iglesias cerradas. Sin embargo, tras cinco meses, la peste continuaba devastando la ciudad. ¿Qué más hacer? En su convento, la hermana Anne-Madeleine perseveraba ofreciendo oraciones y sacrificios, hasta que recibió la inspiración de que aún faltaba algo, y lo comunicó a su superiora: Dios quiere que se honre públicamente al Sagrado Corazón de su Hijo, para manifestar su Misericordia. Ante este mensaje, el obispo Henri de Belsunce respondió con dos iniciativas: el 22 de octubre de 1720 instituyó la fiesta del Sagrado Corazón en su diócesis; y el 1 de noviembre siguiente, durante una ceremonia pública, consagró la ciudad y la diócesis al Sagrado Corazón, gesto audaz y entonces sin precedentes, que constituía, una vez más, un golpe contra el frío y cruel rigorismo jansenista, que rechazaba tal devoción. En aquella fiesta de Todos los Santos, el obispo atravesó Marsella descalzo, sin mitra y con una cuerda alrededor del cuello, como lo había hecho en su momento san Carlos Borromeo, para mostrar que tomaba sobre sí todos los pecados de la ciudad. De inmediato ocurrió algo palpable: el mal disminuyó rápidamente hasta desaparecer por completo. Hubo casi un año de tregua. El 20 de junio de 1721, la diócesis de Marsella celebró por primera vez la fiesta del Sagrado Corazón. El Sagrado Corazón de Jesús quiere ser honrado pública y oficialmente Pero el Cielo no estaba enteramente satisfecho: por un lado, no hubo sincera conversión, y el término de la plaga fue acompañado por una gran relajación de las costumbres, como suele suceder después de un período de represión. Por otro lado, los Magistrados —algunos imbuidos del escepticismo del iluminismo o corrompidos por el jansenismo— no habían querido participar en la consagración pública al Sagrado Corazón de Jesús. A comienzos de mayo de 1722, la epidemia se reavivó. Una vez más, la peste devastó la ciudad y se extendió a los campos circundantes. Solo se retiraría definitivamente cuando los Magistrados —en cuanto representantes de la autoridad pública— diesen el ejemplo y comprometieran oficialmente a la ciudad en el culto al Sagrado Corazón. De esta manera, los Magistrados, por deliberación del 28 de mayo de 1722, se apresuraron a hacer la siguiente promesa: “Nosotros, Magistrados de la ciudad de Marsella, acordamos unánimemente hacer un voto firme, estable, irrevocable, en manos del señor obispo, por el cual, en dicha calidad, nos comprometemos nosotros y nuestros sucesores, para siempre, a acudir cada año, en el día señalado para la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, a oír la santa misa en la iglesia del primer monasterio de la Visitación, llamado de las Grandes Marías, allí comulgar y ofrecer, en reparación por los crímenes cometidos en esta ciudad, una vela o un cirio de cera blanca, del peso de cuatro libras, adornado con la insignia de la ciudad, para arder ese día ante el Santísimo Sacramento; y a asistir esa misma noche a una procesión general de acción de gracias que pedimos y requerimos que el obispo quiera establecer perpetuamente”. Desde aquel día, el número de enfermos disminuyó de manera prodigiosa. Las oraciones públicas se redoblaron y, al final de una novena ordenada por el egregio obispo, la peste cesó completamente, derrotada por la contraofensiva sobrenatural. Lecciones para nuestros días En la reciente epidemia de coronavirus, vino a la mente de no pocos la “Gran Peste de Marsella” de 1720.
¿Qué lecciones podemos extraer de aquel acontecimiento? Ante todo, la peste de Marsella de 1720 encierra una lección de fe y confianza en el Sagrado Corazón de Jesús. Fue gracias a la difusión de los detentes que muchos hallaron alivio y curación de la peste. Y fue por la consagración de la ciudad y de la diócesis, con la participación de las autoridades civiles, al divino Corazón, que la peste retrocedió hasta desaparecer por completo. Hasta el día de hoy, transcurridos más de tres siglos, la metrópoli mediterránea aún celebra su salvación por intermedio del Corazón de Jesús.
Bibliografía.- Fleur Beauvieux, Marseille en quarantaine: la peste de 1720 in Théophile Bérengier O.S.B., Mgr. de Belsunce et la peste de Marseilles, Librairie de la Société Bibliographique, París, 1879. Régis Bertrand, La peste de 1720-1722 à Marseille – 1. Sauver des âmes en temps d’épidémie. 2. À qui se vouer? in http://www.garriguesetsentiers.org/2020/04/la-peste-de-1720-1722-a-marseille-1.sauver-des-ames-en-temps-d-epidemie.html. Mons. Jean-Pierre Ellul, Notes sur la vénérable Anne-Madeleine Rémuzat in http://mgrellul.over-blog.com/article-1864820.html. Armand Praviel, Belsunce et la peste de Marseille, Spes, 1938. Wikipedia, Peste de Marseille (1720) in https://fr.wikipedia.org/w/index.php?title=Peste_de_Marseille_(1720)&oldid=171623518.
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