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La aceleración de la vida moderna dificulta una cabal comprensión de los monumentos históricos Plinio Corrêa de Oliveira
La primera fotografía presenta la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma, en su dignidad y distinción de auténtica y maternal reina. A su lado corren motocicletas y automóviles, con el ruido de sus motores a explosión, corre el hormigueo de la vida moderna. Europeos y turistas del mundo entero pasan por allí, pero están pensando en otras cosas, y no le dan a la Basílica su verdadero valor, la cual no es tan visitada como merecería. Da la impresión de una reina en toda su majestad y dignidad. Sin embargo, no se la comprende bien, porque la gente moderna no tiene los presupuestos para entenderlo, ni ojos para ver, ni oídos para oír y, sobre todo, intelecto para entender la majestuosidad del monumento.
En las correrías de la nueva Europa, la gente ya no comprende el alma de la vieja Europa. Muchos turistas visitan sus hermosos monumentos, pero admiran más las novedades del mundo moderno y de la técnica. En la línea de “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones”, podemos confrontar a la Basílica de San Juan de Letrán con el Arco del Triunfo, en París [segunda foto]. Es un monumento neoclásico, erigido para celebrar las victorias de Napoleón Bonaparte, lo que le imprime un ceño fruncido napoleónico; pero incontestablemente tiene su mérito. Situado en la convergencia de avenidas muy transitadas como los Champs-Elysées [Campos Elíseos], un mundo de turistas pasa por él, pero sin analizarlo en profundidad, porque se sienten más atraídos por la agitación y los placeres de la vida moderna. A pesar de todo, los visitantes también se sienten atraídos por la vaga idea de que la vieja Europa aún existe.
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