Vidas de Santos “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” – II

En la edición anterior detallamos los principales hechos de la vida de san Pedro, el primer Papa, hasta la ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Aquí continuaremos la narración hasta su martirio en Roma.

Plinio María Solimeo

San Pedro Príncipe de los Apóstoles, moneda de 1796

Después de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al cielo, Pedro continúa teniendo la principal función en la Iglesia naciente. Como ya lo dijimos,1 él promovió la elección de Matías para ocupar el lugar de Judas. Y el día de Pentecostés recibió al Divino Espíritu Santo, junto con la Virgen María y los demás apóstoles. En esa ocasión particular, recibió una efusión del Espíritu Santo más abundante que la distribuida a los antiguos profetas y al propio Moisés. Fue a partir de ahí que Pedro entró en aquella santa embriaguez predicha por el profeta Joel, y lleno de la virtud de lo alto, abrió la boca para predicar al mundo el misterio desconocido de la Redención.

Así, dirigiéndose a los “judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo” presentes en Jerusalén, “poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: ‘Judíos y vecinos todos de Jerusalén’…” (Hch 2, 5-14). Y les predicó el nombre de Cristo. Dice san Agustín: “Se vio entonces en san Pedro lo que una abundante efusión de la gracia del Espíritu Santo puede obrar. Ella fortificó de tal manera ese corazón antes tímido, débil, que le hizo dar pública y valientemente el testimonio de aquel que había negado”.2

San Pedro practicó también el primer milagro cuando, en compañía de san Juan, curó al cojo de nacimiento en el templo. Fueron encarcelados, y él justificó la acción de ambos frente a los jueces. Fue asimismo él quien condenó a Ananías y a Safira por haberle mentido al Espíritu Santo. Decidió igualmente la admisión de los gentiles en la Iglesia. A él le cupo, en fin, la dirección del Concilio de Jerusalén.

Sin embargo, Dios Nuestro Señor confirmaba por innumerables milagros la actividad apostólica de sus discípulos. San Lucas narra que los habitantes de Jerusalén y de las ciudades vecinas “sacaban a los enfermos a las plazas, y los ponían en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno” (Hch 5, 15), que eran así curados.

Cuando los apóstoles fueron nuevamente encarcelados por predicar el nombre de Cristo, y comparecieron ante el Gran Consejo para justificar su doctrina, “Pedro y los apóstoles” respondieron que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Habiendo el diácono Felipe convertido a un gran número de gentiles en Samaria, Pedro y Juan partieron de Jerusalén para organizar la comunidad e invocar al Espíritu Santo sobre esos fieles. A Simón el Mago, que quería comprar el poder de imponer las manos para que el Espíritu Santo también bajara por intermedio suyo, Pedro le dijo: “¡Vaya tu dinero contigo a la perdición, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero!” (Hch 8, 20).

Herodes, después de mandar decapitar a Santiago, obispo de Jerusalén, encarceló también a Pedro con la intención de presentarlo al pueblo después de la Pascua. Pero un ángel del Señor lo liberó. El Príncipe de los Apóstoles, después de haber ido a la casa de Juan Marcos, “y saliendo se encaminó para otro lugar” (Hch 12, 17), dice San Lucas. ¿Qué “otro lugar” sería este? El evangelista no lo dice, pero se supone que se trata de Roma.

Es cierto que san Pedro estuvo en Antioquía, donde inicialmente se mezcló con los cristianos no circuncidados. Sin embargo, cuando unos judíos conversos llegaron a la ciudad, temió que estos rígidos observantes de la ley ceremonial judía se escandalizaran, periclitando así su influencia junto a ellos, por eso evitó comer al lado de los no circuncidados, mereciendo por ello una reprensión de san Pablo (Cfr. Gál 2, 11-14).

El incidente muestra que la autoridad de san Pedro en la Iglesia primitiva era tenida como decisiva, pues en un caso como este debía prevalecer lo que él dijera. San Pablo, con una libertad toda apostólica, no dudó en llamar la atención del jefe de la Iglesia y de mostrarle la inconsistencia de su acción.

Viajes apostólicos de san Pedro

La sombra de san Pedro cura a un enfermo, Masaccio, s. XV – Fresco, Capilla Brancacci, Santa María del Carmine, Florencia

En su primera epístola, san Pedro se dirige a los elegidos que son extranjeros y están dispersos en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, lo que lleva a suponer que él haya trabajado también con los judíos de la diáspora en esas regiones. Eusebio de Cesarea (que vivió entre 260 y 340) afirma que san Pedro y san Pablo estuvieron en Corinto, y que allí implantaron la Iglesia. Esta tradición parece encontrar eco en el propio san Pablo cuando menciona, entre los diversos “partidos” formados en la iglesia de Corinto, el “partido de Cefas”.

San Pablo confirma indirectamente los viajes apostólicos de san Pedro, cuando dice: “¿Acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros [en nuestros viajes apostólicos] una mujer hermana en la fe, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?” (1 Cor 9, 5). Tertuliano, san Cipriano, san Gregorio y otros autores atestiguan que san Pedro llevó la fe al África, y especialmente a Cartago, a Numidia y a Mauritania.

La última mención que los Hechos de los Apóstoles hacen de san Pedro es en el llamado Concilio de Jerusalén. El problema que volvió a levantarse era el de la necesidad o no de la circuncisión y de la observancia de la ley de Moisés para los convertidos del paganismo. San Pedro entonces se levantó y, después de explicar la labor que estaba haciendo con los cristianos venidos del paganismo, preguntó a los judaizantes: “¿Por qué, pues, ahora intentáis tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar?” (Hch 15, 10). Fue entonces aprobado por todos los apóstoles que no eran necesarios la circuncisión y los preceptos mosaicos para los cristianos que provenían del paganismo.

San Pedro en Roma

La ida de san Pedro a Roma y su martirio son hechos incuestionables en la tradición, aunque no haya datos concretos de su actividad en la capital del Imperio. Sin embargo, el hecho es avalado por una serie de testimonios diferentes, que se extienden desde fines del primer siglo hasta fines del segundo.

Es ampliamente sostenido que Pedro hizo una primera visita a Roma después de haber sido liberado de la prisión en Jerusalén; y que San Lucas omitió el nombre de Roma, por razones particulares, sustituyéndolo por otro lugar. No es imposible que Pedro haya hecho un viaje misionero a Roma por ese tiempo (después de 42 A.D.), pero tal viaje no puede ser establecido con seguridad.3

Crucifixión de san Pedro, Caravaggio, 1601 – Óleo sobre lienzo, Basílica de Santa María del Pueblo, Roma

Este artículo no tiene una finalidad apologética, su objetivo es apenas la edificación de los lectores católicos. Como los católicos no dudan de que el Príncipe de los Apóstoles estuvo en Roma, pondremos de lado las diversas declaraciones de santos y escritores de la Antigüedad cristiana confirmando esta aseveración. Ya en la mitad del siglo II, era voz corriente la tradición de que san Pedro fue el fundador de la Iglesia de Roma.

Con relación al martirio de san Pedro y san Pablo en la capital del Imperio, citemos apenas el testimonio del Papa san Clemente, en su carta de Roma a los corintios, escrita entre los años 95 y 97, cuya autenticidad no es puesta en duda:

“Pongámonos delante los nobles ejemplos que pertenecen a nuestra generación. Por causa de celos y envidia fueron perseguidos y acosados hasta la muerte las mayores y más íntegras columnas de la Iglesia. Miremos a los buenos apóstoles. Estaba Pedro, que, por causa de unos celos injustos, tuvo que sufrir, no uno o dos, sino muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio, se fue a su lugar de gloria designado”.4  Menciona en seguida a san Pablo y a una vasta multitud de los elegidos que fueron reunidos a los demás y sufrieron martirio “entre nosotros” (en hemin, es decir, entre los romanos). Este Papa está sin duda hablando de la persecución de Nerón, como lo prueba toda la referencia, y de ese modo se refiere al martirio de Pedro y Pablo en aquella época.5

Escribiendo a comienzos del siglo III, en apoyo de una tradición ya existente, Tertuliano afirma que san Pedro fue crucificado. Lo cual es endosado por Orígenes, que agrega: “Pedro fue crucificado en Roma, con la cabeza hacia abajo, como él mismo había deseado morir”.6 El escritor eclesiástico Eusebio, a comienzos del siglo III, presenta el 13º o 14º año de Nerón como la fecha del martirio de los dos apóstoles, coincidiendo con los años 67 y 68, fecha aceptada por san Jerónimo.

Conforme a la Tradición, basada también en el testimonio de Tácito (historiador romano de fines del I siglo y comienzos del II), las horribles escenas de persecución de Nerón ocurrían en sus jardines en las colinas del Vaticano, y allí habría tenido lugar también el martirio de san Pedro.

Durante cierto tiempo los restos de Pedro permanecieron junto con los de Pablo en una galería en la Vía Apia. Constantino mandó construir una magnífica basílica en el lugar del martirio de san Pedro, en el Vaticano, la cual fue sustituida en el siglo XVI por la actual e imponente basílica, que es la madre de todas las iglesias.

De la estadía de san Pedro en Roma y de su martirio como primer obispo de la Ciudad Eterna —por lo tanto, el primer Papa—, deriva la primacía de la sede romana y el primado de Pedro sobre todas las iglesias.

En el transcurso de las vicisitudes humanas por las cuales pasó la Iglesia, involucrándose en la vida compleja y cambiante de los pueblos, el dogma del primado del Papa se fue desarrollando y precisando. Ya sea en los enfrentamientos por autonomías eclesiásticas y envidias locales, ya sea codiciado por las ambiciones políticas y competencias jurídicas, pero raramente por doctrinas de pura especulación, siempre permaneció sustancialmente idéntico al designio primitivo del Divino Maestro.7

Sepulcro de san Pedro, en el Vaticano

Al hacer prevalecer la tradición, el Concilio Vaticano I definió solemnemente el primado del romano pontífice, en la Constitución dogmática I sobre la Iglesia de Cristo, donde se expuso y se definió la naturaleza y la amplitud del primado del Romano Pontífice.

*     *     *

Al respecto, finalizamos con un comentario de Plinio Corrêa de Oliveira, del 11 de noviembre de 1988:

“Bien en el centro de la Plaza de San Pedro, llama la atención un obelisco; aguja de piedra de gran altura, cubierta de inscripciones egipcias. Los faraones mandaban erigir obeliscos narrando los hechos de su reinado, o cosas del género. Egipto fue la más gloriosa de las antiguas naciones, y Grecia formó gran parte de su cultura aprovechando elementos de la cultura egipcia. Los romanos, a su vez, se inspiraron en amplia medida en la cultura de griega. Así, un obelisco en el centro de aquella plaza tiene mucho significado. En lo alto del obelisco fue colocada una cruz, simbolizando así el triunfo de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo sobre el mundo entero.

“La idea que preside el conjunto de la plaza y de la Basílica de San Pedro es la representación de una llave. Es muy significativa tal representación en forma de llave, recordando las llaves del apóstol san Pedro ––la llave de los cielos y la de la tierra–– el poder ejercido en el Reino del Cielo e, indirectamente, en el Reino de la Tierra!”.

 

Notas.-

1. Plinio María Solimeo,“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” – I, Tesoros de la Fe, nº 210, junio de 2019 in https://www.tesorosdelafe.com/articulo-1425-tu-eres-pedro-y-sobre-esta-piedra-edificare-mi-iglesia-i.

2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Saint Pierre, Prince des Apôtres, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. VII, p. 431.

3. J. P. Kirsch, St. Peter, Prince of the Apostles, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.

4. Carta de Clemente de Roma a los Corintios, in http://es.catholic.net/op/articulos/7348/carta-de-clemente-de-roma-a-los-corintios.html.

5. J.P. Kirsch, op. cit.

6. Id. Ib.

7. G. Glez, Primauté du Pape, Dictionnaire de Théologie Catholique, Librairie Letouzey et Ané, París, 1935, t. XIII, col. 248.

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