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PREGUNTA Al tratar sobre las causas del decaimiento de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, usted señaló al Movimiento Litúrgico, surgido hace casi un siglo. Confieso que ello me dejó perplejo, pues sé que dicho movimiento comenzó de manera excelente, con Dom Próspero Guéranger, el gran abad de Solesmes, quien restauró el canto gregoriano y devolvió a las iglesias la belleza de las ceremonias del rito romano. Después vinieron aun las beneméritas iniciativas de san Pío X: la promoción de la comunión frecuente, el estímulo a la música sacra, la reforma del oficio, entre otras. Así, no logro comprender cómo algo que tuvo un inicio tan prometedor pudo, poco tiempo después, acabar favoreciendo precisamente el menoscabo de una devoción tan eminente como la del Sagrado Corazón. ¿No habrá sido demasiado severo el juicio que usted dirigió contra el Movimiento Litúrgico? RESPUESTA
Fue muy oportuno que el lector haya suscitado el asunto, pues soy también un entusiasta de Dom Guéranger. Leo con frecuencia sus Instituciones litúrgicas y, más aún, El Año Litúrgico —con los comentarios a las fiestas de cada día—, que en ocasiones me sirven de inspiración para el sermón. El problema es que, bajo la misma denominación, se acostumbra designar indistintamente dos movimientos cuyas motivaciones y principios fueron muy diferentes y, en amplia medida, hasta opuestos. Una cosa fue el movimiento litúrgico del siglo XIX hasta el final del pontificado de san Pío X; otra, muy diferente, fue el movimiento litúrgico posterior, que acabó desembocando en el nuevo rito de Paulo VI y en todos los escándalos litúrgicos que proliferan por el mundo. Para comprender esta diferencia, es preciso situar a uno y otro en su respectivo contexto y trazar la línea de los principios que los guiaron, así como de los efectos que su aplicación produjo en la vida de la Iglesia. Como ello me obliga a suministrar abundantes informaciones, en la columna de este mes trataré únicamente del movimiento litúrgico originario, dejando para otra ocasión el análisis de su sucedáneo espurio, responsable, por ejemplo, del declive de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. El efecto benéfico del Concilio de Trento sobre la piedad popular Para comprender cabalmente el contexto en que se desarrolló el primer movimiento litúrgico, es necesario retroceder un poco en el tiempo y considerar los efectos que tuvieron, especialmente en Alemania y en Francia, las disposiciones del Concilio de Trento en materia litúrgica. Como es sabido, en oposición al culto protestante —sobre todo al luterano y al calvinista, que simplificaban la liturgia, favorecían la predicación en lengua vulgar, reducían el carácter sacrificial de la misa y rechazaban gran parte del ceremonial tradicional—, el Concilio de Trento adoptó disposiciones destinadas a afirmar dogmáticamente la naturaleza sacrificial y sacramental de la liturgia católica, así como a uniformar su práctica. Ello se logró gracias a un reforzamiento de la catequesis, sobre todo mediante el Catecismo Romano, destinado al clero para la instrucción del pueblo. Sus enseñanzas reiteraban, de manera accesible, las grandes verdades de la fe católica: la afirmación dogmática de la misa como sacrificio propiciatorio, contra la tesis protestante de que se trataría apenas de un memorial o cena simbólica; la confirmación de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, reforzando las solemnidades, la adoración y la reverencia litúrgica; la reafirmación del papel único del celebrante, que actúa in persona Christi, en contraste con la noción protestante de una concelebración colectiva de todo el pueblo; la conservación del latín como lengua litúrgica, rechazando la exigencia protestante del vernáculo universal; y el embellecimiento de las iglesias y del ceremonial tradicional, mediante la riqueza del altar, de las imágenes, de las vestiduras y de otros elementos del culto. En efecto, el culto católico barroco del período postridentino apostó conscientemente por una pedagogía de los sentidos: arquitectura monumental, oro, imágenes, música y simbolismo. No se trataba únicamente de ornamentación, sino de una visión antropológica y sacramental según la cual el hombre accede a lo invisible a través de lo visible. En contraste, diversos ambientes protestantes —sobre todo los calvinistas— tendieron hacia una mayor austeridad cultual, centrando su atención en la Palabra predicada.
Conviene señalar un punto frecuentemente olvidado: Trento no condenó la explicación de la liturgia al pueblo. Por el contrario, en el decreto sobre el Sacrificio de la Misa (Sesión XXII), recomendó que los pastores explicasen con frecuencia a los fieles el significado de las ceremonias y de los misterios. En la Alemania católica, donde la competencia protestante era intensa, se realizó un esfuerzo relativamente fuerte de catequesis popular y de explicación apologética de la misa. Órdenes religiosas como la Compañía de Jesús desempeñaron un papel decisivo en la formación del pueblo. El resultado de este esfuerzo pastoral, tanto ritual como catequístico, fue una polarización en toda Europa, especialmente en Alemania. Mientras los protestantes insistían en la inteligibilidad inmediata del culto en lengua vulgar y en el canto congregacional, el catolicismo reforzó el aspecto del misterio sagrado y de la trascendencia ritual. El pueblo acompañaba con frecuencia la misa mediante devociones paralelas como oraciones, el rosario o libros de piedad. A los críticos, que aspiraban a una comprensión verbal minuciosa del rito, se les respondía que la participación en el culto no dependía primariamente de la intelección discursiva de cada palabra, sino de la unión espiritual al Sacrificio, mediada por símbolos, gestos e instrucción catequística. Trento no pretendía transformar la liturgia en un acto pedagógico continuo o enteramente verbalizado, como sucedía en los cultos protestantes. Durante siglos, la religiosidad popular católica operó mediante una forma de conocimiento que podríamos llamar simbólico-afectiva, no necesariamente discursiva, centrada no en el celebrante ni en los ministros del altar, sino en Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote y Víctima. El sencillo fiel campesino podía no comprender el latín ni formular una teología de la transubstanciación; entendía, sin embargo, profundamente —por signos, ritmos, afectos y hábitos— que “algo sagrado y tremendo” acontecía en el altar.
El silencio durante todo el canon, la campanilla en la elevación, el incienso, los cirios, las vestiduras, el gesto del sacerdote vuelto hacia el altar, la solemnidad del canto: todo ello poseía una densidad pedagógica propia. Por lo demás, la Compañía de Jesús, sobre todo en las regiones alemanas amenazadas por el protestantismo, desarrolló una pastoral sumamente eficaz, que no consistía simplemente en “explicar racionalmente” la misa, sino en crear una cultura católica total: cofradías, catequesis, teatro sacro, música religiosa, peregrinaciones, devociones marianas, procesiones y prácticas paralitúrgicas. En resumen, el ideal era una piedad integral: un pueblo elevado por el símbolo, el afecto y la belleza, y al mismo tiempo instruido progresivamente en la fe. Precisamente por ello Trento insistió de manera simultánea en la solemnidad del rito y en la catequesis. Se consolidó, de esta manera, una forma de asistencia a la misa en la que el pueblo rezaba el rosario, cantaba himnos vernáculos (Kirchenlieder), utilizaba libros devocionales y meditaba los misterios de la Pasión durante la celebración, cuya belleza simbólica y sacralidad tocaban hondamente el corazón de los fieles. Ello no se consideraba “desatención” al rito, sino un modo de unirse espiritualmente al Sacrificio del altar. En muchos lugares, esta religiosidad popular reveló enorme vitalidad y funcionó como instrumento decisivo de la Contrarreforma católica. En Francia, el esfuerzo misionero posterior a las guerras de religión asumió características propias, con un tono muy distinto al del mundo germánico e ibérico. Si en Alemania, Austria y el sur de Italia la pastoral postridentina adoptó formas barrocas exuberantes, emocionales y fuertemente sensoriales, en Francia —sin dejar de ser profundamente misionera y popular— adquirió un carácter más clásico, moral y disciplinador. La Francia católica de los siglos XVII y XVIII vivió una síntesis peculiar entre Trento, el “genio francés” clásico y las tensiones del galicanismo y del jansenismo, que habían penetrado profundamente en los ambientes de la nobleza y de la alta burguesía urbana. El resultado fue una pastoral menos teatral que la germánica, más sobria, más pedagógica, pero todavía intensamente orientada al pueblo. El ideal francés no consistía tanto en “arrebatar los sentidos” cuanto en formar las almas. Esto se lograba mediante un estilo de sacralidad marcado por el orden, la claridad y la sobriedad propias de la belleza clásica, así como por una pedagogía espiritual centrada en lo que después se llamó la Escuela Francesa de Espiritualidad, difundida por los oratorianos, los eudistas, los misioneros vinculados a san Vicente de Paúl y, particularmente, por los sulpicianos. Se trata de una espiritualidad profundamente afectiva —y, por tanto, no racionalista—, sino disciplinada y teológicamente estructurada, que buscaba favorecer una interiorización de los misterios de la vida humano-divina de Nuestro Señor Jesucristo. No había desprecio por la religiosidad afectiva del pueblo; al contrario, se procuraba moldearla y elevarla mediante la conversión moral, la confesión frecuente, la devoción a los Corazones de Jesús y María y otros ejercicios populares de devoción. San Luis María Grignion de Montfort es un excelente ejemplo de las grandes misiones realizadas en el interior de Francia en aquel período, las cuales combinaban sermones y catequesis con procesiones, renovación de las promesas bautismales y cánticos religiosos en vernáculo. Fue un misionero profundamente popular, intensamente mariano y afectivo, manteniéndose dentro de un marco doctrinal firme. En Francia se produjo asimismo una polarización. El jansenismo introdujo un clima espiritual más austero, severo y menos festivo, marcado por la insistencia en la indignidad humana, el rigor moral, el enfriamiento hacia la comunión y la sospecha con relación a las devociones populares, consideradas excesivamente emotivas. Muchos de los esfuerzos misioneros eudistas, lazaristas y jesuitas —estos últimos, en Francia, más concentrados en el apostolado con las élites sociales— pueden leerse justamente como un antídoto pastoral contra el rigorismo jansenista, procurando preservar un catolicismo cálido, sacramental y accesible al pueblo: menos visual y musical que el bávaro o austríaco, pero, en contrapartida, más interior y afectivo. En el área latina —sobre todo Italia, España y Portugal—, las disposiciones litúrgicas del Concilio de Trento fueron, en líneas generales, muy bien recibidas y suscitaron relativamente pocos conflictos, porque en esos países el protestantismo tuvo una penetración mucho menor.
El rito romano de san Pío V fue ampliamente adoptado, el clero fue disciplinado por los seminarios tridentinos, se reforzó la catequesis y floreció una cultura religiosa centrada en la misa, las devociones marianas, las procesiones y las cofradías. El sacrificio del altar permanecía como el centro objetivo del culto, mientras las devociones ayudaban al pueblo a apropiarse subjetivamente de los misterios celebrados. San Leonardo de Porto Maurizio (1676-1751) fue el gran misionero popular de la Italia barroca tardía. Franciscano observante, recorrió ciudades y aldeas predicando misiones de enorme impacto espiritual. Su pastoral ayudaba al pueblo a unirse interiormente al Sacrificio de la Misa mediante la meditación de la Pasión de Cristo. Además de haber sido uno de los mayores responsables por la difusión de la práctica del Via Crucis, compuso un pequeño manual cuyo título lo dice todo: El tesoro escondido, o método fácil y seguro para oír con fruto la santa misa. Asimismo, san Alfonso María de Ligorio popularizó pequeños “métodos para asistir a la misa con fruto”, insertados como apéndice en algunos de sus libros ascéticos y destinados a enseñar al pueblo sencillo a unirse interiormente al santo Sacrificio, en un tono más afectivo y moral. Paralelamente, compuso diversos cánticos religiosos en dialecto napolitano, de fuerte contenido catequístico, entre los cuales se encuentra el villancico italiano más conocido hasta hoy: Tu scendi dalle stelle (“Tú desciendes de las estrellas”). De esta manera, el fundador de los redentoristas realizó en el sur de Italia algo análogo a lo que los Kirchenlieder representaron en la Alemania católica: creó una cultura musical religiosa popular que ayudaba a preparar al pueblo para vivir la liturgia con mayor fruto. El “Iluminismo” saboteando las orientaciones del Concilio de Trento Aquellos grandes éxitos pastorales en Europa fueron agresivamente contrariados por el Iluminismo de los filósofos agnósticos del siglo XVIII, que penetraron en las cortes y conquistaron influencia junto a los monarcas, por medio de figuras como el conde de Aranda en España, el marqués de Pombal en Portugal, el duque de Choiseul en Francia, y el príncipe de Kaunitz en Austria. En nombre del absolutismo regio, estos ministros combatieron la influencia de los jesuitas, favorecieron un clero subordinado al Estado, defendieron reformas educativas centralizadas —destinadas a formar nuevas generaciones liberadas del “oscurantismo”— y presionaron para limitar la influencia del Papa en sus respectivos países. Ese Iluminismo de los “déspotas ilustrados” penetró también en los arrabales católicos y tuvo impacto directo en la vida litúrgica. En Francia se manifestó bajo la forma de un verdadero “caos litúrgico”, provocado por la negativa de muchísimos prelados a adoptar el rito romano prescrito por el Concilio de Trento para aquellas diócesis incapaces de demostrar la existencia de un rito propio con más de doscientos años de antigüedad. Aunque únicamente el rito lionés podía acreditar tal antigüedad, en 90 de las 139 diócesis francesas de fines del siglo XVIII prevalecía un rito litúrgico particular. En 1842, el Papa Gregorio XVI fustigó la enorme variedad de libros litúrgicos utilizados en Francia y pidió que se conformasen a las bulas de san Pío V, manifestando el deseo de ver a las diócesis francesas retornar a la unidad de la liturgia romana. Dom Guéranger censuraba tales liturgias por ser puramente “didácticas, casi racionalistas”, con la consecuencia de un celebrante que “estudia, pero no reza”; por lo demás, estigmatizaba su orientación individualista, proveniente del protestantismo y del jansenismo, que las llevaba a emanciparse de la autoridad de la Iglesia. Mucho más directa fue la influencia del Iluminismo sobre la vida litúrgica del mundo alemán. Se comenzó a rechazar aquello que antes llenaba las iglesias y formaba el alma popular: la solemnidad, la riqueza simbólica, las devociones, las procesiones, la dramatización sagrada. En nombre de una “noble simplicidad”, inspirada por ideales racionalistas, se procuró retornar artificialmente a las supuestas formas de la antigüedad cristiana, imaginadas como simples, transparentes e inmediatamente inteligibles. La liturgia dejó, así, de ser vista prioritariamente como misterio sobrenatural, pasando a reinterpretarse bajo categorías de utilidad moral y de formación ética de la comunidad.
Fuertemente impregnado por esas ideas, el emperador austríaco José II favoreció un clero alineado con el espíritu del tiempo, impulsando reformas litúrgicas inspiradas en una triple exigencia: simplificación de los ritos, valorización del aspecto comunitario y máxima inteligibilidad para la edificación moral de los fieles. Para ello se defendía el uso del vernáculo y se hostilizaban las procesiones, las devociones populares y el rezo del rosario durante la misa. Aquello que, luego del trauma de la Pseudo-Reforma, había sostenido la piedad del pueblo, pasó a ser considerado superstición o distracción frente a la “verdadera” acción litúrgica. Ya en las primeras décadas del siglo XIX, autores como Karl-Anton Winter comenzaron a defender misas y rituales en alemán, celebraciones orientadas hacia el pueblo, administración de los sacramentos en lengua vernácula y simplificación del ceremonial, con el fin de volver al culto más “social”, comunitario y racionalmente edificante. Corrientes más moderadas del catolicismo “ilustrado” buscaron una vía media, con propuestas intermedias, como las de Franz Xaver Schmid, que imaginaba una combinación del latín con el alemán en la misa. Algunas décadas después, Johann Baptist von Hirscher sostendría que el pueblo solo volvería a ser verdaderamente cristiano si pudiera “participar realmente” en la misa, y no simplemente asistir a ella. Para lo cual condenaba el canto de himnos y la recitación del rosario durante los oficios, acusándolos de separar a los fieles de la acción litúrgica central. Proponía un retorno a prácticas primitivas, la misa en alemán y una participación comunitaria más estrecha entre el sacerdote y la asamblea. No por casualidad, algunas de sus obras fueron incluidas en el Índice romano de libros prohibidos, revelando que Roma veía en esas tendencias no meras reformas disciplinarias, sino un riesgo de deformación de la propia naturaleza del culto católico. Monumentales influencias de san Pío X y de Dom Próspero Guéranger Fue en ese contexto franco-alemán donde D. Próspero Guéranger emprendió su inmensa cruzada de restauración litúrgica. Basándose en la definición de la virtud de la religión según santo Tomás de Aquino —“la religión tiene por finalidad rendir a Dios el culto que le es debido”—, describió la liturgia como “el conjunto de símbolos, cantos y actos mediante los cuales la Iglesia expresa y manifiesta su religión para con Dios”. La liturgia no es simplemente la oración, sino la oración considerada en su estado social. Una oración individual, hecha en nombre propio, no es litúrgica. En ese sentido, puede decirse que el movimiento litúrgico iniciado por él consistió en una renovación del fervor del clero y de los fieles por la liturgia, principalmente mediante el restablecimiento, en Francia, de la vida monástica y del canto gregoriano, así como por la publicación de su monumental obra académica. Conviene insistir, sin embargo: su cruzada nada tuvo de modernizante. Por el contrario, para D. Guéranger, “la liturgia es la propia tradición en su más alto grado de potencia y solemnidad”. Uno de los especialistas “progresistas” de la reforma litúrgica de Paulo VI, el P. Aimé-Georges Martimort, describió el empeño de D. Guéranger como “un retorno al pasado dominado por el tradicionalismo de entonces”. Y otro perito de aquella reforma, el P. Louis Bouyer, observaba con ironía que Solesmes fue “un intento de restaurar el monaquismo medieval, con toda su multiplicación de construcciones góticas, de ceremonias fastuosas, de canto elaborado: toda la pompa eclesiástica de los últimos días [de la abadía] de Cluny”.
La mayor victoria del abad de Solesmes, sin embargo, fue de cuño ultramontano: haber logrado, conforme al deseo del Concilio de Trento, la adopción del rito romano de san Pío V por todas las diócesis francesas. En 1875, año de su muerte, la arquidiócesis de París fue la última en abandonar sus libros litúrgicos propios —una versión revisada del Misal de Vintimille, de 1738—, el cual rezumaba la orientación neogalicana, pseudoerudita, antibarroca y fuertemente marcada por tintes de jansenismo característicos de la Iglesia francesa del siglo XVIII. La obra litúrgica iniciada por D. Guéranger fue completada por el Papa san Pío X, conservando el mismo carácter profundamente espiritual, eucarístico y tradicional, muy distante tanto del arqueologismo litúrgico como del racionalismo de las reformas ilustradas. Influido por el movimiento eucarístico del siglo XIX, por el renacimiento litúrgico promovido por Próspero Guéranger y por la espiritualidad cristocéntrica centrada en el Sagrado Corazón y en la Eucaristía, san Pío X procuró colocar nuevamente el Santo Sacrificio y la comunión en el centro de la vida cristiana. El decreto Sacra Tridentina Synodus incentivó la comunión frecuente —incluso diaria— de los fieles, rompiendo con hábitos rigoristas heredados de ambientes jansenizantes; después, mediante el decreto Quam Singulari, permitió la primera comunión de los niños “desde la edad de la razón”, restaurando un acceso más vivo y filial al sacramento y reafirmando a la Eucaristía como alimento ordinario del alma cristiana. Al mismo tiempo, su reforma litúrgica conservó un espíritu claramente tradicional, pues no pretendía reconstruir artificialmente la liturgia según modelos hipotéticos de la antigüedad, sino revitalizar interiormente la tradición recibida. En el motu proprio Tra le sollecitudini, san Pío X reafirmó la música sacra —especialmente el canto gregoriano— como parte integrante de la liturgia e introdujo la noción de participatio actuosa, entendida sobre todo como participación espiritual y consciente de los fieles en el culto de la Iglesia. Lejos de significar activismo exterior o ruptura con la piedad popular, esta orientación buscaba hacer de la liturgia la fuente de la renovación de la vida cristiana, uniendo más íntimamente a los fieles al Sacrificio eucarístico mediante la devoción, el recogimiento y la comunión sacramental. Este movimiento original de verdadera restauración litúrgica no podía sino fortalecer la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Fue la reanudación de los errores litúrgicos de la Ilustración —basados en principios distintos y, no pocas veces, contrarios— lo que provocó el declive de las devociones paralitúrgicas y, de modo más general, de todas las manifestaciones de la piedad popular. Es lo que veremos, si hay interés en el asunto, en la columna del próximo mes.
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