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Plinio María Solimeo Nuestro mundo hedonista que pretende el máximo goce de la vida, a nada le teme más que a la muerte. El solo hecho de pensar en ella lo aterroriza y le arruina todos sus placeres. Sin embargo, nadie escapa de ella. Este es el tema que Peter Kwasniewski —escritor católico, autor, conferencista, editor, periodista y compositor— desarrolla en un interesante artículo publicado en Life Site News bajo el sugerente título: Monjes católicos revelan cómo se preparan para la muerte en un monasterio.1 Kwasniewski comienza hablando con mucho acierto de una de las plagas de nuestro tiempo, la tan publicitada eutanasia: “Una práctica antes considerada aberrante —de hecho, una simple forma de asesinato a sangre fría de aquellos que son más vulnerables y que merecen nuestra amorosa atención y afecto— está siendo promovida como la mejor manera de ‘sacar a alguien de su miseria’, al igual que el veterinario ‘sacrifica’ a un caballo cojo o a una mascota frágil. … En vez de afrontar la muerte como un tránsito purificador hacia la vida eterna, intentamos mercantilizarla como un último recurso paliativo”. El autor concuerda en que el miedo a la muerte es natural, pues el propio Hijo de Dios lo tuvo. Sin embargo, ocultarlo o ignorarlo no sirve de nada, además de ir en contra de lo que dice la Sagrada Escritura: “Piensa en tus novísimos y no pecarás eternamente” (Ecl 7, 36). Sabemos que los novísimos son las últimas cosas que nos sucederán irremediablemente: la muerte, a la que seguirán el juicio particular y —según hayamos vivido— el infierno o el paraíso para siempre. Incluso cuando resulta inevitable enfrentarse a la muerte, se intenta eliminar de ella todo aspecto religioso. La eutanasia, por ejemplo, se basa en consideraciones puramente materialistas y ateas. La explicación de esto nos la ofrece el destacado escritor: “Sin Dios, la muerte no puede tener sentido; sin Cristo, la muerte no puede tener beneficio; sin el Espíritu Santo, la muerte no puede afrontarse con amor y esperanza. Se convierte en el gran absurdo, en lugar del tránsito de la vida mortal a la inmortal”.
Los monasterios y la preparación para una santa muerte A continuación, Kwasniewski pasa a hablar de un libro escrito por el periodista francés Nicolas Diat, titulado Tiempo de morir: los últimos días de la vida de los monjes, en el cual el autor relata su experiencia durante las visitas que realizó a ocho monasterios en Francia, con el objetivo de conversar con los monjes sobre sus puntos de vista acerca de la muerte, cómo se preparan para ella y cómo les afecta ver a sus hermanos de hábito pasar de esta vida a la eterna. Entre los monjes entrevistados, Dom David, de la abadía de En-Calcat, consideró que el hombre ha construido un mundo tan tecnológico que ese mismo mundo ahora lo humilla y le hace sentir vergüenza, en una especie de complejo de inferioridad. Añadió que, para la antropología clásica, el hombre era el rey y la cúspide del reino animal, pero que en los últimos 50 años se ha vuelto insignificante en un mundo dominado por ídolos tecnológicos. El periodista afirma: “Dom David dice que nuestra tecnología médica se ha desarrollado a tal punto que prolonga nuestra agonía y nos deja destrozados. Podemos terminar viéndonos a nosotros mismos y a los demás de una manera despersonalizada —como si fuéramos máquinas con partes que funcionan o que no funcionan—, en vez de ver la imagen de Dios que es infinitamente más preciosa que la misma vida corporal y que cualquier tecnología que podamos acumular”. Comenta Diat: “Los lectores pueden sorprenderse al saber (aunque es lógico) que los monasterios se enfrentan a los mismos retos que los laicos en el mundo: los cuidados al final de la vida, los medicamentos para el dolor, cuando se trae a alguien de vuelta a casa desde el hospital para que muera en su propia cama”, etc. Como la muerte es el momento más importante de nuestra vida, porque sella nuestro destino eterno, lo es sobre todo en la vida de un monje. Así, el enfermero de la conocida abadía de Solesmes dijo que había aprendido a ralentizarse para prestar atención a los detalles en el cuidado del enfermo: “Existe el riesgo de la mercantilización del enfermo. Debo orar para mantener despierta la fortaleza de mi deseo de servir. [El hermano enfermo] es Cristo. Cuando lleguemos a estar frente a Dios, seremos juzgados por nuestra caridad hacia el necesitado. Necesito saber cómo perder mi tiempo por el enfermo. En la vida el entregar libremente es esencial. Cristo dijo que el hombre que pierda su vida la ganará”. Por su parte, el hermano Théophane, de la abadía de Sept-Fons, comenta: “En ningún momento estoy más consciente de la presencia de Dios que en el momento de la muerte de mis hermanos. Hay un quiebre, un antes y un después. Estamos en el más perfecto punto de encuentro entre Dios y los vivos”. Dom Olivier, monje de la abadía de Cîteaux, habla desde un punto de vista filosófico sobre la preparación diaria para la muerte: “La muerte más dura es la pequeña muerte cotidiana, cuando estamos perfectamente saludables. En la vida vamos de una muerte a otra; ellas nos preparan para el último final. Las pequeñas muertes del ego son grandes muertes y ellas permiten una buena muerte”.
“Así como el hombre vive, así morirá” Nicolas Diat comenta que también estuvo en la abadía de Mondayes y relata la historia de un viejo soldado de la Segunda Guerra Mundial que se hizo monje allí. Cuando se encontraba muy enfermo en el hospital, el abad de su monasterio acudió a administrarle la extremaunción para prepararlo para la muerte. Al terminar la ceremonia, de manera inusual, el abad abrió una botella de champaña y ambos brindaron por la muerte. Dos días después, el veterano soldado y monje, de vuelta en su monasterio, entregó su alma a Dios en la más perfecta paz. Diat concluye con una preciosa reflexión: “Una comunidad completa está conformada por los vivos y por los muertos”. Un monje de la abadía de Fontgombault, un monasterio benedictino de observancia tradicional, afirmó esto que se puede aplicar a todo el mundo, y no solo a los religiosos: “Cuanto más fuerte es la vida sobrenatural, mayor es la familiaridad con la vida después de la muerte y la simplicidad de la muerte. … La tradición católica ha enfatizado desde hace mucho este mismo punto: si deseamos tener una muerte santa, debemos forjar hábitos en nuestras vidas que entrarán en juego en nuestra hora de mayor necesidad. La muerte, en este sentido, no es más que el momento final de un proceso que por largo tiempo lo precede y prepara. Aquellos que piensan que es ‘injusto’ que el destino eterno de uno deba depender únicamente del estado del alma en el momento de la muerte, no están pensando en forma correcta. Ellos no ven lo cierto de que así como el hombre vive, así morirá”. Durante la vida terrena, pensar siempre en la vida eterna
Dom Pateau, también monje de Fontgombault, afirma que “La celeridad de la vida tecnológica nos abruma hasta los momentos finales y Dios debe forzarnos a tomar este tiempo. Él dice, ‘Es suficiente’, y el hombre moderno en seguida responderá, ‘No tengo tiempo’. Estaríamos bastante dispuestos a perder el punto culminante de esta vida. El hombre se ha convertido en un esclavo. De la misma manera, no tiene más tiempo ni para sí mismo ni para Dios. La falta es cruel. No tiene tiempo para morir porque no tiene tiempo para vivir. Por su parte, el monje acepta perder su tiempo por Dios. La vida monástica es feliz, la muerte monástica también lo es”. El autor termina considerando cómo ven la muerte los cartujos, los más austeros e inaccesibles de todos los religiosos. Uno de ellos le dice: “He pasado la mitad de mi vida pensando acerca de la vida eterna. … Debemos amar esta puerta que nos permitirá conocer al Padre”. Más tarde, añade: “No es la puerta lo que estoy esperando, sino lo que hay al otro lado de la puerta. No estoy esperando la muerte, sino la Vida”. Diat comenta que frecuentemente se dice de los cartujos que ellos “hacen santos, pero no promueven sus canonizaciones”, porque todos deben aspirar a la santidad. Y narra el caso de un hermano lego cartujo que, a mediados del siglo XVII, comenzó a obrar muchos milagros en su tumba, lo que amenazaba convertir el monasterio en un lugar de peregrinación, con todos los inconvenientes que ello conlleva. El prior, entonces, para cortar el mal de raíz, se dirigió al monje fallecido y le dijo: “En nombre de la santa obediencia, te prohíbo hacer milagros”. A partir de entonces, los fenómenos extraordinarios cesaron… La Iglesia nos ofrece algunos recursos para el “gran viaje” Sin embargo, la Santa Iglesia de Dios, como Madre ternísima, no solo asiste a los religiosos con sus beneficios, sino también a todos nosotros, los laicos, que vagamos “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Así, siguiendo las enseñanzas de su Divino Fundador, nos ampara con un sacramento que nos facilita la entrada en la eternidad: la Extremaunción o Unción de los Enfermos. En filosofía hay un conocido silogismo que dice: “Todos los hombres son mortales. Sócrates es hombre. Por lo tanto, Sócrates es mortal”.
No hay certeza más evidente e irrefutable que algún día todos moriremos. Esto nos lleva a pensar que, para quienes tenemos fe, nuestras últimas horas en este mundo podrían decidir nuestra eterna salvación o eterna perdición. De ahí la necesidad de prepararnos bien para este último gran viaje hacia la eternidad, con los recursos que la Santa Iglesia pone a nuestra disposición para ese momento. Así pues, cuando llegue nuestra hora y nos encontremos en el lecho de muerte, además de confesarnos y recibir la Sagrada Comunión, aún podemos recurrir a otro sacramento que la misericordia de Dios instituyó para ese momento supremo: la Extremaunción o Unción de los Enfermos. Este sacramento produce en el alma, e incluso en el cuerpo del enfermo, efectos admirables, como el de abrir más fácilmente las puertas del Paraíso. El sacramento de la Unción de los Enfermos se dedujo de las palabras del evangelio de san Marcos: “Ellos [los doce apóstoles] salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (6, 12-13). Sin embargo, es en la epístola de Santiago donde se describe más explícitamente este sacramento: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado” (5, 14-15). De este modo, el apóstol se limitó a dar a conocer un rito establecido por el propio Redentor y prescribió su uso, tal y como afirma el Concilio de Trento, citado por el Catecismo de la Iglesia Católica: “Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Marcos (cf Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor”.2 De las palabras de Santiago se desprende la siguiente definición del Sacramento de los Enfermos: “Unción con óleo, acompañada de una súplica, que los presbíteros realizan sobre los enfermos con el fin de procurarles la salud del alma —mediante la remisión de los pecados, cuando sea necesario— y, si Dios quiere, la salud corporal”.
En cuanto a los enormes beneficios asociados a la Unción de los Enfermos, el Concilio de Trento definió: “La realidad causada por el sacramento es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción: a) borra los pecados, si es que aún quedan algunos por expiar; b) limpia también los restos de los pecados; c) alivia y conforta el alma del enfermo, suscitando en él una gran confianza en la divina misericordia. Confortado de este modo, sobrelleva mejor los sufrimientos y el peso de la enfermedad; resiste más fácilmente las tentaciones del demonio, que ‘lo hiere en el talón’ (Gen 3, 15); y, d) consigue a veces la salud del cuerpo si fuera conveniente a la salud de su alma”.3 Como con la muerte no se juega —y mucho menos con la salvación eterna—, los teólogos afirman que es muy conveniente que el enfermo reciba la absolución de sus pecados mediante la confesión, tan pronto como sea evidente la gravedad de su estado, aunque no exista peligro inminente de muerte.
Se debe administrar este sacramento de forma condicional incluso a quien está aparentemente (pero no con certeza) muerto. Y es que la muerte aparente se prolonga hasta media hora después del último suspiro en los casos de enfermedad prolongada o de vejez, y durante unas dos horas más o menos tras la muerte aparente en los casos de muerte súbita o violenta. Esto hacía que, en los tiempos en que aún había fe entre el pueblo, tan pronto como se producía un accidente, se llamaba inmediatamente a un sacerdote para que atendiera a la víctima. ¡Y cuántas almas se salvaban gracias a ello! Monseñor Penido pone un ejemplo para mostrar la eficacia de este sacramento: “Imaginemos a un pecador empedernido, sorprendido por un mal repentino. Ha perdido el habla y ya no puede confesarse. Pero, íntimamente, teme el infierno y desea reconciliarse con Dios y su Iglesia, a la que tanto ha despreciado. Que reciba los santos óleos, y todos sus pecados le serán perdonados sin demora”, ¡abriéndole las puertas del Paraíso! Sabemos, por experiencia, lo desgarrador que resulta proponerle a un enfermo muy debilitado que reciba los últimos sacramentos. Pero ¿acaso no le propondríamos un tratamiento penoso, por ejemplo, una operación muy dolorosa, en nuestro afán por intentar todo lo posible para salvarle el cuerpo? ¿Y para el alma, no haríamos nada? Eso sería una prueba aterradora de materialismo práctico, argumenta monseñor Penido. Aceptación de la muerte y de la voluntad de Dios como expiación de los pecados Por lo tanto, afirman los teólogos, no hay que esperar a que el enfermo llegue a su último aliento, cuando ya haya perdido gran parte de su lucidez, para llamar al sacerdote. Pues los santos óleos no son el sacramento de los cadáveres, ni únicamente de los agonizantes, sino el sacramento de los enfermos, instituido para el consuelo espiritual y corporal de los mismos. Pero ahí no terminan los beneficios que la Santa Madre Iglesia concede a quienes nos preceden, acompañados del signo de la fe. Cualquier sacerdote que asista al enfermo puede conferirle también una bendición papal con indulgencia plenaria. Dice el padre Royo Marín: “Si [el enfermo] consiguiera lucrar plenamente esta indulgencia plenaria, el alma quedaría totalmente exenta de las penas del purgatorio”. Es decir, irá directamente al cielo. Sin embargo, añade: “Para su validez [de la bendición] se requiere que el enfermo pronuncie con la boca, o al menos con el corazón, el santo nombre de Jesús. Es también necesario que acepte con resignación, en expiación de sus pecados, los dolores de la enfermedad y la misma muerte si Dios ha determinado enviársela en aquella ocasión”.4 ¿Por qué, hoy en día, se priva a nuestros queridos enfermos de todos estos beneficios celestiales, negándoles el acceso a los últimos sacramentos? ¿Se puede ser más cruel? Para concluir, mencionamos un efecto secundario de la Unción de los Enfermos, que es la curación del cuerpo. Recordemos que en el ritual de este sacramento no se pronuncia ni una sola vez la palabra “muerte”, sino que ruega a Dios: “Te rogamos, Redentor nuestro, que por la gracia del Espíritu Santo, cures el dolor de este enfermo, sanes sus heridas, perdones sus pecados, ahuyentes todo sufrimiento de su cuerpo y de su alma y le devuelvas la salud espiritual y corporal, para que, restablecido por tu misericordia, se incorpore de nuevo a los quehaceres de su vida”. ¡Cuán rica y magnífica es la doctrina católica, y como está orientada amorosamente hacia el amparo y la guía de sus hijos en su empeño por mitigar o incluso librarnos por completo de las penas del Purgatorio!
Notas.- 1. Apud https://www.lifesitenews.com/blogs/catholic-monks-reveal-how-they-prepare-for-death-in-a-monastery/.
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