Especiales El convento-fortaleza de Tomar y la Caballería de Cristo

Wilson Gabriel da Silva



La Caballería, que un autor francés llamó “la más bella aventura de la Historia”, es fruto del amor de Dios en una época en que sociedades enteras se movían en conformidad con los Diez Mandamientos y las leyes de la Iglesia. San Miguel Arcángel, príncipe de la milicia celestial, es el patrono de la Caballería. Como institución, ella nació de las relaciones feudales, por medio de las cuales los hombres se apoyaban mutuamente para defenderse ante las frecuentes invasiones bárbaras. Esta confianza mutua se basaba en la noción de honra fundada en la caridad cristiana.

Entre las más célebres órdenes de caballería se destaca la de los Templarios, creada en 1119 por caballeros francos en la Ciudad Santa. Su nombre proviene del Templo de Salomón. Su divisa era: “Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam” (Da gloria, no para nosotros, Señor, no para nosotros, sino para tu nombre). Hacían el voto de no retroceder en las batallas. Por eso eran terribles y temibles, imponiendo un profundo respeto a sus enemigos.

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Con excepción de las dos primeras cruzadas, las sucesivas fueron muchas veces marcadas por desastres, debido a las miserias humanas: codicia, intriga, vanagloria, etc. Con el fin del Reino franco de Jerusalén, las órdenes de caballería  refluyeron a Europa. La de los Templarios se convirtió en una de las más prósperas, llegando a poseer sólo en Francia cerca de 9.000 commanderies (especie de haciendas fortificadas). Su patrimonio, adquirido mediante donaciones, era inmenso. Pero su ideal, lamentablemente, había entrado en decadencia.

A principios del siglo XIV, reinaba Francia Felipe IV, el Bello —hombre de espíritu revolucionario, completamente opuesto al de su abuelo San Luis IX. En disputa con el Papa Bonifacio VIII, Felipe mandó abofetearlo en Agnani en 1303, lo cual provocó la muerte del Pontífice por disgusto poco después. En 1305, subía al trono de San Pedro el francés Bertrand de Got, con el nombre de Clemente V. Sensible a las instancias del rey francés, el nuevo Papa mandó cerrar, en 1312, la Orden del Templo, basado en acusaciones graves y oscuras, que hasta hoy la Historia no desvendó cabalmente. Y la corona francesa se apropió de los bienes de la Orden.

Ahora bien, los templarios estaban también en Portugal desde los tiempos de Don Alfonso Enríquez, y allí ninguna sospecha pudo ser levantada contra ellos. No por ello estaban exentos de sufrir la misma pena. Fue hábil la decisión del rey Dionisio de Portugal, de ejecutar la orden pontificia de clausurar la Orden, pero no para apropiarse de su patrimonio sino para donarlo a la Orden Militar de la Caballería de Nuestro Señor Jesucristo, o simplemente Orden de Cristo, que creó en 1318. El Papa Juan XXII nombró a D. Gil Martins su primer gran-maestre, que antes lo fuera de los caballeros de Avis. Quiso el rey que la nueva Orden tuviese su cuartel-general en Castro Marim, para defender la región del Algarve de las incursiones de moros procedentes de los reinos de Marruecos y de Granada. En 1356, se le transfirió a Tomar, en la antigua provincia del Ribatejo. Allí existían, desde 1160, el castillo y el convento de los templarios, donados a la Orden de Cristo.

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Naves de la escuadra del descubridor del Brasil, Pedro Álvarez Cabral

Siete maestres caballeros tuvo la Orden de Cristo antes de ser nombrado su regente el Infante don Enrique, Conde de Viseu, llamado el Navegante (1394-1460). De ahí en adelante quedó ella vinculada a la Casa Real. Heredó ese gobierno Manuel I, el Venturoso, conservándolo durante todo su reinado. Como la Orden disponía de grandes recursos, don Enrique los empleó en sus proyectos de navegación, con miras a la expansión de la fe cristiana y la conversión de los pueblos paganos.

Fue así que las naves comandadas por Pedro Álvarez Cabral arribaron al Brasil, llevando estampadas en sus velas la Cruz de Cristo, símbolo de la Orden que patrocinaba las navegaciones, y a la cual el descubridor de la Tierra de la Santa Cruz también pertenecía en calidad de caballero.

Las órdenes de caballería  representaron una de las más altas expresiones del espíritu cristiano, que es el espíritu de lucha. La vida del católico en este mundo es un combate, pues él pertenece a la Iglesia Militante. El luchador por excelencia fue Nuestro Señor Jesucristo, que llevó su combate hasta la agonía y muerte en la Cruz. Agonía, en griego, significa precisamente lucha.

En esta perspectiva, el convento-fortaleza de Tomar puede ser considerado, después de Fátima, uno de los lugares más sagrados de Portugal.     



Amar la Cruz De la devoción a la Virgen María (I)
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Amar la Cruz



Tesoros de la Fe N°64 abril 2007


Y Jesús miró a San Pedro…
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