San Juan Bosco Habiendo ido Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua, se dirigió al Templo y vio que estaba siendo profanado por los mercaderes. Unos vendían bueyes, ovejas, palomas y otros cambiaban monedas. Vivamente indignado el divino Salvador ante tal espectáculo, hizo con varios cordeles unos azotes y expulsó del Templo a los vendedores, echando por tierra las mesas de los cambistas y gritando: —“Escrito está: mi casa se llamará casa de oración; y vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones”. ¡Cuánto debemos respetar nuestras iglesias, que son más dignas aún que el antiguo templo!
Elección de los Apóstoles Una gran muchedumbre de hombres, atraídos por los luminosos milagros obrados por Jesús, se hicieron discípulos suyos. Entre éstos escogió a doce, conocidos comúnmente con el nombre de los doce Apóstoles. Sus nombres: Pedro y Andrés, su hermano; Santiago el Mayor y Juan el Evangelista, hijos de Zebedeo; Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás; Santiago el Menor, hijo de Alfeo; Simón, apodado el celador, Judas Tadeo, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que más tarde hizo traición al Divino Maestro. A estos se unieron más tarde otros setenta y dos discípulos, destinados también a la predicación del Evangelio. Después de haber hecho esta elección, el Salvador nombró a Pedro jefe de los Apóstoles y de los discípulos, y luego dio comienzo a su maravillosa predicación. Las Bienaventuranzas La predicación del Salvador puede dividirse en razonamientos, parábolas y milagros. Indicaremos lo más importante. Al principio de su predicación el Salvador llevó a sus apóstoles a la cumbre de un monte. Una oleada de pueblo que le seguía se reunió a su alrededor para escucharle. En esta ocasión pronunció aquel admirable discurso, que se conoce con el nombre de Sermón de la Montaña. Abraza en compendio toda la moral del Evangelio. Comenzaremos por las ocho bienaventuranzas:
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