Creador inefable, que en los tesoros de tu sabiduría has establecido tres jerarquías de Ángeles, y las has colocado sobre el cielo empíreo con orden admirable y has dispuesto admirablemente todas las partes del universo. Tú, pues, que eres considerado verdadera fuente de la luz, y principio eminentísimo de la sabiduría, dígnate infundir un rayo de tu claridad en las tinieblas de mi inteligencia, alejando de mí las dos clases de tinieblas con las que he nacido: la del pecado y la de la ignorancia. Tú, que sueltas las lenguas de los niños, prepara mi lengua e infunde la gracia de tu bendición en mis labios. Concédeme la agudeza para entender, la capacidad para asimilar, el modo y la facilidad para aprender, la sutileza para interpretar y la gracia abundante para hablar. Instruye el comienzo, dirige el desarrollo, completa la conclusión. Tú, que eres verdadero Dios y hombre, y que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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La escritura manual: imprescindible en el colegio Digitalización vs. enseñanza tradicional |
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El ocaso del darwinismo Ensalzada hasta hace poco como un dogma, la hipótesis de la evolución propuesta por Charles Darwin está declinando, mientras que la visión cristiana de una intención sobrenatural en el universo se está afirmando cada vez más... |
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Refinamiento y especialidad de la culinaria francesa En Francia se realizan a cada momento congresos, conferencias, encuentros, exposiciones culinarias. Libros y artículos sobre este tema vienen a luz continuamente. La mesa está en el centro de la cultura del país... |
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Navidad En estas condiciones, con las adaptaciones necesarias, de Ella se puede decir mucho de lo que se afirma de la vida de Jesús... |
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Subiaco, la gruta de san Benito Las fotos nos presentan una vista actual del lugar de la famosa gruta en la que san Benito vivió durante muchos años en la soledad. Este lugar tan bendecido fue el punto de partida de la civilización cristiana, mientras ella florecía en Europa occidental... |
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El traje, espejo de una época Desde un punto de vista meramente material, es decir, en cuanto al servicio que presta al cuerpo, el traje es un mero abrigo. A lo sumo se le puede reconocer la función de proteger un cierto pudor que brota de las profundidades del instinto. Pero quien reconoce que el hombre no es únicamente materia, sabe también que el traje no es solo un abrigo, sino que, según el orden natural de las cosas, debe prestar asimismo un servicio al espíritu... |
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