Especiales Aux jardins de Monsieur Le Nôtre

“En los jardines del Señor Le Nôtre”, tal es el título de las celebraciones con las que Francia conmemoró recientemente los 400 años del nacimiento del mayor jardinero de todos los tiempos: André Le Nôtre (1613-1700).

Julio Loredo de Izcue

 

Nacido en París en una familia de jardineros (su padre Jean era el superintendente de los jardines del palacio de las Tullerías, como ya lo había sido su abuelo Pierre), André estudió arquitectura y pintura en la escuela del Louvre, entrando después al atelier de Simon Vouet, pintor de la corte de Luis XIII, donde aprendió sobre todo el arte de la perspectiva.

El jardinero ennoblecido

Retrato de André Le Nôtre, Carlo Maratta, 1679 – Palacio de Versalles, Francia

En 1635 fue nombrado superintendente del duque Gastón d’Orleans, hermano del Rey, y después, superintendente de los jardines de las Tullerías, sucediendo a su padre. Nombrado por Luis XIV Superintendente General de los Jardines Reales, a partir de 1657 asumió también la Contraloría General de los Reales Palacios. Siguiendo una antigua tradición, en 1675 el Rey Sol le otorgó un título de nobleza, en reconocimiento por sus talentos artísticos.

Le Nôtre proyectó los jardines de muchos de los más famosos castillos y palacios de Francia y del mundo: Fontainebleau, Saint-Germain-en-Laye, Saint-Cloud, Chantilly y otros. Él fue el creador de la Avenida de los Campos Elíseos, en París, Y también realizó proyectos en el exterior. A él debemos el Greenwich Park, de Londres, así como los jardines de Racconigi y Venaria Reale, en Turín. Pero sus obras maestras son, sin duda, los jardines del castillo de Vaux-le-Vicomte, perteneciente a Nicolás Fouquet, ministro de finanzas de Luis XIV, y sobre todo los jardines del Palacio de Versalles, donde el arte de la jardinería alcanzó un auge nunca superado.

“Dominad la tierra” (Gén 1, 28)

El arte de Le Nôtre nos lleva a una reflexión no sólo cultural, sino también teológica. En el principio de los tiempos Dios creó el universo material y en él colocó al hombre, dándole una orden explícita: “Llenad la tierra y sujetadla a vuestro dominio” (Gén 1, 28). Pero, por así decir, dejó la creación a medias; o sea, después de haber creado el universo de la nada y de hacer esa obra maestra que es el hombre, confió a este la tarea de continuar su divino trabajo por la creación, a partir de los seres ya existentes, de nuevas realidades que reflejasen la belleza infinita de Dios. Es por eso que Dante Alighieri dijo con propiedad que si las criaturas son hijas de Dios, las obras de arte son sus nietas.

Todo el universo refleja las perfecciones divinas. El hombre no puede conocer a Dios directamente en esta tierra, pero puede ver el reflejo divino en la creación y, así, elevarse hasta Él. Es la contemplación. Dios concedió al hombre la capacidad de tomar elementos de la creación y trabajarlos para crear, a su vez, obras que reflejen las perfecciones divinas. Es así que el hombre se hizo capaz de tomar un pedazo de mármol y transformarlo en una estatua. O de construir, superponiendo piedras, un castillo o una esplendorosa catedral. O incluso de manipular pigmentos para hacer un cuadro. Creando belleza, el hombre da gloria a Dios.

Belleza que “satisface el espíritu juntamente con la vista”

Nos extasiamos delante de la naturaleza: un bosque, un valle, una montaña, un río... Pero Dios nos concedió sobre todo una inteligencia, que podemos y debemos aplicar a esos elementos para ordenarlos y elevarlos a un grado superior de perfección. Es el caso de los jardines de André Le Nôtre. “El jardín de Le Nôtre es el dominio de la inteligencia sobre la pura sensibilidad, es el triunfo de lo inteligible. Él tiene un sentido y una belleza real —escribe Henri Régnier. El jardín de Le Nôtre satisface el espíritu juntamente con la vista. Además del placer de los sentidos, Le Nôtre hace que el jardín también responda a nuestra necesidad espiritual de simetría y regularidad. Un jardín no debe ser dejado al soplo de la imaginación fértil, sino que debe también favorecer el pensamiento. Él debe proporcionar una idea de grandeza, dignidad y razón. Precisamente porque tal jardín es hecho de acuerdo con estos principios es que es noble, inteligible, ordenado, y puede ser llamado ‘clásico’ del mismo modo que una tragedia de Racine o una obra de Bossuet” (Henri de Régnier, Portraits et souvenirs, París 1913).

“En Le Nôtre la sensibilidad es canalizada y trabajada por la inteligencia —dice el historiador Erik Orsenna. Los jardines conocidos como ‘a la francesa’ no son fríos y geométricos. ¡Lejos de eso! Son lugares de creatividad e imaginación, pero siempre en diálogo con la inteligencia, que domina” (entrevista, “Le Figaro”, Hors Série, octubre de 2013, p. 50).

El papel inspirador de la nobleza

Luis XIV

Le Nôtre fue capaz de realizar esas maravillas porque tenía delante de sí el modelo de una monarquía resplandeciente. Nacido en una casa que su familia poseía en los jardines de las Tullerías, creció contemplando la Familia Real y la alta nobleza. Y comenzó a concebir sus jardines porque conocía a los personajes que por ellos paseaban. Los jardines de Le Nôtre son la transposición a términos botánicos del espíritu monárquico y aristocrático francés, llevado a un apogeo por Luis XIII, y sobre todo por Luis XIV, tan esplendoroso que recibió el nombre de Rey Sol. Sin Luis XIV no habría habido un Le Nôtre.

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Al preguntarle por qué no existen hoy más artistas como en los viejos tiempos, un conocido crítico de arte italiano respondió que una de las causas es la falta de nobles que los inspiren. Falta una verdadera nobleza que busque la belleza y la perfección en todas las esferas de la vida social, que eleve atrás de sí las clases más modestas, y sobre todo a los artistas. He ahí un aspecto muy importante del insustituible papel social de las élites, que en estos tiempos de postración general, más que nunca es necesario destacar.

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