Vidas de Santos San Luis

Monarca ejemplar en los anales de la Cristiandad

“Espejo de reyes, esforzado capitán, ejemplarísimo esposo, recto y prudente en el administrar justicia, verdadero padre de su pueblo y, por todo ello, prez y ornamento de la corona de Francia y gloria de toda la Iglesia”.1

Plinio María Solimeo

Detalle de la estatua de san Luis expuesta por ocasión de los 800 años de su nacimiento en la Conciergerie

“CABE A ESTE INSIGNE VARÓN y valeroso príncipe la gloria de haber conseguido ser santo en medio de los esplendores de la corte, en la familia, a la cabeza de los ejércitos, y entre los múltiples cuidados inherentes al buen gobierno de un grande y poderoso reino. […] Perla de los soberanos, gloria de la corona de Francia, modelo de todos los príncipes cristianos y, para decirlo en apenas tres palabras, verdaderamente un monarca según el corazón de Dios, según el corazón de la Iglesia y según el corazón del pueblo”.2

San Luis de Francia nació el día 25 de abril de 1215, hijo de Luis VIII y de Blanca de Castilla, nieta, hija, esposa, hermana y madre de reyes. “Luis encontró en ella la maestra más experimentada en la virtud y en el gobierno. Regente de Francia a la muerte de su marido, cuando su hijo tenía sólo nueve años, dio pruebas de una energía indomable. Se la vio mandando los ejércitos con toda la bravura de los grandes capitanes y gobernando el reino con todas las virtudes de un hombre de Estado. Mujer activa y enérgica, reina severa y justa, todo quería hacerlo por sus manos, y nada le parecía difícil cuando se trataba de mantener la majestad de la corona de su hijo”.3

Rey a los doce años de edad

La prudente reina rodeó a su hijo de los más idóneos tutores, procurando imprimir en su corazón el odio al pecado y el amor a la virtud. Le decía constantemente: “Antes quisiera verte muerto que culpable de algún pecado mortal”.

Luis subió al trono con apenas doce años de edad, bajo la tutela de Blanca. Durante su minoría de edad, la enérgica reina reprimió conflictos diversos, gobernando el reino con sabiduría y justicia.

Tomando sobre sí las riendas del gobierno a los veinte años, Luis se casó con Margarita, hija mayor de Ramón Berenguer, conde de Provenza. La joven reina tenía las mismas inclinaciones que su esposo hacia la piedad y el socorro a los pobres e infelices. Muy discreta, Margarita jamás se inmiscuía en los asuntos del marido, a no ser cuando era consultada. Acompañó al rey a todas partes, incluso a ultramar. Tuvieron once hijos, seis varones y cinco mujeres que, con excepción de la primera, también se convirtieron en reinas.

“San Luis fue siempre muy querido y estimado por su encantadora mansedumbre, por su arrojo y valor en los peligros, ecuanimidad inalterable, gran amor a la justicia y, más que nada, por su admirable piedad y tierna devoción. Cada día rezaba él mismo las horas canónicas o las hacía rezar por los religiosos de Santo Domingo o de San Francisco, con quienes tenía asiduo trato y comunicación. Durante toda su vida se mantuvo fiel a esta práctica sin que los viajes, ni las muchas expediciones guerreras que emprendió, ni aun las enfermedades fueran motivo para permitirle dispensarse de ella”.4

Juez de Europa

Consagración de san Luis como rey de Francia, Charles-Amédée-Philippe van Loo, s. XVIII

Si gobernaba bien su casa, Luis IX era aún más admirable en el gobierno de su Estado. Jamás se vio tanta paz y prosperidad en Francia como durante su largo reinado de 36 años. “Todas las otras naciones, en Oriente y en Occidente, del sur al norte, estaban con problemas; pero los franceses, bajo su gobierno, gozaban de una feliz tranquilidad, que les era dada por su sabiduría”.5 Desterró de sus dominios la blasfemia y los juramentos impíos y execratorios, prohibió los duelos, los juegos de azar, la afluencia a lugares de mala vida y los enredos y dilaciones en los procesos.

Tal era su espíritu de justicia y desinterés que, en 1264, el rey de Inglaterra fue a Amiens con los grandes de su reino para que el santo resolviera sus pleitos. San Luis fue también árbitro en las desavenencias entre el duque de Bretaña y el rey de Navarra.

Para el buen gobierno del reino, el santo monarca se rodeaba de eminentes teólogos como santo Tomás de Aquino, san Buenaventura, Guido Foulques y Simón de Brie, que fueron después los Papas Clemente IV y Martín IV, así como del insigne teólogo, Roberto de Sorbón, que instituyó en París el famoso colegio de La Sorbona.

Su primera Cruzada

Luis IX resolvió partir a Tierra Santa a fines del año 1244, después de una severa enfermedad. No se sabe qué pasó, pero un día estuvo al borde de la muerte. El hecho es que, cuando se recuperó, se juzgó obligado como por sagrado juramento a emprender la Cruzada.

Los príncipes, hermanos del rey —Roberto, conde de Artois, Alfonso, conde de Poitiers y Carlos, conde de Anjou— así como los mayores señores del reino, recibieron con él la cruz de los cruzados. Su esposa Margarita y los hijos pequeños, las cuñadas, esposas de sus hermanos, también quisieron acompañarlos.

Partieron el 28 de agosto de 1248 y desembarcaron el 17 de setiembre en la isla de Chipre, elegida como centro de las expediciones militares.

San Luis mediando en un conflicto entre el rey de Inglaterra y sus barones, Georges Rouget, s. XIX, Versalles

Comienzo promisorio

Obligado a permanecer durante todo el invierno en Chipre a causa de la peste —que diezmó a la sexta parte de su ejército— y porque su hermano Alfonso aún no había llegado con el resto del ejército, el rey reinició el 30 de mayo de 1249 su viaje rumbo Egipto, con apenas 700 caballeros de los dos mil y setecientos que formaban su ejército.

Él juzgó necesario emprender primero la conquista de aquel país, para aliviar la situación de los cristianos en Tierra Santa. Para ello asaltó el puerto de Damieta, donde los cruzados tuvieron que enfrentar a seis mil sarracenos. La gallardía con la que embistieron fue tal, que los islamitas huyeron en desbandada, abandonando la ciudad. El rey mandó cantar el Te Deum y purificar la mezquita principal, para consagrarla a la Santísima Virgen.

El indómito guerrero quería ir detrás de los enemigos en fuga, mas prefirió seguir la opinión de su Consejo, que optó por esperar la llegada de refuerzos de los barcos disipados por la tormenta y del príncipe Alfonso con el resto de las tropas.

“Jamás he visto tan apuesto caballero”

Al llegar los refuerzos, los cruzados obtuvieron una gran victoria en Mansurah, en 1250. Joinville, senescal de la Champagne (oficial real encargado de aplicar justicia y de la administración en las provincias del sur del país), entusiasmado con la figura del rey durante esa batalla, afirmó: “Vi llegar al rey al frente de la caballería. Su cabeza sobresalía por encima de los hombros de todos. Llevaba un casco dorado, blandía una espada de Alemania; sus armas deslumbraban los ojos y su majestuoso continente alentaba a los guerreros. Os aseguro que jamás he visto tan apuesto caballero”.6 Con sus robustos brazos, el rey daba tantos golpes de espada y de masa, que derrumbaba a todos los que se le aproximaban.

Ocio de los soldados y debacle

Medalla de la Orden de San Luis, creada en 1693

“Sin embargo, la abundancia del país y la pereza de nuestros soldados introdujeron pronto la disolución y el libertinaje en el ejército. Los soldados y muchos señores inclusive, se entregaron a los crímenes y a las abominaciones de los bárbaros que habían exterminado. Disipaban, por el juego y por las continuas fiestas, lo que debía servir para consolidarse en un país tan alejado”.7

Eso atrajo la cólera de Dios. Una epidemia obligó a los vencedores a retroceder. Esta retirada fue tan desastrosa para los cristianos que se vieron completamente rodeados por sus enemigos y fueron hechos prisioneros, incluso el rey. El único medio de librarse de la muerte fue la rendición.

“Enfermo [el rey], sólo un criado le cuidaba, y su único abrigo era un rústico sayo que le prestó otro cautivo. En tan angustiosa situación, nunca dirigió una súplica a sus enemigos ni su altivez se humilló al lenguaje de la sumisión y el miedo. […] Los infieles estaban asombrados viendo tanta resignación, y decían entre sí que abandonarían su fe si algún día les dejaba su profeta expuestos a tantas calamidades”.8

Aquejado por la peste y muy débil, Luis IX declaró que se rendiría con todo su ejército, con tal que conservaran la vida, prometiendo también pagar un millón de pesos de oro para liberar a sus soldados y, para su propio rescate, devolvería la ciudad de Damieta a los infieles; lo cual fue aceptado por ellos.

Regreso a la Francia

Apoteosis de San Luis, estatua en el parque exterior del Museo de Arte de San Luis (EE. UU.)

Con ello, viéndose libre, el deseo del rey era volver inmediatamente a Francia con la reina, sus hijos y los príncipes. Sin embargo, considerando que los sarracenos habían roto la tregua y violado sus juramentos, no quiso partir, pues si lo hiciese dejaría a los cristianos expuestos a la ira de los infieles; por eso permaneció en Acre, rescatando a cristianos, socorriendo a los pobres, ejerciendo justicia, reedificando iglesias y haciendo el bien a todos.

Fue cuando recibió la noticia de que la reina Blanca había fallecido, a los 65 años de edad, en 1252. Fue un choque para el rey, que exclamó: “La amé seguramente por encima de todas las criaturas mortales, como ella bien merecía que yo tuviese por ella esa afección y ternura. Sin embargo, una vez que Vos, Dios mío, habéis juzgado por bien llevarla hacia Vos, ¡que vuestro santo Nombre sea alabado y bendito eternamente!”.9

Segunda Cruzada

Para júbilo general, el santo regresó a Francia. Sin embargo, tenía siempre presente lo que sucedía en Oriente, en particular la opresión en que había dejado a sus caballeros, que le imploraban por socorro. Eso lo llevó a emprender una segunda cruzada. Esta vez, en compañía de la reina y tres de sus hijos.

San Luis tenía la esperanza de convertir al rey de Túnez, que había mostrado alguna abertura para ello; pero todo no pasó de una artimaña. El sultán se defendió con uñas y dientes, y los cruzados apenas consiguieron conquistar un terreno próximo a las ruinas de Cartago. De allí asaltaron la capital, fuertemente defendida; queriendo rendirla por el hambre, le pusieron cerco, impidiendo el abastecimiento de víveres.

Lamentablemente, ellos mismos fueron víctimas de la escasez de alimentos, debido a una nueva peste provocada por los cadáveres en estado de corrupción y por la disentería, que dejó al ejército fuera de combate. El Legado del Papa sucumbió, así como uno de los hijos del rey. Él mismo fue atacado por una fiebre continua, con flujo de sangre. Pronto la trágica noticia sacudió al campamento entero: “¡El rey se está muriendo!”.

San Luis prisionero en Egipto, Gustave Doré, s. XIX

San Luis llamó a los principales oficiales de su ejército a su lado y los exhortó a que se comportaran como verdaderos servidores de Jesucristo: “Puesto que son sus soldados no apenas por el bautismo, sino también por la cruz que tomaron con tanta generosidad, no vivan como sus enemigos, no les hagan la guerra con la impiedad, la avaricia, la gula y la lujuria; una vez que defienden su nombre con la fuerza de las armas, no se comporten como los mahometanos, después de hacer una profesión tan auténtica de ser cristianos, exponiendo sus vidas por la Iglesia”.10

Las palabras que dejó a su hijo y sucesor —que por falta de espacio lamentablemente no podemos citar— son un portento de sabiduría y santidad.

El heroico y santo rey rindió su acrisolada alma a Dios el día 25 de agosto de 1270, a los 56 años de edad.

Epílogo

San Luis, sin embargo, continuaba su lucha desde el cielo. En efecto, pocos días después de su fallecimiento, su hermano Carlos, rey de Sicilia, llegó a Túnez con un formidable ejército, que se unió a los soldados remanentes dejados por el santo; arremetiendo de tal manera contra los infieles, que estos fueron obligados a requerir la paz. Las condiciones impuestas fueron duras para los moros y muy ventajosas para la Cristiandad: libertad de todos los cristianos cautivos, autorización a los religiosos de Santo Domingo y de San Francisco para predicar la religión verdadera en aquellas tierras y bautizar a los que se convirtieran, además de un cuantioso rescate. “De manera, que podemos decir que el santo rey muerto venció a los moros, y que la armada por sus oraciones mereció la victoria y feliz suceso que el Señor le dio”.11 

 

Notas.-

1. Edelvives, El santo de cada día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1948, t. IV, p. 562.

2. Mons. Paul Guérin, Les Petits Bollandistes, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. X, p. 192.

3. Fray Justo Pérez de Urbel OSB, Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. III, p. 434.

4. Edelvives, op. cit., p. 564.

5. Guérin, p. 197.

6. Pérez de Urbel, p. 444.

7. Guérin, p. 205.

8. Pérez de Urbel, p. 443.

9. Guérin, p. 208.

10. Id. p. 215.

11. Pedro de Ribadeneyra SJ, Flos Sanctorum, L. González y Cía. Editores, Barcelona, 1897, t. III, p. 391.

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Tesoros de la Fe N°200 agosto 2018


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