Estimados amigos: El padre Juan María Lienhart, de la congregación de los Sagrados Corazones, en su obra “El Perú: tierra de Santos”, formula este feliz comentario: “El Perú fue, algún tiempo, el banco de oro de España, cuando volcaban los galeones en las arcas de los reyes de Castilla y León, fabulosos caudales… España desquitóse, enviándonos en retorno, la flor y nata de sus hijos. ‘Todo el oro, ante la santidad, es un grano de arena, y como el lodo es la plata ante ella’” (cf. Sab 7, 9). Tal es la impresión que permanece en el espíritu al escudriñar en la historia. Descubrimos una vasta legión de almas, en su gran mayoría ignoradas, que procedentes de la península ibérica arribaron al Nuevo Mundo, aquí florecieron y murieron en olor de santidad. A modo de ejemplo, veamos algunos casos: el agustino Diego Ruiz Ortiz, protomártir del Perú en la selva de Vilcabamba; el franciscano Juan Gómez, enfermero mayor del convento grande de Lima; el jesuita Alonso de Barzana, infatigable apóstol que cultivó varias lenguas indígenas; el juandediano Francisco Camacho, que vertió su inmensa caridad en los hospitales; y el mercedario Pedro Urraca, que atravesó un muro de la iglesia de la Merced en Lima, mientras que el demonio que lo perseguía quedó atrapado en él. También están los que ya fueron elevados a la honra de los altares: santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima y patrono del episcopado latinoamericano; san Francisco Solano, el célebre misionero franciscano que atraía a los indios con sus melodías; y san Juan Masías, el caritativo portero dominico del convento de la Magdalena. A respecto de este último —sobre el cual versa el Tema del Mes— bien podemos afirmar, parafraseando a un cronista, que es una de aquellas joyas sin precio, cuyas virtudes, méritos y prodigios son, para el Perú, prendas de gloria más seguras que las vetas de nuestras cordilleras… En Jesús y María, El Director
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San Juan Masías Gloria de la Orden Dominicana |
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