Tema del mes La crucifixión y muerte de Jesucristo

Después de una infame condena,
Jesús sube al monte Calvario, donde fue crucificado

Rumbo al Calvario, el poder de las tinieblas quiso cubrir de escarnio a la divina e inocente Víctima, para consumar el crimen más monstruoso de la historia.
Nuestro Redentor, para salvarnos, padeció en la cruz el sufrimiento indecible, sin querer disminuir el menor de sus dolores.

R. P. Augustin Berthe

Jesús se detuvo un momento; sus ojos se encontraron con los de María y con esta mirada llena de inefable ternura, le hizo comprender que Él sabía lo que pasaba en su corazón y cuán íntima parte tomaba Ella en sus dolores.

Jesús, abrumado bajo el peso de su carga, cayó penosamente en el camino. El cortejo se detuvo un momento para levantarlo, lo que dio ocasión a los verdugos para maltratarle de nuevo y a los fariseos para dirigir sus sarcasmos a ese extraño taumaturgo que hacía andar a los paralíticos y Él mismo no podía mantenerse en pie.

Con la ayuda de los soldados, Jesús volvió por fin a tomar su cruz y prosiguió su camino. Apenas había andado cincuenta pasos por la gran calle de Efraín, cuando el más desgarrador de los espectáculos vino a conmover los corazones todavía capaces de compasión. Una mujer, la Madre de Jesús, acompañada de algunas amigas le salió repentinamente al encuentro. María quería verlo por la última vez y darle el postrer adiós.

Jesús se detuvo un momento; sus ojos se encontraron con los de María y con esta mirada llena de inefable ternura, le hizo comprender que Él sabía lo que pasaba en su corazón y cuán íntima parte tomaba Ella en sus dolores.

La noche y la mañana habían sido para Ella de agonías mortales. A cada instante, Juan, el discípulo amado, dejaba la multitud para ir a dar cuenta a la pobre madre de las escenas que se sucedían hora tras hora; del juicio del Sanhedrín, de los interrogatorios de Pilatos y Herodes y, por fin, de la condenación a muerte. Acompañada de Magdalena y demás santas mujeres, acudió con presteza a la plaza del pretorio, oyó las vociferaciones de la turba y presenció aquel horrendo espectáculo en que Pilatos presentaba ante el pueblo a su Hijo ensangrentado y coronado de espinas.

El más sublime de los encuentros

Con el corazón despedazado y los ojos anegados en lágrimas, tomó entonces la resolución heroica de acompañar a Jesús al Gólgota y sufrir con Él el tremendo martirio. Cuando el cortejo se puso en movimiento, María siguió una calle paralela y fue a esperar a su Hijo a la avenida de Efraín.

El encuentro fue para ella un momento de indecible amargura. Después de haber visto pasar a los soldados y auxiliares de los verdugos llevando clavos y martillos, divisó entre los dos ladrones a Jesús con la cruz a cuestas. Al ver aquel rostro lívido, aquellos ojos inyectados de sangre, aquellos labios descoloridos y secos, el primer impulso de la pobre Madre fue precipitarse hacia su Hijo con los brazos abiertos; pero los verdugos la rechazaron con violencia. Jesús se detuvo un momento; sus ojos se encontraron con los de María y con esta mirada llena de inefable ternura, le hizo comprender que Él sabía lo que pasaba en su corazón y cuán íntima parte tomaba Ella en sus dolores. Embargada por la emoción, María se sintió desfallecer y cayó en los brazos de las mujeres que la acompañaban.1 Sus ojos se cerraron, pero a sus oídos llegaban los insultos dirigidos al Hijo y a la Madre. Pronto, sin embargo, oleajes de pueblo precipitándose unos sobre otros, pusieron fin a aquella escena desgarradora.

Jesús postrado, es ayudado por el Cirineo

Santa Verónica, Guido Reni, 1630 – Museo Estatal Pushkin de Bellas Artes, Moscú

Veinte pasos más adelante, dejaron la calle Efraín, para tomar la que conducía directamente al Gólgota. Apenas había marchado Jesús algunos instantes por esta nueva vía terriblemente escarpada, cuando una palidez mortal cubrió su rostro, sus rodillas se doblaron y a pesar de sus esfuerzos, le fue imposible seguir adelante.

Viéndolo próximo a sucumbir y temiendo verse privados del placer de contemplar su agonía en la cruz, los fariseos rogaron al centurión romano que buscara un hombre que ayudase al reo a llevar su carga.

Pero ¿cuál no sería, la sorpresa de aquella mujer cuando, de vuelta a su casa, vio en el velo de que se había servido impreso el divino rostro del Salvador?

Por orden del oficial, los soldados detuvieron a un jardinero que volvía del campo, llamado Simón el Cirineo 2 y le obligaron a llevar la cruz con Jesús. Simón no puso resistencia, no solo porque rehusando aquel trabajo se exponía a ser maltratado, sino principalmente porque la vista de aquel hombre extenuado cuya mirada moribunda parecía implorar su socorro, excitó en su corazón la más sincera piedad. Levantó por el medio el pesado madero, de modo que quedara lo más liviano posible para los hombros del Salvador. Jesús no olvidó este acto de caridad: hizo del Cirineo un discípulo ferviente y de sus dos hijos, Alejandro y Rufo, apóstoles de la verdadera fe.

El velo de la Verónica retrata el dolor del Crucificado

Habían andado como doscientos pasos por esta calle espaciosa hermoseada por grandes y vistosos edificios. Sus moradores miraban con indiferencia o desprecio a los criminales conducidos al suplicio, cuando, de improviso, una mujer de aspecto distinguido salió precipitadamente de una casa situada a la izquierda del camino. Sin miramiento a los soldados que intentaban impedirle el paso, se acercó al divino Maestro, contempló su semblante desfigurado, cubierto de esputos y llagas sangrientas; luego, tomando el finísimo velo que cubría su propia frente, enjugó con él el rostro de la santa víctima. Jesús le dio las gracias con una mirada y continuó su camino; pero ¿cuál no sería, la sorpresa de aquella mujer cuando, de vuelta a su casa, vio en el velo de que se había servido impreso el divino rostro del Salvador, aquel rostro triste y lívido, verdadero retrato del dolor? En memoria de este hecho, los discípulos de Jesús inmortalizaron con el nombre de Verónica a esta heroína de la caridad.3

Jesús cayó otras veces bajo el peso de la cruz

Retablo de Kaishelm: Ayudando a cargar la cruz de Cristo, Hans Holbein el Viejo, 1592 – Antigua Pinacoteca de Munich

Solo faltaban cerca de cien pasos para llegar a la puerta judiciaria, así llamada porque por ella pasaban los condenados a pena capital para subir al Gólgota. En este camino pedregoso, la subida se hacía con dificultad; a pesar de los esfuerzos del Cirineo para ayudarle, Jesús cayó de nuevo bajo el peso de la cruz. Se levantó con gran trabajo y se acercó a la puerta en donde en una columna de piedra llamada “columna de infamia”, estaba fijado el texto de la sentencia condenatoria. El Salvador pudo leer, de paso, que iba a morir por haber sublevado al pueblo contra el César y usurpado el título de Mesías. Los fariseos no dejaron de mostrarle con el dedo la odiosa inscripción que recordaba sus acusaciones.

Jesús se encontraba ya al pie del Gólgota. No obstante la prohibición de llorar durante el tránsito de los condenados a muerte, un grupo de valerosas mujeres, al ver a Jesús, no pudo menos de prorrumpir en gritos y lamentos. Muchas llevaban niños en sus brazos y estos lloraban junto con sus madres. Movido a compasión al pensar en las calamidades próximas a descargarse sobre la ingrata Jerusalén, Jesús se enterneció a la vista de aquellas afligidas mujeres. “Hijas de Jerusalén —les dijo— no lloréis por mí; antes llorad por vosotras y por vuestros hijos. Días vendrán en que se exclamará: ¡Dichosas las mujeres que no han tenido hijos, y los pechos que no dieron de mamar! Entonces, se dirá a los montes: ¡Caed sobre nosotros! y a los collados: ¡Sepultadnos! Porque si esto pasa con el árbol verde, con el seco ¿qué se hará?” (Lc 23, 28-31). Si así es tratado el inocente, ¿qué será del culpable?

No obstante la prohibición de llorar durante el tránsito de los condenados a muerte, un grupo de valerosas mujeres, al ver a Jesús, no pudo menos de prorrumpir en gritos y lamentos.

Seis días antes, desde la altura del Monte de los Olivos, Jesús lloraba por Jerusalén y predecía su ruina. Hoy que esta ciudad culpable pone el colmo a sus crímenes, el Salvador anuncia solemnemente su reprobación y la espantosa catástrofe que pondrá fin a sus destinos. Los jefes del pueblo, al oír esta profecía, habrían debido temblar de espanto; pero cegados y endurecidos como los demonios, se irritaron por las amenazas que aquel condenado a muerte profería contra la ciudad santa. Excitados por ellos, los verdugos descargaron sobre Jesús repetidos golpes, de manera que, tratado como bestia de carga, rendido de fatiga, cayó por tercera vez sobre las piedras del camino antes de llegar a la cima del Calvario. Lo levantaron casi exánime y a fuerza de violencias de todo género, llegó por fin al lugar del suplicio.

En estos instantes, la multitud venida de todas partes, estrechaba sus filas alrededor del montículo para saborear los últimos sufrimientos del ajusticiado y aplaudir su muerte. La hora sexta del día va a sonar, el momento es, entre todos, solemne: la gran tragedia a que asisten los ángeles, los hombres y los demonios, la tragedia del Hombre-Dios toca a su desenlace.

Jesús llega a lo alto del Calvario

La Crucifixión, Philippe de Champaigne, c. 1650 – Museo de Port-Royal des Champs (Francia)

La meseta de rocas sobre la cual debía tener lugar la crucifixión se eleva a doscientos pasos de la puerta judiciaria. En hebreo se la llama Gólgota, esto es, Calvario o sitio del cráneo.

Este nombre le fue dado según las tradiciones, para perpetuar un gran recuerdo. Tres mil años antes de Jesús, un hombre agobiado bajo el peso de los años y de los sufrimientos, expiraba en este monte solitario; era Adán, padre del género humano. Desterrado del paraíso, había vivido nueve siglos en las lágrimas y la penitencia. Le había sido preciso comer el pan con el sudor de su frente, sufrir las torturas de la enfermedad, apagar a fuerza de austeridades el fuego de las pasiones que ardía en su alma, llorar por hijos culpables que se degollaban en luchas fratricidas y oír resonar siempre a sus oídos la palabra vengadora de Dios: “¡Adán, morirás de muerte porque has pecado!”.

Mientras los demás verdugos mantenían el cuerpo sujeto, uno de ellos colocó sobre la mano un enorme clavo y descargando recios golpes de martillo, lo hundió completamente en las carnes y madero.

No obstante, jamás vino la desesperación a turbar el alma del pobre desterrado. En sus momentos de congoja recordaba que, al arrojarlo del paraíso, Dios le había prometido que uno de sus descendientes lo salvaría y con él, a toda su raza. Por esto, durante los largos siglos de su existencia, no cesaba de inculcar a sus hijos la esperanza en un futuro Redentor. Y cuando vio alzarse ante él el espectro de la muerte, adoró la justicia de Dios y se durmió apaciblemente saludando por la última vez al Libertador que debía rescatar a sus hijos de la tiranía de Satanás y abrir, tanto a ellos como a él, las puertas del cielo cerradas por su pecado.

La víctima inocente no quiso mitigar sus dolores

Los hijos de Adán enterraron su cadáver en los flancos de la montaña y abrieron una cavidad en la roca que la dominaba para colocar en ella su cabeza venerable. Esta roca fue llamada Gólgota, sitio en que reposa el cráneo del primer hombre. Aquí fue precisamente, sobre esta misma roca, a donde los verdugos arrastraron a Jesús, el nuevo Adán, a fin de mezclar la sangre divina de la expiación, con las cenizas del viejo pecador que infectó en su fuente todas las generaciones humanas.4 Y como un árbol, el árbol del orgullo y de la voluptuosidad había perdido al mundo, Jesús llegaba al Calvario llevando sobre sus hombros el madero de la ignominia y del martirio.

He aquí por qué el Cordero de Dios que había tomado a su cargo expiar los pecados de toda su raza, será tratado como Él quería serlo, es decir, sin compasión. Cuando un condenado a muerte llegaba al Gólgota, era costumbre presentarle una bebida generosa para saciar su sed y reanimar sus fuerzas. Mujeres caritativas se encargaban de prepararla y los verdugos la ofrecían a los criminales antes de la ejecución. Se entregó, pues, a los soldados una pócima compuesta de vino y mirra; pero el paciente la tocó ligeramente con la extremidad de los labios como para saborear su amargura y rehusó beberla a pesar de la ardiente sed que lo devoraba. La inocente víctima no quería mitigación alguna en sus dolores.

El Salvador cubierto por la púrpura de su preciosa sangre

Crucifixión (detalle), Giotto di Bondone, 1304 – Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)

A la hora sexta comenzó la sangrienta ejecución: los cuatro verdugos despojaron a Jesús de sus vestidos. Como su túnica estaba completamente adherida a su cuerpo desgarrado, se la arrancaron con tanta violencia, que todas las llagas se abrieron nuevamente y el Salvador apareció cubierto de una púrpura verdaderamente real, la púrpura de su propia sangre. Los verdugos le tendieron sobre la cruz para enclavarlo en ella. Se produjo entonces un profundo silencio: con los ojos fijos en el paciente, cada uno quería oír sus gritos y saciarse en sus dolores. Un brazo fue luego extendido sobre el travesaño de la cruz. Mientras los demás verdugos mantenían el cuerpo sujeto, uno de ellos colocó sobre la mano un enorme clavo y descargando recios golpes de martillo, lo hundió completamente en las carnes y madero hasta atravesarlos. La sangre brotó abundante, los nervios se contrajeron; Jesús con los ojos anegados en lágrimas, lanzó un profundo suspiro. Un segundo clavo atravesó la otra mano. Fijos ya los brazos, los verdugos hubieron de emplear todas sus fuerzas para extender sobre la cruz el cuerpo horriblemente dislocado; pronto resonaron nuevos martillazos y los dos pies fueron a su vez clavados. Estos golpes arrancaban a Jesús, suspiros; a María y a las santas mujeres, sollozos; a los judíos, aullidos feroces.

Ignoraban [los verdugos]que con esto daban a la letra cumplimiento a las palabras que un profeta pone en boca del Mesías: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”.

Los verdugos echaron suertes para poseer la túnica de Jesús

Concluida la crucifixión, los verdugos procedieron a levantar en alto el patíbulo y ponerlo vertical. Mientras unos lo sostenían por los brazos, otros aproximaban su base a la cavidad abierta en la roca sobre la cima del Calvario. La cruz fue allí plantada y al efectuarlo, se produjo un sacudimiento tal en todos los miembros del crucificado, que sus huesos chocaron unos contra otros, las llagas de los clavos se ensancharon y la sangre corrió por todo el cuerpo. Se inclinó su cabeza; sus labios entreabiertos dejaron ver su lengua seca; sus ojos moribundos se empañaron con denso velo. Cuando apareció así entre el cielo y la tierra, un clamor salvaje se levantó de todas partes: era el pueblo que lanzaba maldiciones al crucificado, como estaba escrito: “¡Maldito sea el criminal suspendido en la cruz!”. Los dos ladrones crucificados con Él, fueron colocados, uno a su derecha y otro a su izquierda, a fin de que se cumpliera otra profecía: “Ha sido asimilado a los más viles malhechores” (Is 53, 12).

Mientras que el populacho insultaba a los reos, los cuatro verdugos, fatigados de su trabajo, se sentaron al pie de la cruz del Salvador para repartirse sus vestidos como la ley se los permitía. Los dividieron en cuatro partes para tener cada uno la suya; pero siendo la túnica inconsútil o sin costura, resolvieron, por propio interés, dejarla intacta y que la suerte decidiera a cuál de ellos pertenecería. Ignoraban que con esto daban a la letra cumplimiento a las palabras que un profeta pone en boca del Mesías: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica” (Sal 21, 19; Jn 19, 24). Los jefes del Sanedrín versados en las Escrituras, habrían debido recordar los divinos oráculos al verlos cumplirse a sus propios ojos; pero el gozo del odio satisfecho, ahogaba en ellos todo recuerdo y todo humano sentimiento.

Jesús de Nazaret, rey de los judíos

Crucifixión, Lucas Cranach el Viejo, c. 1500 – Museo Nacional de Arte, Dinamarca

Un incidente bastante extraño vino a perturbar aquella criminal alegría. Se vio de improviso que los soldados colocaban en lo alto de la cruz un rótulo dictado por el mismo Pilatos en estos términos: Jesús de Nazaret, rey de los judíos. En cuatro palabras, esta inscripción contenía una injuria sangrienta dirigida a los fariseos. Para vengarse de aquel pueblo que lo había obligado a condenar a un inocente, el gobernador hacía pregonar que el criminal juzgado por ellos digno del suplicio de los esclavos, era nada menos que su rey. Y a fin de que todos los extranjeros que invadían entonces a Jerusalén pudieran saborear la amarga ironía, leíase dicha inscripción en tres idiomas diferentes: hebreo, griego y latín. Encolerizados a la vista de aquel rótulo, los jefes del pueblo despacharon un mensajero a Pilatos para manifestarle el ultraje que se hacía a la nación y pedirle que modificara la inscripción en esta forma: “Jesús de Nazaret, quien se llama rey de los judíos”. Pero Pilatos respondió bruscamente: “Lo escrito, escrito está” (Jn 19, 22).

“¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo”

En esta circunstancia, Pilatos profetizó como antes lo había hecho Caifás. Este declaró: “conviene que muera un solo hombre por el pueblo” (Jn 18, 14); y Pilatos proclama en todas las lenguas del mundo que este hombre, este Redentor, este Mesías, este Rey que debe dominar a todos los pueblos, judíos, griegos y romanos, es el Crucificado del Gólgota.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

La mala voluntad de Pilatos exasperó a los judíos. No pudiendo quitar aquel cartel que daba a Jesús el título de rey, resolvieron convertirlo en nuevo motivo de escarnio y de blasfemia. Los sacerdotes y escribas daban el ejemplo. “¡Ha salvado a otros!, decían burlándose, ¡que se salve a sí mismo! ¡Que este Mesías, que este rey de Israel descienda de la cruz y entonces creeremos en él! Si se proclamaba el Hijo de Dios ¡que venga Dios a librarlo!”.

El pueblo, alentado con las blasfemias de sus jefes, las repetía agregando groseros insultos. Pasaban y volvían a pasar frente a la cruz grupos enfurecidos y clamaban moviendo la cabeza: “Tú que destruyes el templo y lo reedificas en tres días, baja de la cruz y sálvate, si puedes. Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz”.

Los soldados mismos que, de ordinario, ejecutan su consigna en silencio, acabaron por tomar parte en este desbordamiento de injurias. Acercándose al Crucificado, ofrecíanle vinagre para refrigerarlo y le decían: ¡Si eres el rey de los judíos, sálvate, pues! (Mt 27, 39-44; Mc 15, 29-32).

No era, por cierto, bajando de la cruz como el Hijo de Dios debía consolidar su reino, sino muriendo en ella para cumplir su misión de Redentor y de Salvador. Por esta razón, al oír aquellas provocaciones sacrílegas, solo experimentó un sentimiento más vivo de amor. Sus ojos inundados en lágrimas se detuvieron un momento sobre aquellos judíos delirantes y por primera vez desde su llegada al Calvario, salió de sus labios una palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). No solamente pedía gracia para aquellos grandes culpables, sino que disculpaba, por decirlo así, sus crímenes y blasfemias atribuyéndolos a ignorancia. En efecto, ignoraban su divinidad, lo que hacía en parte menos criminal a esa horda de deicidas.

Actitudes del mal y del buen ladrón

Crucifixión con santos y un donante (detalle), Joos van Cleve, 1903 – The Metropolitan Museum of Art, Nueva York

Excitado por las irrisiones e insultos que la multitud lanzaba contra Jesús, uno de los ladrones crucificados a su lado, volvió la cabeza hacia él y comenzó a su vez a blasfemar, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero su compañero, tranquilo y resignado, le reprochó su conducta: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo”.

Al pronunciar estas palabras, el ladrón sintió que una gran transformación se operaba en su alma. Bajo la acción de una luz interior, se abrieron sus ojos y comprendió que Jesús era el Hijo de Dios que moría por la redención del género humano. El arrepentimiento, pero un arrepentimiento lleno de amor, penetró en su corazón e hizo subir las lágrimas a sus ojos. “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, le dijo. Y en el acto oyó esta respuesta de la infinita misericordia: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 39-43).

La naturaleza entera se cubrió con un velo de luto

Mientras que los príncipes de los sacerdotes, los doctores, los soldados y el populacho se burlaban de la dignidad real de Jesús y se deleitaban en sus dolores, un nuevo espectáculo vino de repente a infundir el espanto entre aquellos deicidas. Hacia el medio día, cuando el sol brillaba en todo su esplendor, el cielo hasta entonces claro y sereno, comenzó a ponerse sombrío y amenazante. Nubes, cada vez más espesas, cubrieron el disco del sol y poco a poco las tinieblas se esparcieron por el Gólgota, por la ciudad de Jerusalén y por toda la tierra. Era la noche misteriosa profetizada por Amós (8, 9): “En aquel día, el sol se apagará en la mitad de su carrera, y las tinieblas invadirán el mundo en medio de la más viva luz”. De esta manera respondía Dios a las insolentes provocaciones de los judíos: el sol se ocultaba para no ver su crimen; la naturaleza toda se cubría con fúnebre velo para llorar la muerte del Creador (cf. Lc 23, 44).

Nubes, cada vez más espesas, cubrieron el disco del sol y poco a poco las tinieblas se esparcieron por el Gólgota, por la ciudad de Jerusalén y por toda la tierra.

Al instante mismo, callaron los blasfemos, helados de pavor: un silencio de muerte reinó en el Calvario. La multitud, desatinada, huyó temblando; los mismos jefes del pueblo, creyendo ver en todo aquello los signos de la venganza divina, desaparecieron unos en pos de otros. Solo quedaron en el monte los soldados encargados de la guarda de los ajusticiados, el centurión que los mandaba, algunos grupos aislados que deploraban de corazón el gran crimen cometido por la nación y las santas mujeres que acompañaban a la Virgen María. Apartadas estas hasta entonces por los soldados, pudieron ya acercarse a la cruz. A la tenue luz del cielo enlutado, se veía el cuerpo lívido de Jesús y su rostro contraído por el dolor. Sus ojos estaban fijos en el cielo: sus labios entreabiertos murmuraban una oración.

Cooperación de la Santísima Virgen en el acto de la Redención

Cerca de María, Madre de Jesús, se encontraban Juan el discípulo amado, María de Cleofás y Salomé esposa del Zebedeo. María Magdalena, abismada en su dolor, se había arrojado al pie de la cruz y a ella se mantenía abrazada derramando un torrente de lágrimas. Jesús inclinó su mirada divina sobre estos privilegiados de su corazón. Sus ojos se encontraron con los de su Madre que le miraban sin cesar y en ellos vio su martirio interior y cómo la espada de dolor profetizada por el anciano del templo, penetraba hasta lo más íntimo de su alma. La juzgó digna de cooperar a la obra de la Redención, así como había cooperado al misterio de su Encarnación; y no contento con darse a sí mismo, llevó la bondad al extremo de darnos su Madre.

Lloraba Juan al pie de la cruz. Lloraba a su buen Maestro y aunque no le faltaban todavía sus padres, se creía huérfano sin Jesús, el Dios de su corazón. Jesús no pudo ver sin enternecerse las lágrimas del apóstol mezcladas a las lágrimas de María. Dirigiéndose a la divina Virgen, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). Este hijo que María daba a luz en medio de sus lágrimas, representaba a la humanidad entera rescatada por la sangre divina. Jesús lo entregaba a la nueva Eva, encargándole comunicar la vida a todos aquellos a quienes la primera había dado la muerte; y desde entonces María sintió dilatarse su corazón y llenarse del amor más misericordioso para todos los hijos de los hombres.

Jesús se dirige entonces a Juan y mostrándole con los ojos a la Virgen desolada, le dice: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27). Y desde aquel día Juan la amó y la sirvió como a su propia madre. También desde ese día, todos aquellos que Jesús ha iluminado con su gracia, han comprendido que para ser verdaderos miembros de Jesús crucificado, es necesario nacer de esta Madre espiritual creada por el Salvador en el Calvario.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Crucifixión, Philippe de Champaigne, c. 1630 – Museo del Louvre, París

Después de este don supremo de su amor, pareció Jesús aislarse de la tierra. Se hizo en torno suyo un silencio aterrador que se prolongó por tres horas: Los guardias, espantados, iban y venían entre las tinieblas sin decir palabra. El centurión, inmóvil delante de la cruz, parecía querer penetrar hasta el fondo del alma de este singular ajusticiado. Con los ojos fijos en el cielo, Jesús oraba a su Padre, ofreciendo por todos sus invisibles sufrimientos, sus ignominias; la sangre que vertían sus heridas y la muerte que iba a poner término a su martirio.

Súbitamente palideció su rostro y una espantosa agonía oprimió su corazón: se vio solo, cargado de crímenes, maldito de los hombres, expirando en un patíbulo entre dos malhechores. Proscrito de la tierra, su alma busca el cielo; pero, con más viveza que en Getsemaní, experimentó la indecible amargura del abandono más completo. La justicia de Dios hacía sentir todo su peso sobre la víctima de expiación, sin que un ángel del cielo viniera a consolarla en el momento supremo. Hacia la hora de nona, se escapó de su corazón despedazado este clamor de angustia: “Elí, Elí, lemá sabaktani”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Eran las primeras palabras del salmo en que David refiere anticipadamente los dolores y agonía del Hombre-Dios (Sal 21, 2; Mt 27, 46).

“Todo está consumado”

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Eran las primeras palabras del salmo en que David refiere anticipadamente los dolores y agonía del Hombre-Dios.

Entre tanto, comenzaban a desaparecer las tinieblas. Algunos judíos que habían permanecido en el Calvario, se atrevieron a burlarse nuevamente de su víctima moribunda. “Está llamando a Elías”, decían unos y otros: “a ver si viene Elías a salvarlo” (Mt 27, 47-49). Jesús sentía en aquel instante esa sed devoradora que causa el más horrible tormento de los crucificados. Sus entrañas estaban abrasadas, su lengua pegada al paladar. En medio del silencio, se deja oír de nuevo su voz: “¡Tengo sed!”, dijo, dando un profundo suspiro.

Había al pie de la cruz un vaso lleno de vinagre. Uno de los soldados mojó en él una esponja y atándola a una caña de hisopo, la aproximó a los labios de Jesús, quien sorbió algunas gotas para dar cumplimiento a la profecía de David: “Me han abrevado con vinagre para saciar mi sed” (Sal 22, 16).

Había bebido hasta la hez el cáliz del dolor, cumplido en todo la voluntad de su Padre, realizado las profecías, expiado los pecados del género humano: “Todo está consumado” (Jn 19, 28-30), dijo.

A esta palabra solemne, se pudo notar que el cuerpo de Jesús se ponía más lívido, que su cabeza coronada de espinas caía más pesadamente sobre el pecho, que sus labios perdían el color, que se apagaban sus ojos. Iba a exhalar el último suspiro, cuando de repente, levantando la cabeza, da un grito tan vigoroso, que todos los asistentes quedaron helados de espanto. No era el gemido plañidero del moribundo, sino el grito de triunfo de un Dios que dice a la tierra: “Yo muero porque quiero”. Sus labios benditos se abren por última vez y exclaman: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Dichas estas palabras, inclinó la cabeza y expiró.

 

Notas.-

1. En este sitio había antes una capilla dedicada a Nuestra Señora del Espasmo, cuyas ruinas se ven todavía.

2. Porque era de Cirene, ciudad al norte de África, fundada aproximadamente el año 630 a.C.

3. La tradición nos enseña que esta intrépida mujer se llamaba antes Serapia. Su nombre de Verónica seria una alusión al sagrado Rostro, en griego, Vera icon, verdadera imagen. Cuando Saulo perseguía a la Iglesia naciente, santa Verónica dejó Palestina, llevando consigo su precioso tesoro. Es una de las grandes reliquias cuya exposición se hace todos los años en San Pedro de Roma.

4. La tradición relativa al cráneo de Adán, muy anterior a Jesucristo, se encuentra en los escritos de casi todos los Padres, en particular de Tertuliano, Orígenes, san Epifanio, san Basilio, san Juan Crisóstomo, san Ambrosio, san Agustín. San Jerónimo la refiere en una carta a Marcela. San Epifanio afirma que ella nos ha sido transmitida, no solo por la voz de las generaciones, sino por monumentos de la antigüedad, librorum monumentis. Cornelio a Lápide la llama una tradición común en la Iglesia. Por lo demás, se la encuentra viva en Jerusalén en la basílica del Santo Sepulcro. Debajo de la capilla de la Plantación de la Cruz, se encuentra la capilla o la Tumba de Adán. La sangre de Cristo, filtrándose por la grieta de la roca, ha podido mezclarse con el polvo del primer hombre. Con el fin de recordar esta conmovedora tradición, se coloca en los crucifijos una cabeza de muerto a los pies de Jesús: es el cráneo de Adán bajo la cruz, como en el Gólgota.

 
El fin legítimo de la guerra es la paz en la justicia San Conrado de Parzham
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Tesoros de la Fe N°244 abril 2022


La Crucifixión El crimen más horrendo de toda la historia
Santa Faustina Kowalska, Apóstol de la Divina Misericordia Abril de 2022 – Año XXI El fin legítimo de la guerra es la paz en la justicia La crucifixión y muerte de Jesucristo San Conrado de Parzham ¿Es coherente llamarse católico y practicar ritos de otras religiones? Cheverny: Lo maravilloso del equilibrio



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