Ambientes Costumbres Civilizaciones Cheverny: Lo maravilloso del equilibrio

Plinio Corrêa de Oliveira

Considero que el panorama que se observa en esta ilustración es de gran categoría. Se trata del castillo de Cheverny, de estilo renacentista y clásico, situado en el valle del Loira, en Francia. ¿Dónde reside su belleza? Es necesario analizar cada elemento.

El césped es de un color verde esmeralda, que no germina en nuestros trópicos. En medio del césped, la cosa más común del mundo: un camino enteramente recto. Al fondo, un castillo.

¿Qué tiene este castillo de maravilloso? No se ve una estatua, no se observa casi ningún ornato, ni es una construcción costosa. Es lo maravilloso del equilibrio, lo maravilloso del edificio bien pensado, estudiado y construido con categoría. Es el equilibrio que se encuentra en las cosas francesas, que contienen toda clase de sabores.

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Analicemos el edificio. Se compone de una especie de torre central, que es el punto monárquico de la construcción. Esta parte central es ligera, esbelta, pero de tal manera está bien pensada que no parece en absoluto raquítica en relación con los dos extremos rechonchos y abultados existentes a ambos lados del punto central. La parte recta de la fachada está justo en el centro: es la gracia dominando la fuerza, Jacob dominando a Esaú. Los elementos pesados se coordinan alrededor del leve.

Es la afirmación de la superioridad del espíritu. El triunfo de la gracia sobre la fuerza, de la inteligencia sobre las cosas de la materia.

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Sin embargo, el contraste entre la parte central y los dos extremos es equilibrado —porque todo contraste, para ser equilibrado, debe presentar partes intermedias armónicas— por dos cuerpos de edificios iguales, que no son tan esbeltos como el central, ni tan abultados como los extremos, sino que se sitúan entre uno y otro preparando la transición.

La altivez del castillo es lo que tiene de más agraciado. Es como quien dice: “Soy fuerte, pero sobre todo me precio de ser inteligente. En definitiva, soy completo. Estoy dotado de inteligencia y de fuerza. Soy equilibrado”.

El castillo de Cheverny, siendo tal vez demasiado discreto, es realzado por la perspectiva. Se encuentra en un gran parque, rodeado de una simple pero espléndida alfombra esmeralda que le sirve de presentación. A lo lejos, las arboledas forman el marco. Se diría que emerge de un mundo de delicias y de misterios. La claridad y la lógica rodeadas por imponderables: otra forma de equilibrio.

¿No es verdad que uno de los placeres de la vida, que tornan la existencia humana digna de ser vivida cristianamente, es analizar las cosas de esta manera? Pero analizar con la mirada puesta en el Cielo. Porque estos son valores del espíritu, y lo son porque la civilización que engendró tales valores era cristiana. Lo son porque fue derramada la preciosa sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

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Tales valores son un reflejo de la Iglesia Católica. Si no existieran las virtudes cristianas, esto no habría sido así. De este análisis, por lo tanto, no se desprende un puro deleite para los ojos, ni un puro deleite para la inteligencia. Por encima de los halagos visuales y de la inteligencia hay una alegría superior del espíritu, que considera un orden trascendente de las cosas. Orden en el que existe un Dios personal y sobrenatural, en el que todas las formas de equilibrio se realizan de modo tan insondable, que ninguna criatura es capaz de imaginar. Así es como la bendición de Dios hizo la tierra y como la ha modelado la civilización cristiana. En última instancia, esta es una imagen del Cielo, para el cual todos estamos llamados.

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Tesoros de la Fe N°244 abril 2022


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