La Palabra del Sacerdote 1. ¿Por qué a veces se habla de “entrega” y no de “consagración”?

PREGUNTA

Durante la pandemia del Covid-19, los fieles de varios países pidieron a sus episcopados que renovaran la consagración de sus naciones a la Santísima Virgen para obtener su benevolencia y el fin de la peste. Me llamó la atención que los obispos de Italia y de Portugal, en los respectivos actos litúrgicos que celebraron en atención a estas peticiones, reservaron la palabra “consagración” exclusivamente para Jesús. En cuanto a María, en Fátima emplearon la palabra “entrega”, y en el santuario italiano de Caravaggio, “affidamento”, que significa lo mismo.

Me pareció extraño, ya que Nuestra Señora en Fátima pidió la “consagración” de Rusia (no simplemente la “entrega”) al Inmaculado Corazón de María. Si Rusia puede ser consagrada a nuestra Madre del Cielo, ¿por qué no Portugal o Italia, y mucho menos en una emergencia tan grave como la que vivimos?

RESPUESTA

Padre David Francisquini

Esta reticencia de los prelados y de los teólogos a utilizar el término “consagración” con relación a la Santísima Virgen se remonta a la época anterior al Concilio Vaticano II, bajo el pretexto de que “una consagración propiamente dicha únicamente se hace a una Persona divina, ya que la consagración es un acto de latría, cuyo fin último solo puede ser Dios”, como lo sostuvo el sacerdote jesuita Juan Alfaro (cf. Il cristocentrismo della consacrazione a Maria nella congregazione mariana, Stella Mattutina, Roma, 1962, p. 21). De hecho, en sentido estricto, la consagración es el acto por el cual una cosa es transferida de un uso común y profano a un uso sagrado; o el acto por el cual una persona o cosa es dedicada al servicio y al culto de Dios por medio de oraciones, ritos y ceremonias. Así se habla de la consagración de una iglesia, de un altar o de un obispo. El concepto tiene un aspecto positivo, el de pertenecer total y exclusivamente a Dios; y un aspecto negativo, que es el de sustraer al uso profano.

A lo largo de los siglos, la Iglesia no ha dudado en utilizar la palabra “consagración” para expresar el don y la ofrenda que una persona, un grupo humano o una región hacen de sí mismos a una criatura de Dios, como la Virgen, la Iglesia o una orden religiosa, como medio para servir mejor al propio Dios. Incluso en el lenguaje común este término se utiliza para expresar una dedicación total. Por ejemplo, cuando decimos que una persona se ha consagrado a una causa o a una obra.

¿Cómo es esto posible si solo Dios, Creador y Señor de todo lo que existe, tiene derecho a la pertenencia (dominio) total y exclusiva de sus criaturas? La respuesta es que se trata de la aplicación del conocido principio: cuando se dice algo de Dios, la referencia es en sentido propio; cuando se dice lo mismo de una criatura, el sentido es meramente análogo.

El protestantismo está en contra del vasallaje a la Santísima Virgen

Ya en el siglo IV aparece la noción de pertenencia a la Virgen en los escritos de san Efrén de Siria; y en el siglo siguiente una “santa servidumbre” a Ella, por la cual quienes la practicaban eran llamados “siervos de María”. En el siglo VII, probablemente en el año 626, después del asedio de ávaros y persas, la ciudad de Constantinopla expresó en el himno Akathistos su pertenencia a Aquella que los había salvado: “A ti, capitana y defensora, cantos de victoria y de gratitud. Madre de Dios, yo consagro tu ciudad, liberada de horribles amenazas”. San Ildefonso de Toledo (+667) difundió la idea de la consagración a la Virgen, o más exactamente “de la plena dedicación a su servicio”.

Santuario de Santa María del Fronte, en Caravaggio, donde el 1 de mayo de 2020 los obispos italianos realizaron un acto de “entrega” a la Virgen María en vista de los estragos que la pandemia del Covid-19 venía causando en su país

En el siglo VIII, san Juan Damasceno profundizó en el tema de la consagración a María. En un pasaje de su sermón sobre la dormición de la Virgen, escribió: “Te consagramos nuestras mentes, nuestras almas y nuestros cuerpos, en una palabra, todo nuestro ser”. Utilizó sin dudarlo el verbo griego anathemeni, que significa reservar para uso sagrado, establecer como obsequio votivo, dedicar, apartar.

En la sociedad feudal de la Edad Media, la idea de una dedicación total a un señor feudal inferior no parecía extraña. La sociedad se basaba entonces en un sistema de vasallaje sucesivo, según el cual el señor de un vasallo era a su vez vasallo de un señor superior, hasta llegar al rey. Y todos entendían que si cada vasallo en su respectivo nivel servía bien a su señor, el mayor beneficiario final de estas dedicaciones era el soberano.

Así, la idea de la consagración a Dios por medio de María entró con gran fuerza en la espiritualidad de muchos santos, órdenes religiosas, congregaciones y del mismo pueblo. El concepto de vasallaje a la Santísima Virgen solo fue cuestionado por la revolución protestante, con la orgullosa pretensión de que cada bautizado establezca una relación directa con Dios, sin ninguna intermediación de la Iglesia, de sus sacramentos y de su magisterio. El pretexto esgrimido para ello es que tal vasallaje nos alejaría de Cristo, el único Mediador.

El cardenal Pierre de Bérulle (+1629), fundador de la llamada “escuela francesa” de espiritualidad, impuso a la Congregación del Oratorio y a las carmelitas el voto de servidumbre a María. Surgió entonces una gran ofensiva de libelos anónimos motivados por el jansenismo, que era una versión moderada de los errores protestantes. El voto de esclavitud propuesto por el cardenal de Bérulle fue condenado por las universidades de Lovaina y Douai.

Consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María

San Luis María Grignion de Montfort, Giacomo Parisini, 1948 – Estatua de mármol, Basílica de San Pedro, El Vaticano. Doctor, profeta y apóstol; autor del célebre Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

En el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, san Luis María Grignion de Montfort sostiene de manera irrefutable que la esclavitud a María es el camino más rápido, fácil y seguro para conformarse a Jesucristo. Para evitar una condena similar a la del cardenal de Bérulle, el gran santo mariano tuvo la precaución de titular su fórmula de esclavitud mariana “Acto de consagración a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, por las manos de María”. El descubrimiento de este libro a mediados del siglo XIX hizo que la mariología se desarrollara decididamente en los círculos teológicos y que decenas de miles de fieles hicieran su consagración a la Santísima Virgen en los términos propuestos por san Luis de Montfort.

Este movimiento de entusiasmo por parte de los esclavos de amor de la Santísima Virgen fue confirmado indirectamente por las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, en las que dijo que vendría a pedir la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, que sería realizada por el Papa en unión con todos los obispos del mundo.

El 31 de octubre de 1942, en un momento crítico de la Segunda Guerra Mundial, el Papa Pío XII, en un radiomensaje a los fieles portugueses, hizo un acto de consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María, en los siguientes términos: “A ti, a tu Corazón Inmaculado, en esta hora trágica de la historia humana, confiamos, entregamos, consagramos no solo a la Santa Iglesia, cuerpo místico de tu Jesús, que sufre y se desangra en tantas partes y padece tribulaciones de tantos modos, sino también al mundo entero, desgarrado por feroces discordias, ardiendo en incendios de odio, víctima de sus propias iniquidades”. Un poco más adelante, el Papa hizo una analogía entre su acto y el de su predecesor León XIII: “Como al Corazón de tu Jesús le fueron consagrados la Iglesia y todo el género humano, […] así desde hoy te sean perpetuamente consagrados también a ti y a tu Corazón Inmaculado, oh Madre nuestra y Reina del mundo”.

Al honrar a la Santísima Virgen, honramos a Jesucristo

Estatua del Papa de la Segunda Guerra Mundial, Pío XII, que se encuentra en los exteriores de la basílica de San Lorenzo Extramuros, en Roma (Foto: Fr. Lawrence Lew, O.P.)

Diez años más tarde, en julio de 1952, el mismo Pío XII, en respuesta a las insistentes súplicas recibidas del mundo entero, declaró solemnemente en la Carta Apostólica Sacro Vergente Anno: “Así como hace algunos años consagramos todo el género humano al Corazón Inmaculado de la Virgen Madre de Dios, ahora, de manera muy especial, consagramos a todos los pueblos de Rusia al mismo Corazón Inmaculado”.

Durante su visita a Fátima, en el quincuagésimo aniversario de las apariciones, Paulo VI publicó la exhortación Signum Magnum, en la que animaba a todos los hijos de la Iglesia “a renovar su consagración al Inmaculado Corazón de María”. En el sermón que pronunció en Fátima el 13 de mayo de 1982, Juan Pablo II declaró: “Consagrar el mundo al Corazón Inmaculado de María, significa aproximarnos, mediante la intercesión de la Madre, de la propia Fuente de Vida, nacida en el Gólgota. […] Consagrar el mundo al Inmaculado Corazón de la Madre significa volver de nuevo junto a la Cruz del Hijo. Pero quiere decir, además: consagrar este mundo al Corazón traspasado del Salvador, reconduciéndolo a la propia fuente de la Redención”. El 25 de marzo de 1984, ante la imagen de Nuestra Señora de Fátima, traída a Roma desde Portugal para la ocasión, Juan Pablo II proclamó: “Abraza, con el amor de Madre y Sierva del Señor, este nuestro mundo humano, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por el destino terrenal y eterno de los hombres y de los pueblos. De manera especial, te encomendamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones que tienen especial necesidad de esta entrega y de esta consagración”.

A pesar de que los Papas han utilizado la expresión “consagración” en ocasiones solemnes para referirse a la entrega del mundo a María o a su Inmaculado Corazón, en los ambientes progresistas se impugna con vehemencia el uso de esta expresión, en nombre de los principios del Concilio Vaticano II. Para los prelados y teólogos de esta corriente, la inserción de la Iglesia en el mundo debería conducir a una disminución de lo sagrado y de la idea de consagración, en la medida en que estos implican una separación del mundo en lugar de una presencia y una comunión fraternas con él. Además, el redescubrimiento de la consagración fundamental a Dios en el bautismo haría superflua cualquier otra consagración o devoción. Y, por último, sostienen que un mayor rigor en el lenguaje teológico aconsejaría no utilizar el mismo vocablo para referirse a la entrega a Dios y a María.

En el pecho de la imagen, un medallón con estas hermosas palabras: “Consagración de la Parroquia de Ars a María concebida sin pecado, hecha en mayo de 1836 por el padre Juan María Vianney, Cura de Ars” (Foto: Frederico Viotti)

Estas críticas nos recuerdan lo que dice San Luis Grignion de Montfort sobre los devotos escrupulosos: “Son personas que temen deshonrar al Hijo al honrar a la Madre, rebajar al uno al honrar a la otra. No pueden tolerar que se tributen a la Santísima Virgen las justísimas alabanzas que le prodigan los Santos Padres. Toleran penosamente que haya más personas arrodilladas ante un altar de María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como si esto fuera contrario a aquello o si los que oran a la Santísima Virgen no orasen a Jesucristo por medio de Ella! […] Es un lazo sutil del espíritu maligno so pretexto de un bien mayor. Porque nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen. Efectivamente, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo; pues, si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleva a la meta, que es Jesucristo”.

La conclusión del santo es que la mejor forma de devoción a la Virgen es consagrarse a Ella como esclavo, porque “esta devoción nos consagra, al mismo tiempo a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro Dios y Redentor”. Con esta devoción le damos a Jesucristo todo lo que podemos darle, y de la manera más perfecta, porque lo hacemos a través de las propias manos de María.

De lo expuesto se comprende que el temor de los obispos italianos y portugueses a utilizar el término “consagración” en el acto de encomendar sus países y sus pueblos a la Santísima Virgen y pedir su protección durante la pandemia es totalmente infundado y contrario a la enseñanza constante del Magisterio y de los santos.

No dudamos en afirmar que esta frialdad de altos prelados hacia su Madre es la espina más dolorosa que hiere el Sagrado Corazón de su Hijo. Ofrezcámosle, en reparación, nuestra más tierna devoción a la Santísima Virgen y nuestra consagración a Ella, de preferencia según el método de San Luis María Grignion de Montfort.

San Pacomio, Abad 2. ¿Las consagraciones anteriores atendieron el pedido de la Virgen?
2. ¿Las consagraciones anteriores atendieron el pedido de la Virgen?
San Pacomio, Abad



Tesoros de la Fe N°245 mayo 2022


¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!
Concordancias entre los secretos de La Salette, de Fátima y la devoción a la Divina Misericordia Mayo de 2022 – Año XXI La verdadera devoción a la Santísima Virgen El largo camino para atender los pedidos de la Virgen en Fátima La gracia de Fátima actuando en Ucrania San Pacomio, Abad 1. ¿Por qué a veces se habla de “entrega” y no de “consagración”? 2. ¿Las consagraciones anteriores atendieron el pedido de la Virgen? Elevación de espíritu ante dos catedrales



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