Luis Dufaur En la misma montaña donde se encontró la imagen original de la Virgen del Valle entre 1618 y 1620, en la provincia de Catamarca, fue inaugurada la mayor imagen de Nuestra Señora que existe en el mundo, a unos 5.900 metros de altura. La Madre de Dios reina desde el Cerro Ambato, donde fue encontrada la imagen original, y puede ser vista desde diversas localidades de la región: El Rodeo, La Cuesta del Portezuelo, la Capital, el Valle de Ambato y Las Juntas. La imagen forma parte de un conjunto denominado “el camino de la fe”, sufragado por el empresario Walter D’Agostini, hijo de inmigrantes italianos que llegaron a Argentina huyendo de las desastrosas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. La madre del empresario le transmitió a su hijo su devoción por la Virgen del Valle y él se lo agradeció con esta obra como un regalo de su familia a la Santísima Virgen, abierto a todos los fieles que quieran acercarse. La estatua en sí mide 52 metros desde la base hasta la punta, que es un crucifijo, y es la más alta de América, mayor que el Cristo Redentor de Brasil o la Estatua de la Libertad de Estados Unidos, y equivalente a un edificio de once pisos. En su interior se construyó una capilla y también un mirador de 360 grados, al que se accede a través de una escalera de 117 peldaños. La obra demandó nueve años de esfuerzos, en los que el donante tuvo que superar muchas dificultades, incluidas las financieras. Sin embargo, la dedicación y el sacrificio del empresario y su familia lograron concluir el monumento. El hallazgo de la venerada imagen de la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora del Valle, tuvo lugar a inicios del siglo XVII en una gruta de Choya, en la provincia de Catamarca, al noroeste de Argentina. El pueblo de Choya, según documentos antiguos, estaba formado por encomenderos españoles a los que la Iglesia había confiado a los indígenas, mayoritariamente cristianos, para enseñarles un oficio, alfabetizarlos, trabajar en la agricultura y el pastoreo, respetar la familia y la propiedad privada. Uno de estos aborígenes, al servicio del encomendero Don Manuel de Salazar, oyó una tarde voces y pasos, y vio a un grupo de niñas con lámparas y flores que iban en dirección a la montaña. A la mañana siguiente, de vuelta en el lugar, siguió las huellas de las niñas durante varios kilómetros hasta encontrar un pequeño nicho de piedra rodeado por los restos de innumerables flores. Finalmente, encontró una imagen de la bienaventurada Virgen María de rostro moreno y con las manos juntas en oración. Al cabo de varios meses, le contó a su patrón lo que había visto. Le dijo que la veneraban, que estaba allí entre las rocas, que era de tez morena como los indios y que por eso la amaban, y que él también había aprendido a amarla. Hoy atrae a multitudes de devotos, particularmente en el norte de Argentina.
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