La modestia es una virtud derivada de la templanza que inclina al hombre a comportarse en sus movimientos internos y externos y en el aparato exterior de sus cosas dentro de los justos límites que corresponden a su estado, ingenio y fortuna (Santo Tomás, Suma Teológica II-II, q. 160). (…) La modestia corporal es una virtud que nos inclina a guardar el debido decoro en los gestos y movimientos corporales. Hay que atender principalmente a dos cosas: a la dignidad de la propia persona y a las personas que nos rodean o lugares donde nos encontramos. La modestia corporal tiene una gran importancia individual y social. De ordinario, en el exterior del hombre se transparenta claramente su interior. Gestos bruscos y descompasados, carcajadas ruidosas, miradas fijas o indiscretas, modales relamidos y amanerados, y otras mil impertinencias por el estilo son índice, generalmente, de un interior desordenado y zafio. Con razón advierte san Agustín en su famosa Regla que se tenga particular cuidado con la modestia exterior, que tanto puede edificar o escandalizar a los que nos rodean. Y la Sagrada Escritura nos advierte que “uno puede decir cómo es un hombre por su apariencia; un hombre sabio se reconoce como tal al verlo por primera vez. La vestimenta de un hombre, su risa abundante y su modo de andar proclama lo que es” (Eclo 19, 26-27). A la modestia corporal se oponen dos vicios: uno por exceso, la afectación o amaneramiento, y otro por defecto, la rusticidad zafia y ramplona. La modestia en el ornato es una virtud derivada de la templanza que tiene por objeto guardar el debido orden de la razón en el arreglo del cuerpo y del vestido y en el aparato de las cosas exteriores. Santo Tomás advierte que en las mismas cosas exteriores que el hombre usa, no cabe el vicio, pero cabe perfectamente por parte del hombre que las usa inmoderadamente. Este desorden puede ser doble: a) por parte o en relación con las costumbres de las personas con quienes hemos de convivir; y b) por el desordenado afecto con que se usen, desdigan o no de las costumbres de esas personas. Este afecto desordenado puede ser de tres maneras: por vanidad (por llamar la atención con aquel vestido elegante), por sensualidad (vestidos suaves y delicados) o por excesiva solicitud (no pensando más que en modas y en presentarse bien elegante en público).
Antonio Royo Marín OP, Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 1962, p. 567, 577-579.
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Martirizado en París el 21 de enero de 1793 |
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