Con motivo del bicentenario de la Revolución de 1789, Plinio Corrêa de Oliveira redactó una meditación sobre la muerte de Luis XVI, acontecimiento que tuvo lugar el 21 de enero de 1793. El rey francés, de 38 años de edad, fue guillotinado en París, en la Plaza de la Revolución, antigua Plaza Luis XV, rebautizada con el nombre de Plaza… de la Concordia. Plinio Corrêa de Oliveira
Oh María Santísima, considerando todo lo que este pobre rey tuvo que sufrir por haber sido blandengue, te pedimos que nos concedas la gracia de no ser nunca débiles ante la Revolución,1 de no perder jamás una sola oportunidad de combatirla y de combatirla sin descanso. Obtén para nosotros la gracia de emplear todos los medios para contener el ímpetu de la Revolución, para reducirla a nada y para hacer triunfar en todas partes a la Santa Iglesia y a la civilización cristiana. Para que con ello triunfes Tú, oh María, Reina del Cielo y de la Tierra, y triunfe tu Divino Hijo. Tú, oh María, cuya victoria es necesariamente la victoria espléndida de tu Divino Hijo. Oh María, que venga a nosotros tu Reino, para que venga a nosotros el Reino de Jesús. Ordena que se aceleren los acontecimientos que predijiste en Fátima, para que la actual época de reinado de la Revolución satánica e igualitaria —de la que la ejecución de Luis XVI fue un episodio característico y conmovedor— cese lo antes posible y descienda sobre nosotros tu Reino. No para ser el Reino de los perezosos, de los débiles —que, en última instancia, si vencieron fue solo porque Tú interviniste, con tus ángeles, en su favor—, sino para ser el Reino de los héroes que lucharon como gigantes, porque la gracia y las virtudes cristianas, y sobre todo las virtudes de la pureza, la fortaleza y la humildad, los cubrieron como una corona, y supieron ser, al mismo tiempo, terribles en la hora de la batalla y modestos y desapegados en la hora de la victoria. Como a Nuestro Señor, ataron las manos del rey
Los ayudantes del verdugo Sansón se acercan a Luis XVI y quieren atarle las manos. —“¿Atarme a mí? ¡No, no sufriré esto!”, los interrumpe. El confesor entonces le susurró al oído: —“Sire, en esta nueva afrenta no veo sino un último rasgo de semejanza entre vos y el Dios que será vuestro premio”. Estas sublimes palabras del sacerdote alentaron la piedad del rey. Luis XVI extiende sus manos. —“¡Haced ahora lo que queráis!”. Y los secuaces de Sansón —muy dignos de la revolución en la que sirvieron de cómplices— amarraron las manos del rey. Y así fue, con la intención de imitar a Nuestro Señor Jesucristo, cuyas divinas manos fueron atadas por sus verdugos durante la Pasión, que el rey subió, peldaño a peldaño, las escaleras de la horca y se dirigió decidido hacia la guillotina. Sus últimas palabras Luego hizo una señal a los tambores frente a él. Impresionados, los soldados dejaron de tocar: “Franceses —grita el rey con voz audible hasta el final de la plaza—, muero inocente. ¡Perdono a los autores de mi muerte y pido a Dios que la sangre que ahora será derramada nunca caiga sobre Francia! Y ustedes, desgraciados…”.2 El rey pretende continuar con su reprimenda, pero un hombre a caballo, vestido con el uniforme de la guardia nacional, blande su espada sobre uno de los tambores y lo obliga a opacar con su ruido la voz del rey. ¡En ese momento supremo, a un paso de la guillotina, los revolucionarios aún temen que las palabras del soberano conmuevan a la multitud y todo el proceso revolucionario retroceda! * * * Los verdugos tendieron al rey sobre la plataforma de la guillotina. La cuchilla cayó pesadamente sobre la nuca del rey y su cabeza rodó por el suelo. El infame verdugo la coge mientras aún gotea sangre y da una vuelta alrededor del patíbulo para que todo el pueblo sepa que el rey ha sido decapitado. Para Luis XVI, la luz del sol ya no brillará en este mundo, sino hasta el día en que todos resucitaremos.
Fue en el momento en que el rey estaba siendo tendido para recibir el golpe fatal cuando, según algunas narraciones, el sacerdote Edgeworth de Firmont habría exclamado estas sublimes palabras: “¡Hijo de san Luis, sube al Cielo!”. Varios testigos afirman la autenticidad de esta frase. El sacerdote irlandés, sin embargo, siempre negó haberla pronunciado. De ahí se puede pensar que, o bien el padre Firmont hizo esta exclamación movido por una inspiración divina y luego la olvidó (hecho fácilmente comprensible, dada la emoción en la que se encontraba), o bien la frase fue creada por otra persona con el fin de expresar —por cierto, de manera muy acertada— la profunda realidad de aquel momento histórico.3 Desde el Cielo, Luis XVI contempla a la Francia de nuestros días
¿Quién puede dudar de que una muerte consumada en tales condiciones haya sido seguida por la apertura de par en par de las puertas celestiales para el alma de este conmovedor hijo de san Luis? Allí, desde lo alto del Cielo, contempla —con aquella benevolencia que tantas veces debería haber sido secundada por la fuerza— la Francia de nuestros días. Y dado que en el Cielo no se sufre el tormento del arrepentimiento, pues ya ha sido perdonado de todos sus pecados y no tiene más perdón que pedir, mira a Francia, esa querida Francia, esa gran Francia, esa Francia que la Santísima Virgen no deja de amar y favorecer y que, sin embargo, como la mayoría de las naciones de hoy, no deja de ofenderla y renegar de Ella. Ciertamente la Virgen Madre reza por ella, para que sacuda vigorosa y victoriosamente el yugo de la Revolución. * * * Mientras tanto, el padre Edgeworth de Firmont se fue alejando poco a poco del patíbulo, donde su presencia ya no tenía razón de ser. Al acercarse al populacho, temía que estos lo despedazaran. Pero, por un misterio sublime, el sacerdote escapó ileso y desapareció entre la multitud, sin que nadie intentara atraparlo. En la prisión del Temple, los tambores de la guardia redoblan. Bajo las ventanas de la torre del homenaje, los centinelas gritan: “Viva la República!”. María Antonieta lo comprende todo…
Se siente abrumada por el dolor. El joven príncipe rompe a llorar. Madame Royale lanza gritos desgarradores. María Antonieta, con el cuerpo convulsionado por los sollozos, se desploma sobre el lecho. De repente, se levanta, se arrodilla ante su hijo y lo saluda con el título de rey. Luis XVII, sucesor de Luis XVI, desapareció misteriosamente de la prisión del Temple, o fue asesinado por sus verdugos: la cuestión sigue debatiéndose hasta el día de hoy. La reina María Antonieta será condenada a muerte en breve. Madame Elisabeth, hermana del rey, será igualmente condenada. Madame Royale, hija de los desafortunados monarcas, después de tres años de cautiverio solitario en la Torre del Temple, fue finalmente intercambiada por revolucionarios caídos en poder de los austriacos. * * * El padre Firmont, con una recompensa ofrecida por su cabeza, permaneció fugitivo, escapando de un lugar a otro dentro de Francia, hasta que se enteró de la ejecución de Madame Elisabeth, a quien pretendía servir, si aún le fuera posible. Ahora, la lealtad a su monarca le exigía algo más: partir al exilio, buscar a los hermanos de Luis XVI (el conde de Provenza, futuro Luis XVIII, y el conde de Artois, futuro Carlos X) y ponerse a su servicio. Habiendo acompañado a la familia real por los diversos caminos del exilio, entregó su alma a Dios en 1807, a la edad de 62 años. Símbolos que no mueren ¿Acabó aquí esta historia? Si hay una historia que no ha terminado, es esta. Porque la memoria de Luis XVI, al igual que la de María Antonieta, sigue viva. Son símbolos que no mueren en la memoria ni en el corazón de muchos franceses. Ya sea porque son amados como se merecen o porque son odiados como no lo merecen.
Porque, de alguna manera, simbolizan la lucha entre el bien y el mal, entre la revolución y la contrarrevolución, serán siempre recordados, con profundo respeto y profundo dolor, por todos aquellos que tienen al menos una centella de contrarrevolución en el alma. Y serán vistos con extremo odio por todos aquellos que, portadores del espíritu de Satanás, odian todas las desigualdades y odian a este rey, cuyo gran defecto, sin embargo, fue el exceso de mansedumbre (lo cual también se puede decir de María Antonieta). * * * Una vez más debemos recurrir a ellos y pedirles que nos obtengan de Dios fuerza, fuerza y más fuerza. Fuerza en favor de la justicia, fuerza en favor del bien, fuerza en favor de la contrarrevolución. Fuerza en favor tuyo, María Santísima, nuestra Madre, en favor de tu Divino Hijo, nuestro Salvador y Redentor. Fuerza, en fin, en favor de la Santa Iglesia y de la civilización cristiana. Haznos fuertes para que, amándote con el amor de los fuertes, sepamos servirte con la dedicación y la eficacia de los fuertes, a fin de que llegue cuanto antes tu Reino sobre la Tierra, ¡oh María, oh Jesús!
Notas.- 1. El autor llama Revolución al proceso que busca destruir la civilización cristiana para reemplazarla por situaciones y modos de ser opuestos al orden deseado por Dios.
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Martirizado en París el 21 de enero de 1793 |
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