He aquí algunas reflexiones sobre la primera flor de santidad que brotó en Plinio Corrêa de Oliveira Existen varios aspectos de la vida de santa Rosa de Lima que merecen un comentario. Ante todo, el hecho de que Rosa perteneciera a una antigua familia noble, aunque empobrecida. No dispongo de estadísticas que me permitan formular una observación precisa al respecto, pero tengo la impresión de que, proporcionalmente, la categoría de personas de la cual la Providencia extrae mayor número de santos es precisamente la de las familias nobles carentes de fortuna; aquellas que, en cierto modo, reproducen la condición de la Sagrada Familia de Nazaret, de sangre real, pero sin recursos materiales para sostenerse. Es una situación sumamente penosa y difícil, pero también sumamente bendecida, en la que la dignidad de la estirpe, de la educación y del carácter debe brillar por sí sola, sin el auxilio prestigioso y útil del dinero. De ahí se comprende que exista en ello un rasgo de predilección divina. La belleza de una existencia humilde e inocente
Por otra parte, resulta muy hermosa la visión de sus ocupaciones durante la juventud. Durante muchos años vivió retirada en una celda construida por ella misma en el jardín de la casa paterna y ayudaba a sus padres bordando y cultivando flores, que luego la familia vendía. Tales pormenores en la vida de los santos son permitidos por la Providencia con el propósito de adornar su existencia y de hacer que, a través de esa belleza secundaria y casi episódica, contemplemos algo más profundo en la santidad, atrayéndonos por ese camino hacia la admiración de la virtud. Su concepto sobre la mortificación y su elevadísima oración Es igualmente notable su concepción sobre el cuerpo y su actitud frente al sufrimiento. Al cuerpo no le concedía nada. Según relatan sus biógrafos, apenas se permitía dos horas de sueño por la noche. Para ella, el cuerpo era únicamente un instrumento destinado a recibir sacrificios, a padecer dolores que le ayudaran a completar —en lo que concernía a su propio aporte— los méritos y sufrimientos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Tal postura apenas se comprende si no se considera la contrapartida de la oración. Durante la oración, Rosa tenía consolaciones extraordinarias. Experimentaba un verdadero cielo en la tierra durante diez horas al día. Era esa abundancia de consuelos lo que le daba ánimo para soportar después una existencia de dolor y sufrimiento que, sin tal auxilio, habría sido literalmente imposible. Las dos vías de santidad: aridez y consolación
Aquí se perciben las similitudes y las diferencias en las vidas de los santos. Santa Teresita del Niño Jesús afirmaba que estaba tan habituada al sufrimiento que, cuando llegara al cielo, necesitaría deshabituarse de sufrir para sentirse verdaderamente feliz. Existe, pues, una profunda analogía entre esta concepción de santa Rosa de Lima sobre el sufrimiento y el testimonio de santa Teresita. No obstante, en lo relativo a las vías de la oración, eran muy distintas. Santa Rosa gozaba de una oración altísima y sensible; santa Teresita, en cambio, tenía una oración árida, tan árida que a veces llegaba a dormirse en el coro. Le resultaba tan difícil concentrarse que el simple ruido del rosario de una religiosa arrodillada junto a ella bastaba para distraerla. Y, sin embargo, tanto la oración de la aridez como la oración de la consolación eran igualmente aceptadas por la Santísima Virgen y presentadas a Dios Nuestro Señor como variantes de una misma realidad que, en su conjunto, es enteramente coherente y uniforme consigo misma: la santidad. Otro aspecto digno de observación fue su actitud hacia su madre. Rosa sabía que su madre sufriría mucho con su muerte, y pidió entonces para que la aceptara y tuviera fuerzas para resistir ese dolor. Fue tan ampliamente escuchada que su madre no solo tuvo fortaleza, sino que experimentó alegría en medio del sufrimiento y de la pérdida de su hija. La resignación cristiana ¿Cómo explicar esa alegría? La resignación cristiana, en su sentido más profundo, es tristeza, pero una tristeza sostenida por contrafuertes de paz y de alegría, de modo que hay más felicidad en un alma cristiana profundamente triste pero resignada que en la felicidad superficial de quien no conoce esa aceptación. Hoy en día, consolar es acariciar con afectación a una persona que está llorando. Se ve la exageración de ello en los entierros: esos abrazos, esas frases de circunstancia, esas lágrimas pasajeras. Antiguamente no era así. En latín, consolare significa dar fuerza, robustecer el alma para soportar la pena. El gesto afectuoso podía entrar, sí, pero secundariamente, con medida. La verdadera consolación era el fortalecimiento del alma para aguantar el dolor. La resignación cristiana es precisamente hija de la consolación. Nace de la aceptación vigorosa del dolor iluminada por la certeza de un orden superior y de una razón que trasciende lo transitorio y episódico. Así, esa consideración otorga al hombre una alegría superior en medio de sus tristezas. Una madre que llora la muerte de su hijo puede decir: “Qué lamentable, pero sé que todo pasa; sé que Dios lo permitió para nuestro bien; sé que en el cielo habrá explicación y reencuentro; sé, sobre todo, que allí pensaremos más en Dios que en nosotros mismos, y que Jesucristo será nuestra recompensa demasiadamente grande”.
Plenitud de las alegrías celestiales Tales elevadas consideraciones confieren al alma un equilibrio y una estabilidad que constituyen la verdadera resignación cristiana. Las gracias del Espíritu Santo pueden acentuar ese fondo de alegría que existe en la resignación. Y fue lo que sucedió con la madre de Rosa: recibió tanta fuerza que la alegría interior presente en su resignación fue intensificada por las gracias divinas hasta el punto de que debió ocultarlo para no ser malinterpretada. ¿Qué era esa alegría? Sin duda, una participación en la alegría de santa Rosa, que ya estaba en el cielo, inundada por la plenitud de las alegrías celestiales. Aquí tienen, pues, algunas observaciones sobre la vida de santa Rosa de Lima.
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