Plinio Corrêa de Oliveira Existe una belleza singular cuando un jinete ejecuta un gran salto a caballo. Es un vuelo superior al de un avión, pues el jinete conduce algo vivo y mutable, pero que es gobernado por él. La vitalidad del caballo depende de un dominio psicológico que el jinete ejerce sobre el animal. El jinete que es muy audaz comunica su audacia al caballo. Ambos forman una sola audacia, una sola fuerza, participan de un mismo vuelo; pero en el conjunto se percibe el alma del jinete. Este tiene el dominio del caballo; en él brillan la inteligencia, la responsabilidad y la gloria. En esta fotografía, el caballo se encuentra en una posición en que la luz incide con una belleza perfecta, lo ilumina como un artista podría haberlo imaginado. Todas las formas del caballo se ponen en evidencia, así como su musculatura y toda su fuerza. El jinete irradia en esa ascensión que el hombre es el rey de la naturaleza. Adviértase asimismo el riesgo: si el salto sale mal, el jinete puede quedar lastimado. No piensa en el error, piensa en el riesgo; pero lo ha previsto todo, está disfrutando de la alegría de vencer el peligro y saborear la victoria por adelantado. El tejido junto a su sombrero, de modo especial y heroico, es acariciado por el viento, igual que el hombre acaricia y levanta al caballo. Esto causa la impresión de heroísmo, de victoria, de gloria. El sombrero de ala ancha es propio del hombre dispuesto a cualquier aventura. La crin del caballo da la impresión de un incendio frío; suspendida por el viento, parece una llamarada. La calidad del caballo puede juzgarse por los ojos y por las patas delanteras. El animal tiene los ojos desorbitados, ligeramente abiertos ante el peligro; los labios entreabiertos, como si ansiara devorar el riesgo. Observen el movimiento delicado de las patas delanteras del caballo: él está volando, pero ellas reposan con elegancia. En cierto sentido, esta escena podría denominarse: señorío perfecto de la voluntad humana.
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