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Símbolo de que el Reino de los Cielos es de los violentos Plinio Corrêa de Oliveira
Una montaña desafía al hombre: ¿quién tendrá el valor de emprender la escalada? El desafío está en la atracción. No hay quien no sienta deseos de llegar hasta lo alto. No hay quien no desee bañarse en la luz expuesta en este panorama y quedar inmerso en ella. Pero, qué piedras escurridizas… Qué caminos resbaladizos y difíciles… ¡Cuánta energía será necesaria! ¡Gran lección moral! Realmente, las grandes luces están en las cumbres. Cumbres de la virtud, de la fe, de la sabiduría. Pero es necesario fuerza para trepar esas cumbres. Dice Nuestro Señor en el Evangelio que el Reino de los Cielos es de los violentos. Y sólo con violencia puede ser conquistado.
En la tierra, el hombre no existe apenas para el gozo de la vida, sino para ser héroe, para tener un alma capaz de practicar grandes acciones. Imaginen este panorama sin elevaciones; todo su equilibrio quedaría perjudicado. Las montañas existentes en la tierra son columnas necesarias para el equilibrio terrestre. El panorama parece de un cuento de hadas. La nieve se presenta tan apetecible, que se tiene ganas de comerla con una cuchara. Se imagina en un trineo con renos jalándolo velozmente por las nieves. Pero después de ello, ¿quién no pensará en subir la montaña y no sentirá tristeza al no poder escalar hasta lo más alto? Cumbre que puede ser alcanzada por penosas ascensiones, invitando a los hombres a escaladas aún más arduas, y que evoca el cielo de todos los ideales. La Sagrada Escritura califica a la Santísima Virgen como “mons super montes positum” — un monte colocado sobre todos los montes. El pico más alto de la montaña representa a Nuestra Señora, más virginal, más nívea, más pura que todo cuanto se pueda imaginar. Los otros picos pueden simbolizar a los santos de la Iglesia Católica: cristalinos, brillantes, elevados. Pero nadie llega hasta Ella. Por encima de la Virgen Santísima, apenas Dios, representado por el cielo añil que creó, para indicarnos que Él está por encima de todo, y que sólo en la otra vida lo alcanzaremos.
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¡Señor mío y Dios mío!Las Promesas del Sagrado Corazón de Jesús |
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