La Palabra del Sacerdote Si no hay comprensión, ¿la solución será el divorcio?

PREGUNTA

¿Si en un matrimonio ya no existe comprensión entre los cónyuges, y ambos deciden que el divorcio es la solución, cómo se debe proceder?

¿La persona está sentenciada a vivir sola para el resto de su vida? ¿O a pesar de todo tiene que perdurar el matrimonio, que por sí solo fue un desastre?


PREGUNTA

La consultante nos presenta un problema para el cual, realmente, sólo hay una solución: ¡el heroísmo! Sea que la pareja disuelva el matrimonio —y cada uno de los cónyuges tenga la valentía de vivir solo para el resto de su vida— o que ambos tomen la decisión de mantener el matrimonio “que por sí solo fue un desastre”, ambas soluciones sólo son viables si cada uno de los cónyuges, o al menos uno de ellos, resuelve abrazar el heroísmo. Ahora bien, el heroísmo es una disposición de alma muy rara en todas las épocas; por eso mismo, todos los pueblos siempre rindieron homenaje a sus héroes como seres excepcionales, que merecen una honra muy especial. De donde se llega a la conclusión obvia de que el problema presentado no tiene solución, en la inmensísima mayoría de los casos, máxime en nuestra época en que la observancia habitual de los principios y normas del catolicismo es casi tan rara cuanto el propio heroísmo. Entonces, es forzoso reconocer que el problema no tiene realmente solución... ¡fuera del heroísmo!

En síntesis, tal situación es dolorosa y simplemente asoladora para la mayoría de quienes se encuentran en ella. Sin embargo, algo más se puede decir, incluso consejos prácticos, que desdoblan esta respuesta y ayudan a las personas a enfrentar esas dificultades. Lo haremos a continuación.

La minifalda introdujo “un nuevo estilo de vida”

La primera consideración que se debe hacer, es que la situación no era así hace 50 años, al menos en la mayor parte de América Latina. Ya en los Estados Unidos, la introducción del divorcio conducía a sucesivos matrimonios —motivo de escándalo para todo el mundo— noticiados ávidamente por la prensa, que así concurría, consciente o inconscientemente, a su propagación.

Pero ciertas fuerzas actuaban conscientemente en el sentido de la disolución de los principios y de las normas de la moral católica. La introducción de la minifalda es un ejemplo característico, que marcó época. Un diario carioca, que reunió en fascículos los principales hechos del siglo XX, así informó del acontecimiento: “El público vio perplejo que las faldas subieron encima de las rodillas en el desfile de la colección primavera-verano del costurero francés André Courrèges, en el invierno de 1965. Pero el éxito de la minifalda y del minivestido se debió en gran parte a la joven estilista inglesa Mary Quant, [...] que encogió aún más la basta de las faldas, popularizando la haute couture (alta costura) del maestro francés inclusive fuera del continente. No sólo la ropa cambiaba, sino la mujer que la vestía, con un nuevo estilo de vida (“O Globo”, fascículo 23, p. 551 — destaque nuestro).

Quedaba claro, por lo tanto, que la introducción de la minifalda no era una simple cuestión de moda, sino que por medio de ella se pretendía introducir “un nuevo estilo de vida” para “la mujer que la vestía”.

Ahora bien, no era apenas la mujer que adoptaba un nuevo estilo de vida, sino también el hombre. Por los designios de Dios el hombre y la mujer fueron creados uno para el otro, para la transmisión de la vida y todas las otras metas para las cuales existe la familia. Así, era un nuevo estilo de vida que se introducía también en la familia, marcada ahora por el hedonismo, y por lo tanto por el egoísmo, pues la búsqueda del placer por el placer (hedonismo) es fundamentalmente egoísta.

¿Cómo esperar que ese nuevo estilo de vida, marcado por el egoísmo, no produjese lo que produjo? Es decir, el matrimonio, que antes duraba “hasta que la muerte los separe”, según la fórmula clásica, pasó a durar apenas tanto cuanto el egoísmo de los cónyuges lo soporte. Particularmente después de la introducción del divorcio, “legalizando” las separaciones que ya se venían haciendo de hecho.

Por lo tanto, la pregunta presentada por la consultante no tiene solución mientras dure ese “nuevo estilo de vida”. Para que se haga posible una solución, es necesario dar vuelta atrás a ese “nuevo estilo de vida”. Pero qué pasos inmensos será necesario dar, para volver atrás en ese y en muchos otros puntos...

De ahí la convicción de la gente recta y sensata, de que eso sólo será posible con una intervención extraordinaria de la Providencia, conforme tratamos en el tema de esta columna el mes pasado (más importante, por lo demás, de lo que habrá pensado algún lector poco atento).

Algunos consejos prudenciales

Mientras no se dé tal intervención extraordinaria de la Providencia, anunciada por Nuestra Señora en Fátima, es necesario seguir viviendo, y la consultante agradecería ciertamente que le demos algunos consejos prácticos.

El primero es considerar, en función de lo que antes expusimos, que su caso concreto no resulta apenas de circunstancias personales peculiares de la pareja. Los esposos deben comprender que el mundo entero está desestabilizado, y es en ese mundo que tenemos que vivir, mientras no se produzca la regeneración cristiana de la humanidad. Así, un segundo “matrimonio” no resolverá nada, pues además de infringir los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, es muy probable que los problemas del primer matrimonio no tarden en reaparecer. De ahí las noticias frecuentes de un tercer y cuarto “matrimonios”...

Es más prudente, por lo tanto, intentar resolver las fricciones que volvieron “un desastre” al matrimonio original, según observa en la carta. Como dicen que el amor es ciego, cada uno de los cónyuges probablemente cerró los ojos para los defectos del otro, los cuales después se hicieron patentes. Además de ser muy común, pues, que durante el noviazgo cada cónyuge haya ocultado sus defectos, justamente por el temor de echar a perder el matrimonio.

Bien, ¿y qué sucede cuando ya no hay cómo ocultarlos? Cada defecto provoca una irritación, y así comienza la “cacería de los defectos” del otro...

Conozco el hecho de una pareja en que uno de los cónyuges se dio cuenta de la situación, y le dijo al otro: “Estamos a punto de separarnos, porque cada uno de nosotros sólo ve los defectos del otro. Que tal si, en vez de sólo mirar los defectos de uno y otro, pasamos a mirar apenas las cualidades?” La pareja se rehabilitó, abandonó los planes de separación, y la convivencia se volvió nuevamente armoniosa. Esta especie de milagro ocurrió exactamente después que les llegó a casa una Medalla Milagrosa, y por medio de ella recibieron esa gracia extraordinaria.

¿No es éste un ejemplo que invita a la imitación?

El divorcio y la doctrina católica

Tal vez allí esté la solución, que puede ser obtenida por medio de la Santísima Virgen rezando el rosario (¿por qué no rezarlo en pareja, y si fuera posible junto con los hijos?), usando una medalla milagrosa u otro objeto piadoso bendito por un sacerdote, que la Santa Iglesia ofrece en abundancia. El heroísmo, que en mayor o menor medida siempre es necesario en la vida de un católico, se hará más fácil de practicar, reducido a la altura de nuestras fuerzas actuales.

Entrar por una vía fuera de los mandamientos de la Ley de Dios no es admisible. Desastre mayor que ése, no hay. Que Nuestra Señora del Buen Consejo los ayude a restablecer la armonía familiar y a caminar siempre por las vías divinas de la salvación. 



Santa Hildegarda La sabiduría de los monasterios
La sabiduría de los monasterios
Santa Hildegarda



Tesoros de la Fe N°93 setiembre 2009


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