La Palabra del Sacerdote Nuevos conceptos, viejas palabras: enamoramiento, noviazgo y matrimonio

PREGUNTA

Quisiera saber si es posible casarme solamente por la Iglesia, sin hacerlo por lo civil. Pues mi novio no quiere por ningún motivo casarse, y pienso al menos convencerlo de casarnos por lo religioso, para que tengamos la bendición de Dios.


RESPUESTA

El matrimonio real en Inglaterra deslumbró meses atrás al mundo por la pompa que lo acompañó


La consultante presenta un problema que en realidad tiene dos aspectos, uno de fácil solución, y otro muy complejo y delicado.

Comencemos por el de fácil solución: es posible, sí, casarse solamente por la Iglesia, sin formalizar el matrimonio civil, con tal que su novio no tenga compromisos provenientes de eventuales uniones anteriores, como pensión alimenticia, hijos que criar, etc. Sin embargo, aunque los tenga y con tal que los satisfaga debidamente, el párroco podrá realizar el matrimonio religioso, con licencia del obispo, sin mayores problemas (cf. Código de Derecho Canónico, 1071). Pero la cuestión tiene otro lado —este sí, muy complejo— que trasparece en la pregunta. Realmente, no es comprensible que su novio no quiera “por ningún motivo casarse”, pero al mismo tiempo la consultante piensa que puede “convencerlo de casarnos por lo religioso”. Un simple “juntarse” estable entre un hombre y una mujer ya acarrea obligaciones civiles, cuanto más un matrimonio religioso, con el agravante de que éste es vinculante; “hasta que la muerte los separe”, como dice el ritual del matrimonio católico.

La consultante debería, pues, apurar las razones que llevan a su novio a rehusar el matrimonio. ¿Cuál es el misterio que está por detrás de esa recusa? Un matrimonio religioso con tales disposiciones previas del futuro marido puede llevar a desenlaces desagradables y dolorosos…

Y aquí entra una realidad de nuestros días que es de conocimiento general: ¿cuánto tiempo durará ese matrimonio? ¿Valdrá la pena correr tal riesgo? Para la consul­tante, que desea vivir bajo las bendiciones de Dios, esto im­plicará la imposibilidad de un nuevo matrimonio. Para un marido que eventualmente­ no dé mayor importancia a estar bien con Dios, él puede abandonar a la legítima esposa y unirse a otra irregularmente sin el menor escrúpulo…

Palabras que cambiaron de significado

En lo que está explicado arriba, partí del presupuesto de que la consultante estaba usando la palabra “novio” en su sentido clásico. Sucede que esta palabra, como sus correlativas, enamoramiento (que precede al noviazgo) y matrimonio (en el cual termina el proceso), fueron lentamente cambiando de significado, y hoy ya corresponden generalizadamente a otros conceptos.

Una realidad de nuestros días que es de conocimiento general:
¿cuánto tiempo durará este matrimonio?


Un amigo me contó, haciendo referencia a una joven pariente suya, que ella ya había ¡“oficializado su enamoramiento”! Ahora bien, el enamoramiento siempre fue caracterizado por su informalidad; es decir, un período en que la pareja se visita y se encuentra, con la finalidad de alcanzar un conocimiento mutuo, en vista de un posible matrimonio. ¿Qué significaría la “oficialización del enamoramiento”? ¡Mi amigo supo que ellos pasaron a vivir juntos! Durante un cierto período, en la casa de los padres de uno de ellos. Presionados por éstos, se mudaron a otro departamento… cedido por los padres. La “pareja” en cuestión manifiesta ahora —¡menos mal!— el deseo de “oficializar”, esta vez, el matrimonio, según todo indica en la Iglesia…

Así pasan, lamentablemente, las cosas hoy en día, por todo el mundo, por lo menos en el mundo occidental y ex-cristiano. El matrimonio real en Inglaterra, que merecidamente deslumbró meses atrás al mundo por la pompa que lo acompañó, fue precedido, con toda naturalidad —conforme fue ampliamente noticiado por la prensa— ¡por ocho años de “enamoramiento”!

En Inglaterra hubo al menos una ceremonia previa de oficialización del noviazgo, que faltó en el caso de la joven, arriba descrito. La etapa del noviazgo fue simplemente absorbida por el nuevo concepto de “enamoramiento”.

Así, hasta me causó una agradable sorpresa ver resucitada la palabra novio en la presente consulta. Pero, después, ante la extrañeza que causa la negativa del “novio” de honrar el compromiso asumido con el “noviazgo” (que no es otra cosa sino un compromiso formal de noviazgo), me pregunté si la consultante utilizó adecuadamente la palabra a lo que ella llamó de “novio”. ¿Será que éste, en su relación con la consultante, no querrá mantener la informalidad de una relación que con ella mantiene?

La consultante, a su vez, hace muy bien de procurar santificar esa relación mediante un matrimonio religioso. Si el “novio” aceptara de buen grado, todo bien. Pero, en este caso, la “novia” debe certificarse de que existe una posibilidad real de que él aceptará —y cumplirá— la cláusula “hasta que la muerte nos separe”.

Pleno uso de los derechos sagrados del matrimonio

Para que la cuestión quede bien clara a los ojos de la consultante —y de los lectores de Tesoros de la Fe en general— es bueno recordar que tanto el enamoramiento como el noviazgo no da acceso­ a ninguno de los derechos­­ sagrados del matrimonio. La cohabitación de ninguna forma les es permitida e incluso ciertas familiaridades —que hoy se volvieron banales— constituyen ocasión próxima de pecado, cuando no un pecado hasta mortal (que excluye de los sacramentos de la Santa Iglesia).­

Si la consultante quiere atraer para sí, y para su “novio”, las bendiciones de Dios, debe aguardar a que se realice el matrimonio religioso. Nuestro Señor Jesucristo dio tanta importancia a la unión del hombre y de la mujer para la constitución de una nueva familia, que elevó esa unión a la categoría de sacramento. No lo deshonréis con una “oficialización del enamoramiento”, expresión contradictoria en sí misma, que indica bien cuán apartada de Dios está la humanidad en nuestros días.

Nuestra Señora del Buen Consejo


Nuestra Señora del Buen Consejo

Todas éstas son cuestiones que la consultante debe ponderar bien, recurriendo a personas de confianza entre sus relacionados que tengan principios católicos seguros, y exponiendo el problema con toda la firmeza y franqueza a su novio. No me cabe, como sacerdote desconocedor de la situación real de los novios, ir más allá de las líneas generales que dejo aquí consignadas.

Lo que puedo hacer es darle una sugerencia de orden espiritual: pida a Nuestra Señora del Buen Consejo que la ilumine y le dé fuerzas para tomar una decisión acertada. El matrimonio religioso es un compromiso muy serio para que se entre en él sin pensar en el día de mañana. Rezaré para que la Santísima Virgen atienda sus súplicas de la forma más conveniente para el bien de su alma. Y también la de su novio, que puede estar­ necesitando de un consejo… ¡de Nuestra Señora del Buen Consejo! 



Santa Paula Romana Sociedad orgánica y urbanismo
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Tesoros de la Fe N°121 enero 2012


Santa Paula Romana, digna discípula de San Jerónimo
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