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Plinio Corrêa de Oliveira
El famoso cuadro de Velásquez —Las Meninas del Museo del Prado, Madrid— es a justo título, una de las cúspides del arte. La gracia infantil y cándida de la Infanta, el cariño lleno de dignidad y respeto de las jóvenes hidalgas que la sirven, la altanería del caballero de Santiago que se ve a la izquierda (y que es el propio pintor), todo exhala un ambiente recogido, elevado, profundamente civilizado. La consideración atenta de esta obra maestra, además de enaltecer el sentido artístico, es altamente formativa para la personalidad humana. Si un observador tuviese una súbita perturbación en la vista, en los nervios o en la mente, naturalmente las armonías del cuadro se irían deshaciendo para él. En el punto extremo de esa perturbación, el aspecto de la obra de Velásquez podría llegar al grado de “horripilante” presente en la siguiente fotografía. Lo contrario jamás podría ocurrir. Si alguien examinara este otro cuadro, y comenzase a sufrir de la vista, de los nervios o de la mente, jamás llegaría a ver a Las Meninas del Prado. Esto es tan evidente, que dispensa demostración. Es que el primer cuadro es producto no del desorden sino del orden, del talento, de la cultura, de la civilización y presenta en sus imponderables una marca profundamente cristiana. El segundo es fruto no del orden sino del desorden, de la extravagancia, del desequilibrio, de la intemperancia. Sólo puede proceder —insistimos— de las pasiones desordenadas o de una enfermedad. * * * La segunda fotografía reproduce la copia, hecha por Picasso, de la inmortal obra de Velásquez. Sin comentarios.
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