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Plinio Corrêa de Oliveira
El famoso cuadro de Velásquez —Las Meninas del Museo del Prado, Madrid— es a justo título, una de las cúspides del arte. La gracia infantil y cándida de la Infanta, el cariño lleno de dignidad y respeto de las jóvenes hidalgas que la sirven, la altanería del caballero de Santiago que se ve a la izquierda (y que es el propio pintor), todo exhala un ambiente recogido, elevado, profundamente civilizado. La consideración atenta de esta obra maestra, además de enaltecer el sentido artístico, es altamente formativa para la personalidad humana. Si un observador tuviese una súbita perturbación en la vista, en los nervios o en la mente, naturalmente las armonías del cuadro se irían deshaciendo para él. En el punto extremo de esa perturbación, el aspecto de la obra de Velásquez podría llegar al grado de “horripilante” presente en la siguiente fotografía. Lo contrario jamás podría ocurrir. Si alguien examinara este otro cuadro, y comenzase a sufrir de la vista, de los nervios o de la mente, jamás llegaría a ver a Las Meninas del Prado. Esto es tan evidente, que dispensa demostración. Es que el primer cuadro es producto no del desorden sino del orden, del talento, de la cultura, de la civilización y presenta en sus imponderables una marca profundamente cristiana. El segundo es fruto no del orden sino del desorden, de la extravagancia, del desequilibrio, de la intemperancia. Sólo puede proceder —insistimos— de las pasiones desordenadas o de una enfermedad. * * * La segunda fotografía reproduce la copia, hecha por Picasso, de la inmortal obra de Velásquez. Sin comentarios.
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Ambiente terreno que produce inapetencia de las cosas del Cielo Todos los recursos de la propaganda luminosa son utilizados para deslumbrar al transeúnte, atraer su atención hacia todas partes, excitarlo de las más diversas maneras, para finalmente convencerlo de que compre algo que normalmente no compraría... |
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“Si vis pacem, para bellum” Cuando contemplamos aquellos altaneros castillos de la Edad Media —erguidos en las fronteras del Imperio Carolingio, en las márgenes del Rin o del Danubio, o en las rutas que las tropas del gran emperador seguían, para impedir el avance de los moros, dentro de la propia España— tengo la impresión de que esos castillos ¡aún palpitan con la batalla!... |
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La impregnación de las alegrías de la Navidad La fiesta de la Santa Navidad tiene el privilegio —al menos es la impresión personal que tengo— de interrumpir el tiempo. Una persona puede estar en la peor situación aflictiva; al llegar la Navidad, se abre como que un paredón y las desgracias quedan del otro lado. ¡Repican las campanas, la Navidad comenzó! ¡Cristo nació: alegría para todos los hombres!... |
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