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Plinio Corrêa de Oliveira
En el turíbulo están muy bien simbolizadas las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Desde mi punto de vista, principalmente la fe, pero también las otras dos virtudes están simbolizadas en el turíbulo. Cuando alguien mira hacia él percibe un vislumbre del orden sobrenatural. La fe está para el alma humana como los granos de incienso están para el fuego. Así, cuando el alma es ardiente, coloca por encima de todo la virtud de la fe, y ésta recibe del calor del alma humana una realidad, una vida. Pero, por otro lado, jamás el carbón solo podría emitir aquel perfume que se desprende del incienso. Es necesario que los granos de otra esencia caigan sobre las brasas, para que, en el fuego, desprenda aquella humareda perfumada. No existe nadie que, viendo quemar el incienso en el turíbulo y viendo cómo el humo se eleva, no tenga la sensación de que su oración se está elevando como el incienso a Dios. ¡Es la esperanza! En esta meditación, ¿qué decir a respecto de la virtud de la caridad? En aquella humareda se siente un cierto calor, y ella tiende a esparcirse generalizadamente por todo el ambiente; como la caridad, que es generosa, abarcadora y desea extenderse a todos. En el alma de un católico estos símbolos permanecen medio intuitivos, y le llevan a pensar: “¡Qué bien hace mirar el turíbulo!” Análogamente, el mismo efecto es producido por la lamparita en el altar del Santísimo Sacramento. Si en lugar de ella se colocara una lámpara eléctrica, nunca produciría ese efecto.
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