Jan Verhas, 1884, Real Museo de Bellas Artes de Amberes, Bélgica Felipe Barandiarán Un grupo de señoritas dan un paseo en burro por la playa. Una difusa luz atraviesa las grisáceas nubes que dominan el cielo y se refleja en la arena iluminando la escena. El día se presta muy bien para dar un paseo, aunque sopla como de costumbre un poco de aire, y conviene ir algo abrigados. Fijémonos un poco en los niños que alquilan los burritos y los guían a pie, tirando de las riendas, y en las señoritas que los montan. El aspecto de los primeros es rudo. Pero si nos fijamos en la niña, por ejemplo, sonriente, con su lazo en el sombrero, y la falda larga al vuelo, no podemos negarle cierta delicadeza. Como tampoco ufanía al jovenzuelo que lidera el grupo y nos mira de frente, avanzando con decisión; ni responsabilidad por el trabajo que desempeña con gravedad al de la derecha, de la mirada concentrada en lo que hace y su gorra de chofer en la cabeza. Los mismos animales parecen compartir ese espíritu de servicio con entera satisfacción, orgullosos del trabajo bien hecho. Por su parte, las señoritas, disfrutan tranquilas de estos momentos de distracción sana y relajante, que las preparará para los estudios y labores del invierno. Visten de acuerdo a su posición social: zapatos con hebilla o botitas de caña, medias finas, vestidos con puntillas y alegres adornos de flores, graciosa pañoleta o esclavina sobre los hombros y boina con pompón. Montan de lado, como las señoritas, apoyando sus pies en un gran estribo. Un poco más atrás, un segundo grupo, con un caballero al frente, con sombrero de ala ancha y bigote, probablemente el padre de esta acomodada familia, les sigue llevando enganchados por la brida el resto de los burritos. Las algas y conchas que la marea ha dejado sobre la playa exhalan ese profundo inconfundible olor a mar. Las huellas de bestias y hombres se mezclan y se diluyen sobre la arena mojada. Contrastes armónicos naturales, que se distinguen y se mezclan enriqueciendo al hombre y dando gloria a Dios, su creador.
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El galeón sumergido Símbolo de la esperanza |
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Crueles tormentos que infligieron al insigne Siervo de Dios fray Diego Ortiz Hacía tiempo ya que los religiosos agustinos se encontraban evangelizando en la región de Vilcabamba, cerca del Cusco, cuando llegó allí fray Diego Ruiz Ortiz, a principios del año 1569, a participar de tal misión... |
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Necesidad de resistir a las pequeñas tentaciones Aunque es cierto que hemos de combatir las grandes tentaciones con un valor invencible, y que la victoria que reportemos sobre ellas será para nosotros de mucha utilidad, con todo no es aventurado afirmar que sacamos más provecho de combatir bien contra las tentaciones leves; porque así como las grandes exceden en calidad, las pequeñas exceden desmesuradamente en número, de tal forma que el triunfo sobre ellas puede compararse con la victoria sobre las mayores... |
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Paz de alma en el Tabor Un amanecer en el patio interno del convento de Saint-Gildard, Casa Madre de las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, en Nevers, Francia... |
Promovido por la Asociación Santo Tomás de Aquino