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Plinio Corrêa de Oliveira
Emergiendo de una arboleda sombría y apacible, con el fondo de montañas de contornos delicados y las plácidas aguas del puerto de Hong Kong, se alza la famosa Pagoda Blanca dominando la ciudad con su figura fuerte y esbelta. Notable por su mérito artístico, la Pagoda Blanca puede presentarse como un tipo característico de cierta arquitectura religiosa china. Como tal, refleja en muchos de sus rasgos, la psicología, el carácter y el espíritu de la religión para cuyo uso fue concebida y plasmada. Es cierto que en este monumento no vemos el quid excelso, absolutamente imponderable, impalpable, pero impresionante y vivo, que caracteriza a los ambientes fuertemente impregnados por la influencia católica, y que nos introduce, por así decirlo, en una atmósfera sobrenatural: basta recordar ciertos lugares como la Sainte Chapelle de París, por ejemplo, o la ciudad de Asís. Sin embargo, son tantos los elementos de equilibrio, armonía, delicadeza y distinción que hay en este monumento que bien podría cobijar una iglesia católica. ¡Cuánto nos sonríe la idea de una China convertida finalmente a la única Iglesia de Dios, y esta pagoda consagrada al culto de la Reina del Cielo y de la Tierra! Una torre completamente aislada de cualquier conjunto arquitectónico es una obra difícil de realizar con acierto. Porque se cae fácilmente en los extremos. Si se intenta darle un aire de fuerza, podrá parecer vulgar y brutal. Si, por el contrario, se construye demasiado esbelta, dará la impresión de un carrizo insignificante. Con cuánto amor al equilibrio, a la armonía y al sentido común, los constructores de esta torre supieron evitar ambos excesos. Su altura está perfectamente proporcionada al diámetro de la base. La levedad se ve reforzada por parapetos finamente trabajados y por magníficos aleros “ondulados”, casi podríamos decir “flexibles”. Cada piso forma un robusto octógono, en cuyas facetas se abren arcos de líneas severas, coherentes y sencillas. Podría decirse que el octógono tiene toda la precisión, la fuerza y el peso de un razonamiento sólido, y los parapetos y aleros toda la levedad, la gracia y la nobleza de una suave fantasía. * * * Sin olvidar que en la gentilidad reina el demonio, debemos reconocer que el imperio del espíritu de las tinieblas no llegó a extinguir entre los chinos cierto amor por el sentido común, el equilibrio y la belleza, que tan espléndidamente se manifiesta en este edificio. Esto explica la dilección, el cuidado y el gusto con que la Iglesia, en los países de misión, se acerca a estos restos, a veces todavía palpitantes de antiguas civilizaciones, conservándolos, estudiándolos, purificándolos de la sordidez pagana, para finalmente infundirles otro espíritu y asumirlos e integrarlos en el inmenso patrimonio de la cultura católica.
Volvamos la mirada, desde la torre alba, esbelta, fuerte y delicada, en la que tan armoniosamente se funden la razón y la fantasía, hacia este pobre tullido, que nos hace pensar en un aerolito de cristal que se hubiera estrellado contra el suelo, haciéndose pedazos. ¿Hay algo en esta producción, tan típica del mundo neopagano moderno, que aún exprese las cualidades humanas que se afirmaban en el propio paganismo antiguo? ¿O, por el contrario, se diría que este estilo expresa precisamente lo contrario de aquellos predicados, y que estamos ante un monumento erigido en homenaje a la extravagancia, la desproporción, la incongruencia, lo grotesco en definitiva? Una triste comprobación que sirve de pequeño pórtico para una gran conclusión: El neopaganismo actual, fruto envenenado de la apostasía, es mil veces peor que el paganismo antiguo, pues deforma mucho más al hombre, al arte, a la civilización y a la vida, llevándolos a un nivel infrahumano en donde el poder de las tinieblas triunfa sin freno.
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