Tema del mes  La Virgen del Apocalipsis y los ángeles arcabuceros del Cusco

A propósito de la devoción a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, identificados en Hispanoamérica con los ángeles arcabuceros, presentamos algunas consideraciones sobre su vinculación con la vocación del
“Continente de la Esperanza”

Luis Dufaur

Existe un magnífico séquito a los pies del trono de Dios, invisible a nuestros ojos. En él, la suprema jerarquía de los ángeles tiene su asiento en lo más alto de la corte celestial. No los vemos, pero sabemos por la fe que son seres puramente espirituales que integran coros y legiones de insondable belleza e indescriptible poder.

A su vez, parten de aquella corte para cumplir misiones y, por así decirlo, vuelan entre nosotros para ejercer inmensas —a la par que misteriosas— influencias benéficas, especialmente protectoras contra los demonios y todas las formas de mal.

Dios se sirve de ellos como enviados, guerreros y gobernadores de las vastedades siderales y, por tanto, de la naturaleza terrestre, por el poder que les otorgó en el momento de su creación. La aristocracia espiritual angélica ejecuta así las disposiciones del gobierno monárquico-aristocrático de Dios sobre la Creación. El conjunto constituye el modelo supremo de orden y armonía en un cuerpo jerárquico lleno de autoridad que debe inspirar el orden humano.

Esta jerarquía comprende ángeles mucho más numerosos que los hombres. Toda su diversidad está hecha de unidad en la variedad y de una proporcional pero insondable desigualdad instituida por los arcanos de la sabiduría creadora divina. Esta desigualdad inspiró en los tiempos de la Cristiandad el orden feudal en el que los nobles, junto con el orden eclesiástico, procuraron organizarse de modo afín al orden angélico.

En sentido contrario están los ángeles decaídos por la revuelta, es decir, los demonios, espíritus precipitados en el infierno, de una fealdad y de una maldad también insondables, retorciéndose en una cacofonía que podemos imaginar viendo el desorden en el que se hunde cada vez más la organización humana.

Modelo de armonía salvadora

Hoy, sin embargo, es difícil imaginar este orden fabuloso debido al caos universal en el que hemos caído. No es extraño preguntarse cómo el orden social terrenal puede asemejarse al orden ideal de los ángeles en el cielo. Esta perplejidad nos lleva a preguntarnos si en la armonía angélica no reside la esperanza y la solución al torbellino en que el mundo se debate.

A Dios, Rey del Universo, le es conveniente tener muchos ministros, porque no le es propio ejecutar los pormenores de sus planes de gobierno. Para las cosas pequeñas, manda a sus enviados —significado de la palabra “ángel” según santo Tomás de Aquino—, reservándose para Sí las cosas de tal grandeza que solo Él puede realizarlas. Y los hombres de esta tierra necesitan de los ángeles, portadores de la gracia de Dios, para asegurar el orden universal.

El Creador, en su trono, tiene a su lado a su Santísima Madre, que impera sobre un inmenso ejército de ángeles y santos. Muy cerca de la Virgen María están los más poderosos, siempre atentos a cumplir sus órdenes. Son los “Siete Espíritus que están ante el trono de Dios” (Ap 1, 4).

En nuestros conturbados días es oportuno considerar esta sapiencial ordenación angélica e impetrar su auxilio, conforme a las palabras de san Juan Evangelista:

“Revelación de Jesucristo, que Dios le encargó mostrar a sus siervos acerca de lo que tiene que suceder pronto. La dio a conocer enviando su ángel a su siervo Juan. […] Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y guardan lo que en ella está escrito, porque el tiempo está cerca. Juan a las siete iglesias de Asia: Gracia y paz a vosotros de parte del que es, el que era y el que ha de venir; de parte de los siete Espíritus que están ante su trono” (Ap 1, 1-5).

¿Cómo son y cómo actúan los ángeles?

Virgen del Apocalipsis, Matthias Gerung, s. XVI – Biblia de Ottheinrich, Biblioteca Estatal de Baviera (Alemania)

Conocemos lo que el Magisterio tradicional de la Iglesia nos enseña sobre los ángeles. Pero si pudiéramos verlos, ¿qué veríamos? Las escuelas artísticas aprobadas por la Iglesia han ideado representaciones que nos ayudan a imaginarlos.

Dios creó un ángel de la guarda destinado a cada uno de nosotros, para protegernos desde el primer instante de nuestra existencia. Otros corrigen el curso de los acontecimientos colectivos de las naciones, al margen de cualquier mutación en los caprichosos humores populares, conjurando a los espíritus infernales, como el ángel con la espada levantada en lo alto de la aguja del Monte Saint-Michel. Otros presiden la inmensidad del universo celeste, confirmando las leyes que Dios le ha impuesto e impidiendo las catástrofes cósmicas que podrían producirse si las constelaciones y las galaxias quedaran sin control.

Grandes artistas los han representado según la inspiración y la cultura a la que pertenecieron. Entre estas representaciones encontramos una escuela completamente original procedente de América, que nos presenta a los arcángeles arcabuceros, de una forma sorprendente y reconocidamente única.

Visión artística de una gran vocación

¿Dónde se originó esta escuela artística? Aparece ya entrado el siglo XVII, el ámbito del Virreinato del Perú, específicamente en la región andina del Cusco, y se inspira en el libro en el que san Juan profetiza el fin del mundo con imágenes misteriosas y habla de la Virgen del Apocalipsis, la Reina suprema que aplasta a la bestia de siete cabezas y vuela, desplegando unas alas maravillosas.

Estos y otros textos bíblicos y evangélicos fueron leídos a los indígenas —que, por cierto, estaban dotados de un gran sentido artístico— herederos del imperio incaico convertido al cristianismo, cuyas cualidades la Iglesia quiso preservar y desarrollar. Los cuadros que pintaron, como todas sus obras de arte, nos enseñan algo sobre las características culturales del alma e incluso de la vocación de los grupos humanos a los que pertenecían los autores, algunos de ellos anónimos.

Así es como, a través de los “arcángeles arcabuceros” que ellos concibieron, podemos intuir la vocación de Hispanoamérica, a pesar de las tempestades diabólicas y de las corrientes comuno-tribalistas que quieren imponernos lo contrario.

La doctora Escardiel González Estévez, de la Universidad de Sevilla,1 ha elaborado un valioso trabajo histórico-artístico en el que nos basaremos para tratar de comprender por qué estos personajes angélicos son pintados como guerreros. Ellos eclipsaron otras representaciones angélicas latinoamericanas, por lo general inspiradas en las europeas, y ejercieron una fascinación llena de buenos misterios que hablan de la vocación de nuestro continente.

Estas representaciones de los arcángeles tienen peculiaridades únicas: portan armas de fuego, en una época en que las más eficaces eran los arcabuces, hoy en los museos, llamados también espingardas en otras crónicas. ¿Por qué poner estas y otras armas en manos de aquellos arcángeles? ¿Y por qué este arte se desarrolló exclusivamente en Hispanoamérica?

Personajes del Libro del Apocalipsis

Los siete arcángeles de Palermo, Anónimo,s. XVII – Óleo sobre tela, Museo Pedro de Osma, Lima

En 1516, en una maltrecha iglesia a espaldas de la catedral de Palermo, en Sicilia (Italia), alguien encontró milagrosamente una imagen primitiva que representaba a los Siete Arcángeles que están a los pies del trono de Dios (Ap 4, 5). Cuando la vieja iglesia se derrumbó a finales del siglo XVI, aquella imagen desapareció, pero no antes de haber sido reproducida en libros de piedad.

Cada uno de estos arcángeles está identificado por sus atributos: San Miguel aplasta al demonio y lleva la palma del vencedor y un estandarte. San Gabriel lleva un faro y un espejo; y en la Anunciación, se presenta como el que está en presencia de Dios (Lc 1, 19). San Rafael sostiene un pez en la mano y se identifica ante Tobías como “uno de los siete ángeles que están al servicio del Señor y tienen acceso a la gloria de su presencia” (Tb 12, 15). A estos tres sublimes espíritus angélicos, la Iglesia les dedica la fiesta de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, que se celebra el día 29 de setiembre.

Junto a ellos aparecen otros cuatro arcángeles a los que, en una visión, el beato Amadeo de Portugal (1420-1482), noble taumaturgo reformador de los franciscanos, atribuyó nombres que la Iglesia no recomienda porque no se encuentran en la Biblia, aunque su existencia y su papel en el mundo angélico son dogmáticos. Uno blande una espada, otro está de pie con las manos juntas en oración, el tercero ostenta una corona y un cetro, y el cuarto lleva rosas en el regazo.

Los Siete Príncipes rodean a la Santísima Virgen que, como Reina del Universo, sostiene el Trono de Dios. En la iglesia de San Francisco de Totimehuacán (México), san Gabriel anuncia la Encarnación del Verbo, acompañado por los demás ángeles. Y en la iglesia de la Merced de Puebla de los Ángeles, los Siete Príncipes veneran a la Virgen recién nacida en los brazos de santa Ana y en presencia de san Joaquín.

En su libro Apocalipsis Nova, el beato Amadeo de Portugal narra la guerra entre los ángeles y la caída de Lucifer, el significado de sus nombres, la vida de Cristo y María, así como los acontecimientos futuros relativos al gobierno de la Iglesia y la llegada de un Papa angélico.

Estos Siete Ángeles tienen una posición de brillante prominencia, como está descrito en el Libro del Apocalipsis: “Y del trono salen relámpagos, voces y truenos; y siete lámparas de fuego están ardiendo delante del trono, que son los siete espíritus de Dios” (Ap, 4, 5).

Corte católica, espejo de la corte divina

Los indígenas de la región andina pintaron con un talento conmovedor lo que escucharon de los evangelizadores sobre estos Siete Arcángeles, como si quisieran que gobernaran la Tierra. Los representaban con celo ardiente como antorchas, mirando como jerarcas supremos del mundo angélico, vivamente interesados con lo que ocurre en la Iglesia y en la cristiandad.

Los numerosos pintores anónimos no tardaron en darse cuenta de que de ellos dependen los rayos, los relámpagos, los truenos y las voces supremas de los profetas que interpretan los máximos acontecimientos celestes. El arcabuz, un arma que expulsa fuego, hace ruido y suelta mucho humo, se convirtió entonces en el símbolo preferido de los artistas locales para ilustrar dichos poderes.

Su elevada posición en la corte celestial está naturalmente asociada a la de los grandes personajes, archiduques y príncipes, que asistían a los emperadores Habsburgo, y luego a los Borbones, que en aquella época gobernaban América desde el trono de España, defendiendo los intereses de la Iglesia y de la civilización cristiana.

Arcángel arcabucero, Anónimo Escuela Cusqueña, s. XVIII – Óleo sobre lienzo, Colección privada

Las imágenes de los arcángeles arcabuceros fueron encargadas por diversos monasterios del Nuevo Mundo especialmente consagrados a rezar y sacrificarse por los monarcas católicos. Desde la ciudad del Cusco, las imágenes de los Siete Arcángeles Arcabuceros llegaron rápidamente a los pueblos andinos más remotos, a la Argentina y al Paraguay, vinculados a la evangelización llevada a cabo por la Compañía de Jesús.

Pronto se estableció la idea sublime de la interdependencia entre la labor misionera de los padres evangelizadores, como Antonio Ruiz de Montoya o los santos mártires del Paraguay, y la de los Siete Arcángeles. Los hijos de san Ignacio encarnaron al ángel predicador, y para los indígenas los ángeles y los misioneros eran algo más que hermanos.

Así, pues, los jesuitas anduvieron por el mundo dilatando la gloria de Dios entre los salvajes, mientras que los Siete Príncipes Angélicos sacaban a los gentiles de su torpe superstición, quebraban sus cultos idólatras, entraban a veces en batalla contra los paganos y los conducían a la verdadera fe en Jesucristo.

Los Siete Espíritus eran vistos como enviados por la Providencia de Dios para remedio del mundo degradado y de sus perversas costumbres, y para convertir a los imperios incaico y azteca, en el contexto de la batalla final contra el reinado de Lucifer. Estaban a años luz del pervertido comuno-misionerismo actual, que pretende abandonar a los pobres indígenas en el miserable estado en que se encontraban antes de la predicación del Evangelio y deshacer el apostolado de los misioneros asociados a los Siete Príncipes Angélicos.

Los arcángeles arcabuceros y la conversión de los indios

La presencia de los Siete Arcángeles en la conversión de Hispanoamérica ha sido calificada por los estudiosos del arte virreinal como sorprendente, pues ellos ejercieron una influencia nunca vista en otros continentes, sobre todo cuando fueron asociados a la Virgen Apocalíptica provista de alas.

La jerarquía eclesiástica de la época, profundamente compenetrada por el espíritu de la Contrarreforma, promovió la devoción a los Siete Arcángeles, dando un tono original a la evangelización de Hispanoamérica. En la catedral mexicana de Puebla, el Septenario Angélico se exhibió en un lugar destacado para facilitar su veneración por parte de los fieles. Bajo su patrocinio se fundó la magnífica ciudad de Puebla de los Ángeles, también conocida como Ciudad de los Ángeles.

Los Siete Arcángeles personifican las virtudes del ángel guerrero porque inspiran la virtud auténtica, que solo puede ser combativa, y porque no hay virtud sin espíritu angélico. En esta visualización, ellos ocupan una posición en la Corte Celestial comparable a la de los Grandes de España, motivo por el cual son representados por los artistas locales vestidos como tales, a menudo con el uniforme de los Tercios de Flandes, unidades militares españolas que combatieron a los protestantes en los Países Bajos.

El Apocalipsis confirma la catolicidad de la imitación de estos ángeles, por medio de la pluma de san Juan Evangelista: “Miré, y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los vivientes y de los ancianos, y eran miles de miles, miríadas de miríadas, y decían con voz potente: ‘Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza’” (Ap 5, 11 y 12).

En los orígenes de la evangelización de América, no florecieron numerosos santos ni santuarios comparables a los de Europa, como san Benito en Italia, san Martín de Tours en Francia, Santiago de Compostela en España, san Patricio en Irlanda, san Bonifacio en Alemania, etc. Sus lugares fueron ocupados por la Santísima Virgen en persona y por los Siete Príncipes de los Ángeles, que hicieron surgir en Hispanoamérica un pueblo elegido para rendir culto a esta suprema jerarquía.

Ángeles y la Inmaculada Concepción

El profesor Sergi Doménech García, de la Universidad Nacional Autónoma de México, destaca que la devoción a los Siete Arcángeles se desarrolló en estrecha relación con la monarquía ibérica, defensora universal de la fe católica y de la evangelización, protectora de los misioneros —particularmente jesuitas y franciscanos— que se internaron en el continente virgen y pagano al precio de innumerables martirios para la fundación del Reino de Dios en América.

El vasallaje de los Siete Príncipes a la Santísima Virgen es fundamental en la difusión de la devoción a la Inmaculada Concepción en Hispanoamérica. El amor de María a estos excelentísimos espíritus proviene de la gratitud y de la nobleza de esta gran Señora, pues ellos fueron los siete que la sirvieron con las mayores demostraciones de delicadeza y amor desde el primer momento de su Concepción Inmaculada.

Campeones en las contiendas bíblicas

Regreso de la procesión (detalle), serie Corpus Christi de la iglesia de Santa Ana, Anónimo, s. XVII – Óleo sobre lienzo, Museo Arzobispal, Cusco. Representa a un batallón de indios cañaris, vestidos con el uniforme militar usado por los arcángeles arcabuceros.

El citado profesor Doménech,2 explica que los arcángeles arcabuceros eran venerados como jefes de las milicias angélicas y, por tanto, como altos mandatarios bélicos. Ellos son también alabarderos y portaestandartes, verdaderos espíritus militares que combatieron en las más cruentas batallas relatadas en la Biblia.

En las pinturas, ellos defienden arma en mano a la Iglesia, asediada por los males insuflados por el demonio, y protegen nuestras almas contra los secuaces humanos de los abismos de perdición.

“Imagen beligerante y triunfal de los seres angélicos como huestes encargadas de vencer a las tropas demoníacas”, destaca el profesor Doménech. Y en Patmos, san Juan contempla dos episodios clave del Apocalipsis: el triunfo de san Miguel contra la bestia de siete cabezas (Ap 12, 7-9) y el encadenamiento del demonio por mil años (Ap 20, 1-2).

Por eso mismo, el alma admirativa de los pintores veía a los arcángeles arcabuceros, armados para el combate contra seres demoníacos, haciendo suya la lucha de la Iglesia militante por salvaguardar la fe y las verdades del Evangelio, junto a religiosos fervorosos y mártires. Y lo hacen valientemente en los atribulados días en que vivimos, sirviéndose de los poderes que sus arcabuces representan.

La terminología bélica habitual de los Doctores de la Iglesia destaca la combatividad de las legiones angélicas para salvaguardar la fe. Y al igual que Dios instauró un reino en el cielo con su propio ejército, en la tierra los santos y próceres de la Iglesia, utilizando paralelismos, metáforas y símbolos, alentaron las cruzadas contra los moros.

En América, mientras los hombres de armas católicos protegían la difusión del Evangelio
—hostilizada por adoradores de ídolos demoníacos y promotores de vicios caníbales y supersticiosos—, los evangelizadores predicaban contra el protestantismo que codiciaba conquistar nuestras tierras, defendían el dogma eucarístico, la autoridad pontificia, el culto a los santos y a la Santísima Virgen, la veneración de las reliquias y de las imágenes sagradas, con el apoyo de reyes y nobles al frente de los católicos.

Esta lucha era partícipe de la oposición escatológica que el Apocalipsis describe en los combates extremos entre el bien y la iniquidad. Los arcángeles arcabuceros proporcionaron ejemplos y estímulos.

Aristócratas alados

La idea de que la Santísima Virgen tenía una guardia personal de ángeles desde su nacimiento se generalizó con la publicación del libro La Mística Ciudad de Dios, de la religiosa concepcionista sor María de Ágreda, publicado en 1670. En esta guardia de honor, los ángeles Miguel, Gabriel y Rafael resplandecen como aristócratas alados.

San Miguel tiene la primacía de los ejércitos celestiales y es el “príncipe de los príncipes”, el “prepósito o prefecto del Paraíso”, “archiduque y general supremo del Señor de los ejércitos”. El padre Cornelio a Lapide SJ, en su célebre Comentario al Apocalipsis, los llama “Príncipes de los Ángeles, que tienen el primer lugar en la corte del Cielo”.

San Gabriel es el superministro encargado de la diplomacia celestial. ¿Quién, por casualidad, llevó a cabo una misión diplomática de tan alta trascendencia como la de anunciar la Encarnación del Verbo a la Santísima Virgen? San Gabriel destaca por su perfil aristocrático como embajador de Dios.

San Rafael también tiene un perfil guerrero y el sacerdote jesuita Rafael de Bonafé 3 dice que fue él quien en una noche “pasó a cuchillo a ciento ochenta y cinco mil del ejército de Senaquerib, rey de Siria”, como está escrito en el Segundo Libro de los Reyes (2 Re, 19). El padre Bonafé añade que “su triunfo fue una sombra del que había de alcanzar Cristo de Lucifer, atándolo en lo profundo del Abismo”.4

San Rafael aparece asimismo con atavíos militares y una alabarda, arma medieval utilizada por las tropas de infantería y muy apreciada por los cuerpos de élite, como se observa en la guardia privada de alabarderos del rey Fernando el Católico. Los arcángeles arcabuceros llevan también diversas armas e instrumentos de guerra, como albardas, lábaros, trompetas o tambores. La indumentaria militar —de finales del siglo XVII— procedente de la corte francesa, fue traída a América por la dinastía borbónica y es típica de la alta aristocracia española.

El uso y porte de las armas no son arbitrarios y se explican en el manual de Jacob de Gheyn El ejercicio de las Armas, publicado en los Países Bajos en 1607. El libro enseña las diferentes posturas, cómo llevar el arma e instruye sobre su uso. También se les representa empuñando el sable, portando el escudo y el bastón de mando con la inscripción Timor Dei (“Temor de Dios”), y tocando el tambor al igual que durante las ofensivas de la infantería.

Arcángel arcabucero, Maestro de Calamarca, s. XVII – Óleo sobre lienzo, Museo Nacional de Arte, La Paz

“Comandante supremo de las huestes aladas”

El mando del “Septenario” recae en el arcángel san Miguel, a quien la liturgia griega define como el archiestratega o “comandante supremo de las huestes aladas”. Él se distingue entre los arcabuceros por atavíos militares como la loriga, la coraza o la clámide griega. En esa posición sostiene el estandarte de la Inmaculada, inspirado en los blasones militares que precedían a las tropas, el cual se convirtió en símbolo religioso de las cofradías en los actos litúrgicos.

San Miguel es el máximo protector angélico de la Iglesia Católica. Pues así como Dios concede a cada hombre un ángel de la guarda, Lucifer envía un ángel del mal para tentarlo. De igual modo, para cada pueblo o país, Dios designa un ángel protector, mientras que Lucifer encarga a un demonio que lo perturbe y trastorne. Este fue el caso del demonio príncipe de los persas, que por odio a Dios se opuso a que los judíos fuesen liberados del cautiverio, como lo interpreta el gran exégeta padre Cornelio a Lapide.

San Miguel aparece nominalmente cinco veces en la Biblia, afirma el profesor Salvador Daniel Escobedo, de la Universidad de Guadalajara, México. Santos Padres y autores antiguos creen que este ángel ha intervenido muchas otras veces a lo largo de los siglos.

El primero de los “Siete Arcángeles” entra en la historia aplastando la rebelión de Lucifer en el primer embate desde la Creación y por ello recibe su nombre que en hebreo significa “¿quién como Dios?”. Pero su guerra contra el infierno no tendrá fin mientras la historia continúe, hasta llegar a la última batalla del fin del mundo. En el Apocalipsis, el archiestratega defiende a la mujer —mulier amicta sole— de la bestia de siete cabezas porque él es el gran defensor de la Inmaculada Concepción y el santo patrono del imperio cristiano.

Santo Tomás de Aquino y otros enseñan que en la batalla final san Miguel matará al Anticristo por orden del Señor (“el soplo de su boca”), interpretando la segunda carta de san Pablo a los tesalonicenses (2 Tes 2, 8). Cornelio añade:“San Miguel será su ejecutor en el Monte de los Olivos, donde Cristo ascendió al cielo”. Por lo tanto, san Miguel será el ejecutor postrero de la justicia divina.

En la era cristiana hubo muchas apariciones de san Miguel reconocidas por la Iglesia. Cornelio a Lápide menciona que Constantino Magno construyó dos iglesias en su honor después de que se le apareciera en sueños y le dijera: “Yo soy Miguel, gran general del Señor de los ejércitos, protector de la fe de los cristianos, que peleo por ti contra los impíos tiranos”. Y Lescum, príncipe de Polonia, perseguido por muchos soldados lituanos, fue asistido por san Miguel, que le hizo volver seguro de la victoria, tras lo cual construyó en Lublin un templo al mismo arcángel.

Según Jean Croisset, el hecho de que no hayan apariciones aprobadas de san Gabriel y de san Rafael posteriores a la venida de Cristo se debe al privilegio de que san Miguel sea el protector de la Iglesia, que quiso “consagrar su memoria por una fiesta particular … sobre la eminencia de la mole o sepulcro de Adriano, que por esta razón se llama Monte, y hoy el castillo de Sant’Angelo”.

San Pedro Damián relata que el emperador Otón III, arrepentido de sus pecados, se arrojó a los pies de san Romualdo, quien le ordenó ir descalzo desde Roma hasta el monte Gargano: “lo que ejecutó el penitente emperador con grande edificación de toda la cristiandad, siendo este un admirable testimonio de la particular veneración que se profesaba a aquel prodigioso santuario”.

Otra famosa aparición tuvo lugar en el monasterio del monte Saint-Michel. El arcángel es invocado especialmente en el exorcismo breve que, en el rito extraordinario de la misa, se reza al pie del altar después de la celebración y que resume el gran exorcismo contra el demonio publicado por el Papa León XIII.

Este es el archiestratega que los artistas indígenas imaginaron para comandar el catolicismo hispanoamericano en las batallas finales de los últimos tiempos.

Es imposible imaginar algo más contrario al Sínodo Amazónico…

San Miguel de los últimos tiempos

Arcángel Miguel, Anónimo, s. XVII – Óleo brocateado, Museo Pedro de Osma, Lima

La misión de los “Siete Espíritus que están ante el trono de Dios”, vislumbrados en los arcángeles arcabuceros, está aún incompleta. Según el Apocalipsis, ellos deben entablar la batalla decisiva contra los dragones infernales para completar la guerra iniciada en el Cielo y derrotar a Satanás para siempre.

Cornelio a Lapide explica esta victoria: “Esta batalla simbólicamente se significa la guerra que Lucifer hará durante días contra los fieles de la Iglesia y a sus tutelares los ángeles; más profética y genuinamente a la letra, se significa la batalla que él mismo hará acérrimo por última vez al fin del mundo contra los santos. Pues esto aquí propiamente se pretende decir, puesto que es una continua profecía del fin del mundo. […] San Gregorio Magno nos enseña que: ‘Caerse las estrellas del cielo, es abandonar varios la esperanza celestial, y con aquel líder [Satanás], codiciar la gloria del siglo’. Entonces, por tanto, peleará Miguel con sus ángeles contra Lucifer y sus demonios, ayudando, confortando y animando a los cristianos más fuertes y constantes, para que él con Elías y Enoc, abierta y generosamente se oponga al Anticristo, con el cual y por el cual peleará Lucifer por la seducción, la astucia, los fraudes, los falsos milagros, la hipocresía, el dinero, los tormentos, y las demás armas y artes”.

En suma, al final de los tiempos, san Miguel vendrá a la cabeza de los “Siete espíritus que están ante el trono de Dios”, para comandar a los apóstoles de los últimos tiempos, a san Elías y san Enoc, y como protector de los últimos fieles disminuidos pero combativos, llevará a cabo su última guerra contra el demonio, será propiciador de la conversión del pueblo judío, y erigirá a la Iglesia en triunfo sobre Lucifer y el Anticristo; pues, como dice Fillion: “El arcángel se levantará como defensor de Israel e intervendrá victoriosamente para poner fin a la persecución del Anticristo”.

Los guardianes de la Mujer del Apocalipsis

Los “Siete Arcángeles” forman la guardia de élite en torno de la “Virgen Apocalíptica” que san Juan vio en Patmos, escribió la profesora Adriana Pacheco Bustillos, de la Universidad de Granada (España). Ellos glorifican especialmente el atributo de la Inmaculada Concepción. En la ciudad de Quito, los artistas locales reprodujeron el triunfo de la Inmaculada mostrando a la Virgen de pie sobre la luna, inclinándose suavemente para aplastar al dragón infernal, con evidente inspiración en el Apocalipsis.

La Inmaculada Apocalíptica de Bernardo de Legarda es la imagen más acabada de la mujer descrita por san Juan. Mientras que con el pie derecho pisa la media luna y con el izquierdo aplasta la cabeza de la serpiente —que sostiene entre sus dientes la manzana del pecado—, con la mano derecha jala de una cadena de plata que subyuga al reptil por la cabeza, en un gesto que emula una danza. La Mujer Apocalíptica tiene alas y una radiante aureola solar, en cuyos extremos vemos las doce estrellas que aluden al Colegio Apostólico y evocan los versos apocalípticos en una época en la que, en algunos lugares, se representaba a la Inmaculada Concepción sin mayores adornos.

San Miguel Arcángel, detalle del cuadro “Apoteosis de la Virgen del Carmen”, Museo de la Basílica de Guadalupe, Ciudad de México

Los profesores polacos Ewa Joanna Kubiak, de la Universidad de Lodz, y Pawel Drabarczyk Grabar­czyk, de la Academia Polaca de Ciencias de Varsovia, identifican a la “Virgen alada” en las escenas del triunfo de la Iglesia, como en el cuadro “Virgen del Carmen Apocalíptica” en el Museo de la Basílica de Guadalupe en México. Allí, el profeta Elías contempla a la “Virgen alada” que aparece sobre el globo terráqueo, símbolo del Universo, aplastando la media luna y clavando una de las siete cabezas de la bestia que lucha contra san Miguel bajo sus pies.

En la parte inferior se ve el Monte Carmelo con el profeta Elías y su discípulo san Simón Stock, que señala a la Virgen, de la que recibió el escapulario. Ellos representan la “estirpe de los hijos de la Virgen” contra los que la serpiente infernal y su descendencia han emprendido una lucha sin cuartel a lo largo de la historia y que solo concluirá en la batalla suprema del fin del mundo.

En un cuadro del convento franciscano de Cochabamba (Bolivia), los santos que aparecen también tienen alas. Aquí María se eleva por encima de la luna creciente y clava su lanza en la serpiente, “que pretende derribarla, pues ha enroscado su larga cola en uno de los extremos de la luna”. La luna creciente es el símbolo por excelencia del Islam, a respecto del cual el Doctor y Padre de la Iglesia san Juan Damasceno veía una superstición engañosa “precursora del Anticristo”.5

Vocación de Hispanoamérica

Como “la Mujer del Apocalipsis” escoltada por los ángeles arcabuceros, la Santísima Virgen se dio a conocer de forma explícita y prácticamente exclusiva en Hispanoamérica, como si tuviera reservada una misión especial para este continente en estos últimos tiempos de la historia y en esta batalla final entre el bien y el mal.

Como si nuestras tierras estuvieran predestinadas a ser escenario de episodios heroicos del triunfo de la Iglesia católica que pondrá fin a la aventura humana, de esa guerra universal que se viene librando desde el Inimicitias ponam y que tendrá lugar en los términos prefigurados por David en sus salmos cuando dice “a la sombra de tus alas” (Sal 36, 8; Sal 57, 2; Sal 63, 8).

La perspicacia indígena parece haber intuido este futuro grandioso y lo reprodujo con admirable, misterioso e insuperable arte. Los autores anónimos de pinturas e imágenes parecen haber comprendido “a la sombra” de alas angelicales el matrimonio indisoluble entre el trono y el altar, la unión de lo sagrado con el poder temporal, que solo podía ser seria, solemne, rígida y frontal, según los profesores citados.

Los “Siete Arcángeles” aparecieron entonces como en la idea de la Ecclesia Triumphans (“Iglesia Triunfante”) o Ecclesia Militans (“Iglesia Militante”), que inspiró la Contrarreforma después del Concilio de Trento, la cual debía instaurarse establemente en nuestro continente en una era histórica que solo podía terminar con el Juicio Final.

Virgen del Apocalipsis, Bernardo de Legarda, 1734 – Madera policromada, iglesia de S. Francisco (altar mayor), Quito

La Mujer del Apocalipsis, los arcabuceros y los Apóstoles de los Últimos Tiempos

Incluso santos con vocaciones comparables a las de los arcabuceros son representados con alas. Es el caso, por ejemplo, de san Vicente Ferrer, que anunció la llegada inminente del Anticristo y el fin del mundo, y fue llamado el Ángel del Apocalipsis. La iconografía lo representa con alas, sosteniendo una trompeta apocalíptica, mientras una llama de fuego brota de su frente.

A veces se añade el versículo: “Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio” (Ap 14, 7), o la frase: “Yo soy el ángel del Apocalipsis”. El propio santo Tomás de Aquino, Doctor de la Humanidad, Doctor Común y Doctor Angélico, es representado con alas. Si tuviéramos que representar a los apóstoles de los últimos tiempos, tal como los profetizan san Luis María Grignion de Montfort y otros santos, las alas, las armas y el fuego les cabrían adecuadamente.

La doctora Inmaculada Rodríguez Moya 6, de la Universidad Jaume I, de Castellón (España), observó que la mujer con alas de águila del Apocalipsis, las vírgenes aladas de América —especialmente la Virgen de Guadalupe pisando la media luna— hablaban de la vocación del imperio iberoamericano que nacía católico y con un inmenso poder. Posteriormente, en los virreinatos americanos se encarnó un universo simbólico místico-escatológico que, con su gran potencia salvífica, extirpaba los cultos diabólicos primitivos, fortalecía la fe y protegía maternalmente a sus hijos en tiempos procelosos.

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¡Qué lamentables son los intentos comuno-misioneros que tratan con feroz insistencia de destruir esta noble vocación en nuestros días! Sin embargo, Nuestra Señora del Apocalipsis, escoltada en sus diversas imágenes por la aristocracia angélica, se prepara para suscitar a los apóstoles de los últimos tiempos y consolidar su magnífico reinado hasta que Dios ponga fin a la historia humana.

 

Oración  a san Miguel Arcángel

(En latín y en castellano)

Notas.-

1. Los Siete Arcángeles, ¿un culto identitario de la Nueva España?, apud https://www.academia.edu/17168536/Los_Siete_Arc%C3%A1ngeles_un_culto_identitario_de_la_Nueva_Espa%C3%B1a.
2. Aristocracia alada, adalides del Rey del Cielo. Ángeles militares en la pintura barroca americana, apud https://www.academia.edu/36593407/Aristocracia_alada_adalides_del_rey_del_Cielo_Angeles_militares_en_la_pintura_barroca_americana.
3. Rafael de Bonafé, Títulos de Excelencia y oficios de piedad del arcángel S. Rafael uno de los siete asistentes de Dios, Francisco Nieto y Salcedo, Madrid, 1659, p. 3.
4. Rafael de Bonafé, ídem, p. 42-43.
5. San Juan Damasceno, De Haeresibus, c. 101, apud http://valentin.beziau-ump77.over-blog.com/article-saint-jean-damascene-a-propos-de-l-heresie-de-l-islam-125250005.html.
6. La mujer-águila y la imagen de la reina en los virreinatos americanos, Quiroga nº 4, julio-diciembre 2013, p. 58-75.

Los dos lagos Santa Ángela de Foligno
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Tesoros de la Fe N°265 enero 2024


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